¡CUÁNTO Y QUÉ POCO CAMBIAN NUESTROS HÁBITOS!
Recuerdo que, durante mi infancia (transcurrieran los días de dicha niñez en Cabretón, Cornago o Tudela), quedó grabada a fuego en mi cerebro la refractaria impronta, huella, influjo o sello de que antaño las jornadas duraban (¿como hogaño lo hacen las semanas?; puede) y duraban como las pilas de cierta marca registrada por un holding, cuyo consejo de administración había decidido, como opción mayoritaria, más votada, encargar la promoción de su producto estrella a una empresa publicitaria, cuyo equipo tuvo la genial idea de trasladar ese marrón y descargar toda la responsabilidad de rentabilizar dicha propaganda en un conejito.
Que a mí me conste, a ciencia cierta, en la narración de Caperucita Roja no sale un gazapo (con la acepción de conejito nuevo, no de yerro inadvertido), pero no me extrañaría nada (de nada) que en alguna de las numerosas versiones que de dicho relato infantil, un cuento de hadas de amplia difusión oral, se hicieron (además de las de Charles Perrault y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, hubo alguna, claramente, para adultos), de manera velada, escasamente explícita y patente, alguno de sus autores (ellas o ellos), por razones ignotas, se refiriera al tal.
Hoy, sin embargo, los días transcurren a tal velocidad que, mutatis mutandis, cambiando, verbigracia, “cervus” (ciervo) por “tempus” (tiempo), cabe afirmar que “el tiempo corre que se las pela”, como tradujo otrora, de manera libre, literaria, un excompañero mío de los camilos, en Navarrete (La Rioja), la frase latina “cervus currit ut volet”, o sea, “el ciervo corre que (parece que) vuela”. Es una perspectiva, una forma de ver el asunto en cuestión; otra, es que el tiempo muda o muta, de modo tan célere, que puede que apenas experimente cambio, que permanezca quieto. Esa es, al menos, la impresión renuente que uno tiene o al tal le queda, cuando mira cómo giran las hélices de un helicóptero, por ejemplo, que abriga la ilusión de que esas aspas rotan tan rápidamente que resultan o se ven inmóviles.
Confieso que, de niño, no me gustaban los canes. Y esa sensación permaneció inalterada e inalterable en el tiempo hasta que mi actual amada y musa, aún sin nombre, apareció en mis días, me educó, me enseñó los rudimentos de dicho menester, la zoología, quiero decir, cómo debía comportarme con nuestra mascota, insisto, aún sin nombre, porque el can ya es de ambos, aunque ella sea (no habrá nunca disputa al respecto) su dueña.
Debo reconocer (y acepto y asumo, sin paular ni maular, el hecho), sin ambages o requilorios, que nuestro can (bien ella, bien él) me ha convertido en un ciudadano hecho y derecho, respetable. Sí, ya sé que es una hipérbole o exageración, puesto que la persona que ha contribuido, de manera decisiva, a que este menda alcanzara, sin hesitación, dicho logro ha sido mi innominada amada y musa. Aunque yo ya llevaba camino de serlo pronto. Que este breve apunte, que no huelga, no, también conste en acta. Haga el tiempo que haga (no hago ascos a que llueva o nieve), yo no salgo de casa para sacar a nuestra mascota (o a que ella nos saque a nosotros) sin llevar encima la conditio sine qua non, la bolsa de plástico para recoger sus cacas. Defeque nuestro animal de compañía donde defeque, vengo comprobando, un día sí y otro también, cómo los ojos de todos nuestros convecinos (hembras y varones) que están asomados a las ventanas y los balcones de sus pisos, en el momento que pasamos por allí mi musa, nuestra mascota y servidor, se fijan en si cumplimos o no cumplimos mi amada y yo, a rajatabla, con la primera y principal norma de civismo que cabe exigirle al dueño de una mascota canina, recoger, íntegramente, en la susodicha bolsa de plástico sus heces.
¡Cuánto y qué poco cambian nuestros hábitos!
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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