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La esperanza del PSOE viene de París, como los niños

El Madrid y Hollande alegran la vida de Rubalcaba

El socialista ha vuelto a vislumbrar "brotes verdes" en el desértico panorama de España

Javier González Méndez 07 May 2012 - 08:16 CET
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 En el corto espacio de tiempo de una semana ha vivido dos hitos que, salvo que los dichosos mercados estén en Babia o cegados por la codicia, deberían hacer levantar el vuelo al IBEX, que está por los suelos, y obligar a iniciar el descenso a la prima de riesgo, esa siniestra dama a la que se le han subido los humos.

Lo que pasa es que lo mercados son lentos de reflejos, y todavía no han entendido lo que significa, en el fondo, la supremacía del Real Madrid en la Liga española y la irrupción de Hollande en la Champions League de Europa. Pero sólo es cuestión de darles tiempo a los jubilados anónimos que depositan sus ahorros en las manos que mecen las cunas de las deudas soberanas.

Las agencias de calificación, por ejemplo, ya han comprendido que la decadencia del Barça y la caída de Guardiola son síntomas inequívocos de la dieta de adelgazamiento del Estado de las Autonomías, ése asunto que les traía de cabeza, y se han apresurado a rebajar ejemplarmente a Cataluña hasta el borde del «bono basura» y darle de paso tirones de oreja a otras ocho comunidades autónomas.

Lo que Zapatero no se había atrevido a hacer, Rubalcaba no se atreve a sugerir y Rajoy mantiene en stand by mientras deshoja la margarita: meterle mano al botellón autonómico, ha tenido que resolverlo José Mourihno en el Nou Camp, con luz, taquígrafos y en presencia del Honorable Artur Más, que digería en la tribuna como el Barça dejaba de ser algo más que un club y él algo menos que un president.

A Rubalcaba, como diría Sabina, le sobraban motivos personales para haber acudido dos veces a montar el numerito en la Cibeles: La Liga del Madrid y la victoria de Hollande.

Menos mal que en ambas ocasiones le contuvo su ama de llaves Elena Valenciano. En la primera, porque le habrían tachado de «merengue», de ultra sur y de jefe de la oposición que dedica más tiempo a leer el AS que a leerse entre líneas el país, con comillas o sin ellas. En la segunda, porque no ofrecería la imagen de un templado estadista preparando oposiciones, sino la de un hincha sociata.

Y eso sí que no. En eso Ferraz ha sido comedida y cerebral. Rubalcaba ha asimilado las victorias del Madrid y de Hollande como un patriota velando por los intereses internos y externos de los españoles, que no encuentran palabras para agradecérselo. Lo del Madrid ha empezado a pinchar la «burbuja autonómica» y, lo de Hollande, sólo es cuestión de tiempo para que empiece a suministrarle a Europa la «hormona del crecimiento»

La alegría que le desborda al «alquimista de Solares» no es por su condición de «merengue» o sus convicciones socialdemócratas, sino porque ha comprendido que lo que es bueno para él, la Liga, Hollande en el Elíseo, es bueno para España, como lo que era bueno para General Motors era bueno para los americanos. Esa es la grandeza de espíritu del jefe de la oposición española.

Toda esa estrategia del comedimiento y la contención, sólo ofrece un par de fallos:

1- Que trasladar a los españoles la idea de que la esperanza de Europa y de España viene de París, retrotrae a muchos ciudadanos a su infancia, cuando intentaban descifrar el misterio de que los niños venían, precisamente de esa ciudad, hasta que acababan descubriendo que era mentira cochina.

2- Que eso del crecimiento económico, las dichosas hormonas intercaladas en plena terapia contra el déficit, suena francamente bien en una España raquítica, circunscrita en una Europa menguante, pero sitúan al personal ante encrucijada: el milagro de Lionel Messi y el desastre del mal de las «vacas locas»

¡Bienvenieu, monsieur Hollande!. Pero siempre que su terapia del crecimiento sea para que los europeos se conviertan en los Messis de los mercados, y no para que acabe afectándoles una Encefalopatía Espongiforme Subaguda socioeconómica.

Después de la victoria que se le ha atragantado en Andalucía, donde Griñan ha fulminado de su gobierno a dos hombres, perdón, a dos mujeres de Rubalcaba, Micaela Navarro y Paulina Plata, el líder socialista debería ser más cauto a la hora de cantar victorias. Pero es inevitable, forma parte de la condición humana dejarse llevar por los arrebatos.

La esperanza del PSOE viene de París. Como in illo tempore venían los niños.

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