El gobernante que intentase dirigir a los particulares en cuanto a la forma de emplear sus capitales, no sólo echaría sobre sí el cuidado más innecesario, sino que arrogaría una autoridad que no fuera prudente confiar ni siquiera a Consejo o Senado alguno; autoridad que en ningún lugar sería tan peligrosa como en las manos de un hombre con la locura y la presunción suficientes para imaginarse capaz de ejercerla.
Adam Smith
Si la democracia es un medio de preservar la libertad, la libertad individual es una condición esencial del funcionamiento de la democracia. Aunque probablemente la democracia es la mejor forma de gobierno limitado, degenera en absurdo al transformarse en gobierno ilimitado. Los que sostienen que la democracia es todopoderosa y defienden en bloque lo que la mayoría quiere en cualquier momento dado, trabajan a favor del derrumbamiento democrático.
Friedrich A. Hayek
El tema de este ensayo está reflejado tanto por la cita de Adam Smith como por el capítulo al que hace mención la pregunta por el planteo de Friedrich A. Hayek en el capítulo V de su libro Camino a la Servidumbre: la crítica a la intervención económica del Estado, el conflicto entre la libertad individual y el colectivismo y la degeneración de la democracia cuando se embarca en la planificación económica.
Adam Smith es elocuente en la cita que toma Hayek respecto a las consecuencias nefastas que tendría negar las esferas autónomas de los individuos y los peligros que acarrea para las sociedad civil el hecho de que el gobernante se abrogue el derecho de establecer la ordenación ética de la sociedad de acuerdo a los valores establecidos por el planificador. Como apunta Hayek, los individuos tienen escalas de valores diferentes, mundos valorativos a menudo contradictorio que ningún planificador puede ser tan arrogante y presumido para intentar redactar un plan dirigista de la economía con el objeto de determinar cuáles deberían ser las medidas que deben tomarse en función de un plan de colectivización de la economía.
El punto central entre la cita de Smith y el planteo de Hayek radica en señalar que la planificación económica pone en jaque a la democracia haciendo que ésta ceda progresivamente sus facultades. Hayek señala:
“It may be the unanimously expressed will of the people that its parliament should prepare a comprehensive economic plan, yet neither he people nor its representatives need therefore be able to agree on any particular plan. The inability of democratic assemblies to carry out what it seems to be a clear mandate of the people will inevitably cause dissatisfaction with democratic institutions”.
La preocupación que invade a Hayek se advierte al dar a entender tempranamente que la democracia moderna está sirviendo de vehículo a los valores colectivistas y que su rumbo está lejos de ser aquél que le marcaron los padres del pensamiento liberal en el siglo XVIII, esto es, que ya no es un medio para salvaguardar la paz interna y las libertades individuales. La cuestión decisiva para Hayek es que el sistema democrática ha perdido su horizonte de libertad y que con el tiempo puede convertirse en un sistema tan opresivo como la peor dictadura. La contribución de este planteamiento radica en repensar a la democracia al mismo tiempo que se convierte en un nuevo dogmatismo incuestionable, una especie de fetiche sobre el que está prohibido cuestionarse. Hayek admite en términos estrictos que la planificación de la economía es sólo la última instancia antes que la democracia se torne en un sistema autoritario.
De pensar a la democracia como el sistema de poder limitado y respetuoso de los derechos naturales hemos pasado a una democracia ilimitada donde un gobierno puede hacerlo todo so pretexto de que es mayoritario, en donde la tiranía de la mayoría ha desplazado a aquellas normas y principios que eran el sustrato de la sociedad civil y que determinaban los alcances de nuestra conducta y nuestras tradiciones. Con mucho olfato político Hayek advierte la degeneración de las democracias modernas gobernadas por partidos políticos que sólo responden a los intereses particulares de una minoría. Los políticos, en nombre de la “justicia social”, han hecho de la democracia un esperpento en donde los electores se emborrachan en cada instancia electoral embebidos en el elixir de las promesas de los demagogos legisladores que los han chantajeado una vez más prometiéndoles toda una serie de beneficios y prebendas cuyos costos se repartirán luego entre todos los contribuyentes.
