Hay muchas cosas de Fermín que echaré en falta pero será su mirada, tierna, sugestiva, suplicante, traviesa, la primera de ellas. Estaba muy enfermo y pese a mi dolor era su hora. Hemos estirado el tiempo todo lo posible pero lo inevitable llegó esta semana y para él han terminado ya los sufrimientos.
Todavía me agarrota su enorme aullido final, potente, lastimero, profundo, intenso. Sonó como la sirena que avisa de un desastre, como la que anuncia el principio de un bombardeo, como la que avisa de un naufragio. Fue lo último que hizo, se durmió bajo mis brazos, le miré a los ojos, inmóviles y opacos, le di un beso en la frente y huí, sencillamente opté por lo fácil. Antes y después las lágrimas me amenazaron largo rato; yo quería ceder y llorar intensamente, que mi ánimo fuese desbordado por las emociones, descargando mi tensión. No pude; sí, algún hilillo resbaló traidoramente desde mis ojos al mentón, pero no fue la catarata que yo necesitaba para
La congoja sigue en mí. Lo echo en falta al ir a la cocina, lo echo en falta cuando alguien llama al timbre, al levantarme y al acostarme, al salir y al entrar, en el pasillo y en el salón. Iba y venía, siempre suplicando un trozo de pan o una caricia, un saludo o una despedida, acompañando mis pasos, preguntándome: «Eh, tú ¿y ahora qué toca, dónde me llevas?
Tengo el corazón lacerado pero debo seguir; busco sentido a la vida en un cachorro que anestesie y nuble mi mente, turbando mi recuerdo con una nueva realidad que niegue el pasado cruel.
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