LA CAPITAL DEL PAÍS DE LOS PRODIGIOS, ESPERANZA
Entre las novedades, así denomino a quienes, bajo estricta invitación, acuden los últimos días a la primera tertulia del casino, que acaece a la selecta hora del vermú, descuella un literato (a él le peta llamarse indistintamente de dos maneras, una menos rara que otra, ora juntaletras, ora letraherido) que ayer, por ejemplo, sostuvo la tesis de que los escritores deberíamos especializarnos en un género, como hacen los médicos en un órgano. Así, el susodicho manifestó que, desde hace algún tiempo, mantiene correspondencia electrónica con un experto en urdir décimas y un versado en trenzar microrrelatos. Bueno, pues, según opinan ambos autores, los peritos indicados, que no tienen el gusto de conocerse entre sí, crear esos mínimos textos les exige un combate terrible, mutatis mutandis, el que tienen que librar cuantas personas, tras recibir sendos puñetazos en plena boca del estómago, al confirmarles que el tumor que otrora les hallaron es maligno, afrontan la quimioterapia como si el propio demonio, velis nolis, les llevara a rastras y de los pelos a la capital del País de los Prodigios, Esperanza.
Ángel Sáez García
otramotro@tudela.com
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