En estas condiciones la opinión pública sólo ve beneficios visibles: lo que no ve, como diría Bastiat, son los costos invisibles del engranaje populista que construyen los políticos con el objetivo de conservar su porción cautiva del electorado. La democracia se ha pervertido en una distribución de favores donde los políticos se definen antes que nada por los intereses que protegen y no por los principios que defienden. Y esto es lo que define la falta de participación política de los ciudadanos, su anemia frente a las cuestiones cívicas ya que los habitantes de las polis están como drogados, dependientes de las dádivas del Estado y nada entusiasmados en recuperar las libertades que les han quitado. No parece exagerado decir que la superioridad del sistema estatista consiste en individualizar las ventajas diseminando los costos.
En el siglo pasado hemos asistido a ver que en el fondo de las democracias occidentales el sustrato ideológico es siempre el mismo: la confianza ciega en el Estado y en sus medios para lograr la prosperidad económica en base a la centralización estatal, la educación pública, la confiscación progresiva mediante impuestos y la redistribución social. En este largo período, que podría comenzar simbólicamente en el mismo año que Hayek publica Camino de Servidumbre, la alternancia de gobiernos determina el cambio de colores políticos pero nunca la abolición de la esclavitud.
El gran mito del siglo XX es la fundamentación del desarrollo económico según la planificación económica. La contribución de Hayek es entender que el mundo obedece a leyes que nosotros no dominamos y que la suma de iniciativas individuales es siempre preferible a la planificación voluntarista de la élite gobernante. El desarrollo económico será el resultado accidental de la coordinación no dirigida de las iniciativas individuales, el resultado de la distribución de millones de actos aislados que se organizan espontáneamente como guiados por una mano invisible que el egoísmo bien entendido. “Los hombres, al igual que las abejas de Mandeville, contribuyen con la suma de sus vicios y sus virtudes a construir un orden colectivo cuyos principios mismos ignoran. Nuestra sociedad moderna es en consecuencia el producto de nuestros actos más que de nuestras decisiones; se desarrolla según leyes que no conocemos”, escribe Guy Sorman, agregando que esas leyes no son “decretos de la Providencia” como creían los liberales clásicos sino que escapan a nuestra razón por ser demasiado complejas para dominarlas científicamente. De ahí que la importancia radical del mercado como el ámbito donde una cantidad infinita de informaciones económicas operan conjuntamente mediante ajustes instantáneos, precisamente operaciones que un planificador gubernamental jamás podría determinar de forma centralizada.
Esta forma de pensar al mercado no absuelve al socialestatismo de ser pensado como una demencia intelectual fruto de un pecado de soberbia frente a la naturaleza de las cosas. Paradójicamente, el socialestatismo crea, en nombre la “justicia social”, el tipo de sociedad más injusta en donde, por un lado, se encuentran aquellos que están sometidos a las leyes de la competencia y que deben poner cada día todos de sí para no ser dejados en el camino por competidores más emprendedores e imaginativos; por otro lado, está la nueva clase, los que viven de las palabras y los discursos, los que mediante retención de una parte del salario de los otros se justifican a sí mismo en nombre del “interés general”.
