SERVIDOR, EL “AGUADUELOS” DE ALGASO
“¡Qué pacífica sería la vida sin amor; qué segura y tranquila; y qué insulsa!”.
Guillermo de Baskerville (Sean Connery) en “El nombre de la rosa”, de Jean-Jacques Annaud
En Algaso, donde vivo y ejerzo mi profesión, una población que supera los veinte mil habitantes, hasta hace cinco años, se suicidaban, por término medio, de Domingo de Pascua a Domingo de Ramos, por ahorcamiento (que no miento), más de media docena de personas. Se calcula, grosso modo, que son más de treinta los algasones (hombres, sobre todo) que ahora mismo, en estos precisos momentos, por las razones que sean, están dándole a sus caletres respectivos, quiero decir, haciendo cábalas y planes para acabar, con la ayuda de sendas sogas y por la vía rápida, con las vidas inanes, sin sentido, que llevan en este valle de lágrimas. Las cifras, seguramente, llamarán la atención del desocupado lector, porque no guardan parangón más que con las de ciertas localidades de Finlandia y Japón.
Desde que hace un lustro abrí mi consulta en el número 6 de la calle Cortadores de esta ciudad, he venido observando cómo mientras unos conciudadanos, angustiados, melancólicos y taciturnos, me retiraban el saludo y la palabra, otros, alegres, dicharacheros y ledos, en cambio, me lo concedían y la daban sin solicitárselos. Por uno de mis pacientes, sé que, entre los lugareños que conforman el primer grupo, se me conoce por los sobrenombres de “aguaduelos”, “misopésames” y/u “odiafunerales”, motes que, en lugar de abaldonarme, me honran, y de los que estoy y me siento especialmente orgulloso.
Ángel Sáez García
otramotro@tudela.com
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