NO OCURRE CON FRECUENCIA, PERO OCURRE
A veces, por azar (por mera casualidad, o quizás, quién puede aseverar que lo sabe a ciencia cierta, quién, por su anagrama, causalidad), dos (o más) textos fueron alumbrados el mismo día (o al siguiente de que hubiera aparecido el primero o precedente/s) en un medio (o en varios de prensa escrita, en papel o digital) con el claro y cristalino propósito de mantener un diálogo entre ellos y, así, poder enriquecerse mutuamente y hasta complementarse o completarse luego. Eso es, precisamente, lo que, según mi criterio, acaeció el domingo 7 de agosto de 2022, cuando leí, por la mañana, el artículo titulado “Nosotras somos la resistencia”, que llevaba la firma de su autora, Nayera Kohistani, y fue publicado en las páginas 2 y 3 del diario EL PAÍS; y cuando, por la tarde, pasé mi vista por la tribuna rotulada “La médico imaginaria”, que vio la luz en la página 6 del número 2.393 de la revista EL PAÍS SEMANAL.
En el primero de los textos citados, su hacedora, quien fuera maestra en una escuela de Kabul y es madre de dos hijos de siete y tres años, tras la toma de Afganistán por parte de los talibanes, fue privada del grueso de sus derechos y libertades (como el resto de las féminas del país) y dejó de ejercer o fungir, por un mandato inicuo, su amada profesión. Los guías talibanes, enarbolando la bandera de la ley islámica, como si esta fuera la panacea o triaca, vinieron a traer el retroceso a aquellas tierras, después de años de evidente progreso y de celebradas conquistas en el ámbito de la justicia social. A la palmaria evolución político-social, experimentada durante las dos últimas décadas, le sobrevino una pública y notoria involución. Tras desechar la posibilidad de vivir de rodillas, se puso en pie, no se arredró y luchó y luchó y luchó. Arropada por otras activistas, salió a las calles a protestar y a reivindicar los derechos y las libertades que les había arrebatado el gobierno del estado, amén de injusto, tiránico. A pesar de las represiones sufridas y las torturas padecidas, no dio su brazo a torcer y tendrá que redoblar el DES, acrónimo del inexcusable trípode: esfuerzo, dedicación y sacrificio, si desea alcanzar sus legítimos objetivos. Su voz en grito no dejará de oírse, mientras sigan los atropellos, crímenes y desmanes apadrinados por el opresivo estado talibán. Fina su texto así: “Que la sociedad, en nuestro país, y en el resto del mundo, crea en la poderosa resistencia de las afganas es uno de nuestros mayores logros”.
En el segundo, Irene Vallejo nos recuerda, al inicio del segundo de los parágrafos de su texto, que (parece venir a complementar la última idea que contiene el de Nayera Kohistani) “los logros que hoy disfrutamos son fruto de una larga cadena de esfuerzos y riesgos”. Y nos propone, a renglón seguido, rememorar y remedar el ejemplo o espejo (ora sea único y real, ora plural e imaginado) de Hagnódica, Hagnódice o Agnódice, nombre de la primera ginecóloga ateniense (tenemos noticia de ella a través de las “Fábulas” de Higino). Agnódice, a fin de estudiar medicina (enseñanza vedada a las mujeres), se cortó el pelo y vistió de hombre, y marchó a Alejandría a asimilar los rudimentos de la profesión. Tras regresar a Atenas, comenzar a ejercer y cosechar los primeros éxitos, sus émulos, envidiosos, la denunciaron. En el juicio, para demostrar que no existía el delito que le achacaban, la supuesta seducción, se levantó la túnica para probar que era mujer, no varón. Ante el despropósito que se avecinaba, su ejecución, nos narra Irene que “las mujeres se movilizaron: amenazaron con no tener relaciones sexuales y librarse de parir: ‘Si ella no puede acercarse a nuestros cuerpos enfermos, tampoco lo haréis vosotros a nuestros cuerpos sanos’”. Las féminas ganaron el pulso y Agnódice fue declarada inocente.
Acaso esa sea la solución a los problemas que sufren hoy las mujeres afganas, que sigan, a rajatabla, el modelo de las atenienses, defensoras de Agnódice, que salieron a protestar y amenazaron a sus maridos con una huelga sexual, de piernas cruzadas o boicot genital. Algo similar acaece en “Lisístrata”, la comedia de Aristófanes, donde su autor, a finales del siglo V antes de Cristo, vino a criticar a los demagogos, furibundos defensores de continuar la guerra, y a argumentar a favor de la paz.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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