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UNA LARGA HISTORIA DE ESPIONAJE Y ACUERDOS OCULTOS

Más de 30 años de guerra secreta entre Irán y Estados Unidos

Un historiador del Pentágono repasa los hechos desde el gobierno Carter

10 Sep 2012 - 08:46 CET
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Mientras los diplomáticos estadounidenses y sus socios internacionales se preparaban para reunirse el pasado mayo en Bagdad con sus homólogos iraníes con el fin de discutir el programa nuclear de Irán, el Departamento de Estado se mostraba dubitativo. En ruedas de prensa y sesiones informativas, diplomáticos y altos funcionarios de la administración Obama insinuaban que Teherán estaba a punto de coger la mano tendida de Obama y acceder a un acuerdo serio encaminado a poner fin a años de crisis.

Que las conversaciones acabaron en agua de borrajas era predecible. Cuando los negociadores iraníes propusieron celebrar conversaciones el 23 de mayo, el equipo Obama accedió inmediatamente; la Casa Blanca no se interesó por el motivo de que el líder supremo, Alí Jamenei, hubiera accedido a esa fecha o ese marco. La historia iraní informa, no obstante: el 23 de mayo era el 30 aniversario de la liberación iraní de Jorramshahr, su victoria clave durante la Guerra Irán-Irak. «La pionera nación iraní continuará su avance hacia un mayor progreso y una mayor justicia», prometía Jamenei en un discurso de victoria, añadiendo: «El frente de la tiranía, la arrogancia y la intimidación avanza hacia la debilidad y la destrucción».

Las conversaciones nucleares eran en la parada más reciente de la República Islámica pero no la última en su batalla contra Estados Unidos. Aunque casi toda administración estadounidense ha buscado la reconciliación con Teherán, el primer líder revolucionario Ruholah Jomeini y luego Jamenei se han declarado en guerra contra «el Gran Satán».

En este contexto, la obra del historiador David Crist cobra importancia. Crist, historiador del Pentágono y oficial Marine en la reserva destacado en Afganistán y en Irak, redacta la historia de las más de tres décadas «de guerra secreta» entre Irán y Estados Unidos.

Jimmy Carter nunca esperó que Irán definiera su presidencia. Novato de la política exterior, Carter esperaba dejar su huella en Corea prometiendo la retirada de los efectivos estadounidenses unos días después de anunciar su apuesta por la candidatura Demócrata. La situación iraní dejaba la Casa Blanca Carter en situación de crisis y evidenciaba las divisiones oficiosas que minarían la respuesta de Carter y culminarían en la división de su secretario de estado, Cyrus Vance. Aunque Crist no añade nada nuevo a su examen de la diplomacia de la administración Carter — el antiguo analista de la CIA reconvertido en académico de la Brookings Ken Pollack se ocupó de ese período hace casi 10 años en el libro The Persian Puzzle – es un excelente narrador cuyo discurso es un placer. Ilustra la forma en que la burbuja del Departamento de Estado fracasó a la hora de darse cuenta de la realidad hasta que fue demasiado tarde.

Sin acceso a fuentes persas, pasa por alto puntos importantes, sin embargo. «Al principio, los estudiantes pretendían secuestrar la embajada unas horas», escribe, «pero el secuestro diplomático cobró vida propia». Pero lo que hizo que los estudiantes cambiaran de opinión es importante hoy: según colegas de la administración Carter (a los que entrevisté con vistas a un libro propio), Gary Sick – el responsable de Irán en el Consejo de Seguridad Nacional — filtró al Boston Globe que Carter no contemplaba las opciones militares. Cuando los secuestradores leyeron esa revelación, convirtieron una acción de 48 horas en una intervención que se prolongó durante 444 jornadas.

La fortaleza del libro The Twilight War no reside tanto en la elaboración del refrito político como en recoger el componente militar y el espionaje de las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Antes de la Revolución Islámica, Irán fue el aliado clave de la Guerra Fría y un estado en primera línea contra la Unión Soviética. Antes de que el premier soviético Leonid Brezhnev ordenara al Ejército Rojo invadir Afganistán, la pesadilla del Pentágono era un ataque soviético a Irán.

