HUBO SEXO DEL BUENO AQUELLA NOCHE
Mi esposa Francisca Marifé (a quien aquí, en mi diario, llamo, con suma o mucha guasa, “Chitón”) no es fémina que dé, sin más ni más, su brazo a torcer, es decir, no es fácil de persuadir, de convencer. Ahora bien, si, en un descuido, hallas una grieta o rendija en su intelecto, y ella, por un casual, no tenía criterio o parecer formado sobre ese asunto concreto, particular, acaso puedas colarle de rondón tu opinión (si eres profundo y profuso en tus argumentos o razones de peso, atento, desocupado e inesperado lector de estas intimidades, seas o te sientas ella, seas o te sientas él), y ella adoptarla y hasta apropiársela o hacerla suya.
El otro día, hace una semana y media, mientras estábamos cenando en un restaurante caro (celebrábamos que mi cónyuge había alcanzado y sobrepasado el medio siglo de vida, estando sana, aunque no a salvo de la variante ómicron del SARS-CoV-2, que es menos virulenta, ¿debido a la vacunación generalizada?, pero extremadamente “virurrápida”; según un portavoz de la OMS, la mitad de los europeos habremos sido contagiados en pocas semanas por la susodicha variante), conmemorando que hacía exactamente cinco lustros nos miramos en una fiesta (recuerdo algunos de los versos que escribí la madrugada del día de autos: “no me mires, no me mires, / que miran que nos miramos; / y en ese mirar advierten / que nosotros nos amamos. / No nos miremos, amada; / y, así, cuando no nos miren, / sin parar nos miraremos”) y nos enamoramos hasta los huesos, aunque nos casáramos, tras mil y un percances o peripecias amatorias, por ambas partes, cuarentones; itero, el otro día, me confesó, cuando ya estábamos ultimando los postres, que, en horas muertas (así llama “Maxifé” a las que no sabe qué hacer con ellas, tras haberse preparado a conciencia las clases del día siguiente, haber corregido exámenes y haberse cansado de supervisar cuadernos de sus alumnos, ellas y ellos), había aprovechado su vena o veta literaria, que la tuvo, la tiene y la tendrá mientras viva, pero no es constante, insistente, perseverante, única manera de que un escritor (hembra o varón) llegue a serlo y siga siéndolo, para escribir un libro de cuentos. Y es que solo es escritor quien trenza, poco o mucho, todos los días, todos, con alguna que otra excepción, que es, precisamente, la que viene a confirmar dicha regla.
A renglón seguido, agregó lo que no me gustó un pelo escuchar, que había sacado el máximo partido o rendimiento (no dijo “te he robado o hurtado”, no) a algunas de las ideas que yo había pergeñado y compartido con ella, inocentemente, para escribir varios de sus relatos. Ante tan inesperado terremoto, a punto estuve de hacerle, asimismo, la inopinada confidencia de que este menda también los escribía, amén de que, de manera cotidiana, urdía un diario (en puridad o realidad, ya llevaba más de media docena de ellos trenzados) desde que matrimoniamos. No lo hice por esta razón de peso, porque, si a mí me había sentado oír su confesión como un tiro, a bocajarro, en la cara, catalogué el peso y la medida, calculé y no quise ni me apeteció experimentar qué ruido podía hacer, al dispararse, su metralleta.
Así que, caído el tema referido en el parágrafo anterior en saco roto, ella ejerció de mí, curtido escanciador, y, a falta de champán o cava, como aún quedaba vino de fina calidad riojana en la botella de Ramón Bilbao, de la susodicha bodega jarrera, donde, por cierto, trabaja uno de mis mejores amigos (no nos vemos mucho, pero nos hablamos por teléfono en fechas señaladas), desde la más tierna infancia cabretonera, Santos Calahorra Medrano, lo sirvió y repartió en nuestras copas, alzó la suya, esperó un segundo a que yo hiciera lo propio con la mía, ambos las aproximamos para que entrechocaran los cristales de las susodichas y ella brindó de esta guisa: “Por nuestro feliz matrimonio y su asiduo trasvase de fluidos corporales e ideas”.
Hubo sexo del bueno aquella noche, pues no faltó el oral, esto es, el sucio. Cuando no sobra el tal, yo le comento lo que a Carlota argüí por vez primera: “¡Qué asco más rico, Dios mío! ¡Qué orgasmo!”.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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