“La democracia no se limita a procesos electorales más o menos recurrentes. El aspecto medular de la democracia es la libertad, es la obligación de los gobernantes de garantizar y respetar los derechos de los gobernados. En última instancia, el plan de gobierno de una sociedad libre radica en respetar los planes o proyectos de vida de sus integrantes”, escribe Alberto Benegas Lynch. (Contracorriente, 348) Más adelante agrega que se entiende a la democracia como “sinónimo de cuarto oscuro mientras que no se comprende que la estructura política es sólo un medio para preservar la libertad. Toda la libertad. La intromisión del Estado en las actividades lícita de la gente conculca la libertad. La llamada libertad política no significa nada si no resulta de un medio idóneo para preservar los derechos individuales”. (349)
La lección neta e imprescindible es entender que las llamados a al “gobierno del pueblo” y las “revoluciones sociales” son parte del lenguaje de los déspotas. Si queremos volver a dotar a la democracia de sus valores esenciales debemos hacer valer la fuerza de la libertad negativa, esto es, el derecho a poder gobernar nuestra propia existencia sin ver coartadas día a día nuestras libertades fundamentales. Los discursos que pregonan el encierro comunitario, la vuelta a la identidad nacional, el fervoroso nacionalismo fanático no hacen más que hablar en nombre de valores retrógrados que estimulan las persecuciones, el odio y los sectarismos. La democracia existirá en forma plena si conviven en ella el razonamiento científico, el juicio crítico, la tolerancia y las libertades personales. Es el sistema que se funda en la resistencia al dominio del Estado autoritario, modernizador y nacionalista y que dota a la sociedad civil con autonomía política. Todo esto acompañado por la destrucción de las oligarquías, la independencia de poderes, la organización de elecciones libres y el establecimiento de un Estado mínimo, humilde, acotado a brindar seguridad y justicia a sus habitantes.
Así pues, Alain Touraine le reconoce a los espíritus liberales haber defendido mejor a democracia “porque se resistieron a la ilusión peligrosa de fusionar al individuo con la sociedad en nombre de una democracia popular.”. (34) Era la vieja idea que Benjamín Constant denominó como “libertad de los antiguos”, cuyo deseo máximo -según la vieja tradición del pensamiento político aristotélico- era integrar a los ciudadanos en una totalidad con el Estado, crear una comunidad política fruto de la conciliación de percepciones y propuestas de la voluntad general”. En contrapartida se halla la “libertad de los modernos”, concepción que se basa en la idea de la política como acción sobre la realidad, o para decirlo en otras palabras, en la defensa de los actores sociales frente al Estado. Touraine no deja de en su estudio de hacer prevalecer este tipo de libertad porque considera que funda a la democracia al crear un espacio político que protege los derechos de los ciudadanos contra la omnipotencia del Estado. También es interesante resaltar que este autor considera que atentan más a la democracia los populismos demagógicos que la llamada tiranías de la mayoría, ya que estas, explica Touraine, suelen variar y modificarse de acuerdo a los diferentes humores de la opinión pública y las informaciones que disponga.
En cambio, los populismos, una vez enquistados en el poder, destruyen la democracia hasta sus cimientos: “Cuidado con aquellos que dejaron que la lucha por las libertades positivas destruyera los fundamentos institucionales de la democracia”. (51) Por esa razón las revoluciones suelen terminar en baños de sangre dado que una vez que se ha tomado por la fuerza el Estado no puede esperarse recibir garantías y derechos de arriba hacia abajo.
Las recomendaciones de Touraine en ese sentido son combatir el Estado omnipotente y sus alianzas con ciertos sectores sociales, combatir la tiranía de la mayoría estimulando la libre creación e innovación del sujeto político aplastado en muchas veces por una opinión pública dominante y anestesiada y romper con el sueño platónico de un orden social y natural en donde el individuo se funda con el Estado.
Volviendo a nuestro planteo original es necesario subrayar que si la democracia representativa ha perdido su fuerza original esto se debe en parte a que los ciudadanos renunciaron a dar sentido a sus libertades y decidieron pactar con el demonio, es decir, dar libertad de acción a los partidos políticos para que tomen el Estado entregando a cambio sus libertades individuales. Esa fue la peor contribución voluntaria que pudieron hacer los ciudadanos de las polis modernas porque lograron que las elecciones se conviertan en fachadas irrisorias de libre elección de los gobernantes cuando la realidad indica que los políticos tienen casi todo controlado y digitado de antemano gracias a los recursos propios de la partidocracia: las listas sábanas, la campañas de propaganda política, el autofinanciamiento de los partidos mediante el Estado y los dineros espurios del sector privado, la compra y venta de votos y leyes, etcétera.