Crist detalla los planes de guerra del Pentágono para responder a una invasión soviética de Irán, y también esboza los planes preliminares para movilizar una insurgencia dentro de Irán. Décadas más tarde, cuando la Guardia Revolucionaria escaló el hostigamiento a las fuerzas estadounidenses, el General Anthony Zinni modificaría estos planes en una estrategia para ocupar Irán. La política norteamericana era esquizofrénica, no obstante. Después incluso de la crisis de los rehenes, muchos funcionarios estadounidenses vieron Irán sobre todo a través del prisma de la Guerra Fría. Crist relata la forma en que el director de la CIA William Casey – recordado por su papel en el escándalo Irán-Contra – filtró los nombres de los espías soviéticos dentro de Irán, permitiendo que las autoridades revolucionarias los liquidaran.

A excepción de la Operación Garra de Águila — la desafortunada tentativa de rescate de los rehenes — Carter ignoró la opción militar. Curiosamente, Crist omite los planes de la marina de hacerse con el islote de Jarg, maniobra que habría detenido las exportaciones iraníes de crudo en seco y habría estrangulado la economía hasta la puesta en libertad de los rehenes.

Mientras que la República Islámica no es tan impermeable a la penetración de espías humanos como Corea del Norte, siempre ha sido un desierto — para los espías estadounidenses. No era casualidad. Con el Presidente Ronald Reagan, la CIA se puso a levantar una red de espionaje humano dentro de Irán y en la práctica logró reclutar a varios oficiales militares de alta graduación. Tuvo menos éxito a la hora de movilizar a la oposición iraní: hacer que unas fuerzas de la oposición cooperasen con otras era igual que una pelea de gatos. «Cada varón iraní nace con un chip en su cerebro que de forma periódica emite: ‘El líder del pueblo iraní soy yo'», se burlaba el agente de la CIA George Cave.

La Guerra Irán-Irak fue como una versión agravada de la Primera Guerra Mundial. Los efectivos no sólo hicieron frente a alambradas, gas mostaza y las inclemencias del tiempo sino que también tuvieron que afrontar tecnologías de finales del siglo XX como misiles SCUD y aviación supersónica. Durante los preparativos de la Operación Libertad Iraquí, la prensa se cebó con el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld por su infame apretón de manos en 1983 con el dictador Saddam Hussein; Crist proporciona un mayor contexto, explicando que la administración Reagan temía que el avance iraní por la ciudad iraquí de Basora pudiera presagiar una victoria de Jomeini que alterara de forma fundamental la seguridad de Oriente Próximo.

Como consecuencia de la decisión del Presidente Barack Obama de retirar de Irak los efectivos estadounidenses a pesar de la reaparición de Irán, los legisladores pueden tener una idea de lo que habría pasado si la administración Reagan no hubiera intentado contrarrestar a Irán con Irak.

Gran parte de la guerra a distancia entre Irán y Estados Unidos tuvo lugar en los valles y accidentes del Líbano. Crist describe los acontecimientos que condujeron al atentado de las instalaciones de los Marines, y el debate en el seno de la administración Reagan acerca de qué represalias adoptar. En esto podría haber llegado más lejos: aunque destaca que el Secretario de Defensa Caspar Weinberger era reacio a adoptar represalias contra los autores materiales — su paradero era conocido — Crist no explica en ningún momento la ausencia de medidas por parte de Weinberger. De haber explorado esta cuestión, como hicieron algunos contemporáneos de Weinberger, habría descubierto que el príncipe Bandar, embajador saudí en Washington con acceso casi ilimitado al gabinete de Weinberger, le convenció de la dudosa idea de que las represalias desatarían un conflicto más generalizado y minarían el mercado de crudo.

