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Real gallina de los huevos de oro

Ángel Sáez García 27 Jul 2023 - 14:00 CET
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REAL GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

No conozco a nadie que sepa, a ciencia cierta, cuántos libros se han publicado en el mundo, a lo largo de la historia, sobre el tema particular y/o concreto del humor. Puede que hayan sido tantos que con todos ellos podrían formarse bibliotecas enteras, completas, y llenar más bibliotecas aún, hasta los topes. Hoy ignoro el porqué, pero, seguramente, por mi amor al humor, me he despertado de mis asiduos y diarios veinte minutos de siesta con ganas de escribir algunos parágrafos sobre él, y me ha venido a la mente, sin necesidad de convocarlo, un aserto que solía aducir Amos Oz, que la única característica que unía a los fanáticos, fueran de la ideología que fueran, era esta, que carecían de sentido del humor. A la gente le gusta reírse porque la risa depara o reporta incontables beneficios saludables, pero, como a algunos de los actuales profesionales del humor les consta, de manera fehaciente, este, además, les puede proporcionar la pasta necesaria, imprescindible, para poder vivir bien, con desahogo.

Si no recuerdo mal, que puede que lo haga, pues, en lo concerniente a la memoria, asumo lo incontrovertible, que no le llego a la suela del zapato a Ireneo Funes, he escrito varias veces sobre un tonto de pueblo (que, con el lento paso del tiempo, ha devenido en uno de los más listos del mismo; qué ironía o qué paradoja, ¿verdad?). No he olvidado que un día fui invitado por mi amigo y compañero de trabajo en la Universidad de Zaragoza, Luis Calvo de Pablo, a las fiestas patronales de su patria chica, ese famoso cruce de caminos en el septentrión peninsular que es la localidad donde nació, Algaso. Recuerdo que estábamos a punto de tomar el aperitivo en torno a una mesa del casino “La Fuerza”, sentados la media docena de allegados que éramos entonces alrededor de la susodicha, dentro del salón del mismo, porque fuera, en la amplia terraza del exterior, hacía un sol de justicia y no había sombrillas para todas las mesas.

Ninguno de los seis había catado o probado aún una sola oliva rellena de anchoa (es un decir) o calamar rebozado y frito de los platos correspondientes, repletos de dichas viandas, ni siquiera había dado un sorbo al vermú, la caña o el bíter, lo que cada quien había pedido, cuando, en ese preciso momento, acertó a cruzar el umbral de la puerta de entrada del susodicho local de hostelería, el sandio o necio del lugar, según vox populi (pero que, desde entonces, pasó a ser, para mí, al menos, más listo que el aire, que logra colarse de rondón por cualquier pequeña rendija o grieta).

A fin de que pudieran reírse a gusto un día más de él, de Usicinio, algunos concurrentes se ubicaron de pie en el contorno o perímetro de la mesa redonda, que se hallaba colocada al fondo del local, donde solían platicar los más sesudos intelectuales de la villa los viernes por la tarde, durante la decana y casi centenaria tertulia; dos peritos en el menester lo acompañaron a la citada mesa, le pusieron encima de un tapete verde, el mismo que se usaba allí para jugar a los diversos juegos de cartas, dos monedas, una de euro y otra de la mitad, cincuenta céntimos. Y le dijeron: “Usi”, elige. Y, como de costumbre, “Usi” escogió la de menor cuantía, arguyendo la misma frase o razón de rigor: “Ande o no ande, caballo grande”, que sirvió, una vez más, para que los asistentes y más próximos prorrumpieran en hilaridad, se troncharan de la risa. Tras el suceso desopilante, “Usi” cogió la moneda por la que optó, que, según una cláusula no explicada ni mencionada del juego, le daba derecho a quedársela, y se marchó con el valor de ochenta y tres antiguas pesetas del ala en uno de los bolsillos de su pantalón. Él convirtió el gesto, la elección de marras, en un pequeño chollo, pues hubo días, durante las fiestas patronales, según me confesó el guripa o granuja una tarde invernal de confidencias mutuas, en que llegó a casa tras acopiar o arramblar más de treinta monedas de dicho jaez, pues por cada bar que pasaba le proponían el divertido juego y salía del mismo con medio euro in the pocket, que suponían un pequeño jornal, hace cuatro décadas, quince euros, dos mil quinientas pesetas de entonces.

Servidor, Olaf, un noruego que, después de dar un montón de tumbos por el orbe, recaló en Zaragoza y, más tarde, aquí, en Algaso, y se casó con una lugareña, Lourdes, y formó una familia feliz, conjetura, como juzgó Usicinio, cuando se confesó conmigo, que, en algunos casos, solo en ciertos casos, es una verdad apodíctica esa paremia española que dice que “el que ríe el último, ríe mejor”. Él había decidido aprovecharse de un plan que no había ideado, pero que, dejándose llevar, había devenido en una ganga, y él se había avenido, de buena gana, a aplicarlo en su conveniencia. Estoy completamente seguro de que había reflexionado varias veces al respecto y había llegado a una conclusión similar a la mía; no podía elegir jamás (salvo que le hubiera tocado el primer premio de Euromillones o la Primitiva) la moneda de euro, porque, si algún día hacía tal cosa, mataría su real gallina de los huevos de oro.

Nota bene

   Si el abajo firmante no hubiera apuntado en su libreta lo que aparecerá escrito en el párrafo siguiente, acaso le faltaran las herramientas necesarias o no hubiera podido escribir el relato que usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, acaba de leer.

Si alrededor de una mesa se colocan, de manera ordenada, de pie, treinta listos, y sentado a la vera de la susodicha, redonda o cuadrada, en una silla o taburete, un tonto, al que se le propone que elija entre una moneda de euro y otra de cincuenta céntimos, la mitad, que se han dispuesto sobre un tapete verde, puede que en derredor de dicha mesa lo que de verdad haya sean treinta tontos, que se ríen, y un listo, que también se ríe, pero lo hace hacia dentro, sin que su risa se exteriorice o haga patente.

Olaf Ibsen, a quien en Algaso unos siguen llamando “el Fiordo”, otros “el Salmón” y otros, los menos, “el Vikingo”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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