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Los combates en el este de Ucrania se intensifican antes de la cumbre

Palomas, halcones y búhos

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Alfonso Rojo 11 Feb 2015 - 07:30 CET
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No es que el conflicto tenga difícil arreglo. Es que no tiene solución. A lo más que se puede aspirar es a un apaño que evite que siga muriendo gente.

Con esa propensión al blanco y negro que ha inoculado la televisión en la opinión pública, se tiende a pintar el asunto como un choque entre buenos y malos.

No es tan simple. Ni los prorrusos y Putin son los malvados de la película, ni los proucranianos y Pososhenko son los buenos.

En el drama que sufre el este de Ucrania desde hace un año no hay inocentes, si se exceptúa a los civiles que mueren bajo el bombardeo o malviven sin comida, calefacción o sus magras pensiones.

Lo único de agradecer en todo este embrollo es que Alemania, a diferencia de lo que hizo en la antigua Yugoslavia hace dos décadas, está siendo prudente y que su postura marque la del conjunto de la Unión Europea.

La de EEUU, donde Obama se manifiesta partidario de suministrar armamento al Ejército ucraniano, es la autopista al desastre.

Al Kremlin no le quedaría otra salida que subir la apuesta y alimentar la carnicería, espoleado por los que le exigen defender a los rusos de Ucrania.

Hoy se reunirán en Minsk, capital de Bielorrusia, los líderes de Alemania, Francia, Rusia y Ucrania y de esa cumbre entre Merkel, Hollande, Putin y Poroshenko, todo lo que puede salir es un acuerdo de alto el fuego, la creación de una zona desmilitarizada y la aceptación de observadores internacionales.

Para las autoridades de Kiev, que insisten desesperadamente en que el territorio controlado por los rebeldes debe estar bajo su soberanía, es muy poco, pero no tienen opción.

La alternativa al ‘apaño diplomático’ es una guerra en toda regla, que terminaría desestabilizando otra vez el Viejo Continente.

A estas alturas, deberíamos tener claro que además de palomas y halcones, en política internacional también hacen falta los búhos.

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