A medida que la guerra civil libanesa perdía intensidad, la guerra a distancia se desplazó al Golfo Pérsico. Crist explora las actividades iraníes en aguas internacionales y el conflicto de los buques cisterna que culminó en la Operación Mantis Religiosa y el derribo por parte del USS Vincennes de un transporte iraní. Crist arroja luz no sólo sobre los encuentros conocidos, sino también sobre acontecimientos menos conocidos como la información de espionaje proporcionada por la captura del buque Irán Ajr a manos de los SEAL. También describe el rechazo a los planes del almirante James «Ace» Lyons por parte del Pentágono para castigar a Irán de forma limitada con el objetivo de obligar a retroceder a su revolucionario régimen. Como en muchas instancias en las que funcionarios tibios retiran planes de represalia contra Irán con mayor contundencia, es fácil especular si el comportamiento posterior de Teherán habría sido distinto si los iraníes hubieran tenido motivos para tomar más en serio las condiciones norteamericanas.

Con respecto a los acontecimientos más recientes, Crist interpreta bastantes cosas mal. Al igual que muchos periodistas, se acoge a la opinión generalizada y los programas de las fuentes, algunas de las cuales — como Hillary Mann Leverett o el diplomático James Dobbins – se han distinguido por tener opiniones post -jubilación que exculpan a Irán y critican a Bush. El Secretario de Estado en funciones Richard Armitage, el cotilla cuyas filtraciones paralizaron a la administración Bush y condujeron a la investigación de Scooter Libby, engaña a Crist frontalmente cuando dice que los civiles del Pentágono eran partidarios de utilizar al grupo Muyahidín al-Jalq (algunos en el ejército lo hicieron, y el Pentágono se las vio con el Departamento de Estado para dar carpetazo al debate).

Crist repite el mantra de que el pueblo iraní simpatizaba con Estados Unidos tras el 11 de Septiembre, pero no recoge los discursos de Jamenei presumiendo de aquel suceso. Como el proverbial tuerto en el país de los ciegos, transforma una experiencia limitada en un todo sin representación. Se deshace a cuenta de un juego político en la cuerda floja con pequeños buques iraníes poco después del inicio de la Operación Libertad Iraquí. «Lo que no supimos hasta después… era lo poco que el CENTCOM o o el Pentágono se habían molestado en pensar en Irán cuando planearon expulsar a Saddam Hussein». Nada podría alejarse más de la verdad. El Pentágono planteó repetidamente el reto iraní — pero el Departamento de Estado se convenció de que las promesas iraníes eran solventes.

Crist también acepta de forma crédula la idea de que el régimen iraní ofreció a la administración Bush un gran acuerdo que, en una muestra de arrogancia, Casa Blanca y Pentágono rechazaron. Esto es ridículo. Tim Guldimann, embajador suizo en Teherán, dio a conocer la propuesta sin saber que estadounidenses e iraníes mantenían conversaciones a un nivel superior. Trita Parsi, activista de origen iraní y lobista en Washington, difundió la noticia incluso si sus propios correos electrónicos (dados a conocer a través de un proceso judicial) indican que los iraníes negaron que la oferta fuera suya.

Crist pierde credibilidad al final — confundiendo por ejemplo la cantidad solicitada y la cantidad entregada en concepto de programas para promover la democracia en Irán. Al trasladar su discurso a los años Obama, deja que sus ideas preconcebidas salgan a la luz.

En 2012, relata, «un Irán templado y pragmático contempla los llamamientos a sanciones más duras para castigar la intransigencia iraní… Pero castigar la intransigencia iraní también endurece a los líderes iraníes y justifica en su mente la necesidad de un programa nuclear, tanto de cara a una mayor independencia o como disuasor». Por desgracia, al igual que muchos otros que confían abiertamente en fuentes estadounidenses, aquí no sólo resta importancia al móvil ideológico de los ayatolás, sino que también ignora las lecciones del pasado: cuando la República Islámica es castigada, como lo fue durante la operación de Reagan en 1988, el régimen reconsidera adoptar más provocaciones. No obstante, Crist acierta al destacar que en lo que respecta a Irán, «las señales de optimismo ceden invariablemente el paso al aroma de la pólvora».

 

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