El fracaso de la democracia en Occidente se debe, como presuponía Hayek, a que los grandes partidos mayoritarios sustituyeron al individuo, lo aplastaron convirtiéndolo en un número más, un ente obediente al cual sólo se le permite votar cada un par de años pero al que se le niegan frecuentemente sus libertades más primordiales. Asistimos, en efecto, al reemplazo de la democracia por clientelas políticas carentes de adhesiones cívicas y participación ciudadanos. Somos categorías administrativas, meros indicadores sociales que sólo servimos para llenar formularios y ficheros.
Este proceso de “nacionalización de las masas” es el que denuncia Hayek y que tiene como características principales la colectivización de la economía, la autoafirmación nacionalista y la expansión imperialista. Sus instrumentos de acción fueron el servicio militar obligatorio, la alfabetización universal y la creación de un Estado de Bienestar que tuvieron mucho interés en mantener y desarrollar tanto los políticos como los sindicalistas, quienes tenían, gracias a la filiación obligatoria de los trabajadores y las cajas de las obras sociales, una caja fuerte con dinero fresco siempre a mano para dilapidar.
Otra idea fundamental que se infiere del análisis de Hayek es que, paradójicamente, la intervención económica en nombre de la “justicia social” y los más desfavorecidos debilitó profundamente los lazos de la sociedad civil con el Estado, ya que el último reemplazo sigilosamente a la primera. La patología de las democracias hizo que la mayoría de los gobiernos en Occidente extienden el carácter de sus operaciones, minimicen la transparencia de sus actos y se sitúen por encima de la ley estableciendo sólidas alianzas con las élites económicas, sociales y políticas de sus países respectivos. Intentos bienintencionados de diseñar políticas públicas a favor de los más humildes tuvo con relativa frecuencia consecuencias negativas en la medida en que estimuló las concentraciones extraordinarias del poder político, distorsionó el funcionamiento de los mercados y permitió el abuso de los poderes reguladores y administrativos del gobierno bajo la excusa de promover el bienestar general. Toda esta alianza entre diferentes grupos corporativistas no hubiese sido posible sin la manipulación de la opinión pública y el adoctrinamiento de los ciudadanos.
Por esta razón ya no basta con la defender la idea de la libertad negativa y la limitación del poder estatal. Hemos aprendido durante todo el siglo pasado que la libertad negativa no tiene fuerza en sí misma y que el sueño totalitario puede echar raíces en todas las sociedades democráticas. De ahí la necesidad de recuperar la iniciativa individual y la fuerza del espacio público a manos de individuos autónomos, libre y responsables que entiendan que la democracia no es una meta sino un punto de partida, una condición necesaria para vivir en paz y en prosperidad.
La democracia no es un sistema natural que funciona por evolución espontánea sino que hay luchar por ella y por las libertades que resguarda. En el primer instante en que desatendimos nuestro alerta ciudadano los gobernantes nos dan la espalda y comienzan a gobernar a su antojo. Es en ese momento en que la profecía de Lord Acton se cumple inevitablemente porque que “el poder corrompe y el poder absoluto, corrompe absolutamente” es una máxima de la ciencia política que no ha perdido validez. Es la cláusula no escrita de las constituciones liberales donde se advierte que los personas ordinarias frente a tentaciones extraordinarias pierden la cabeza, el poder se convierte en pulsión desmedida y el poder ejecutivo en la figura presidencial lo hace suyo, como un atributo inseparable de su personalidad. Ahí es donde las democracias son puestas a prueba. El sistema anglosajón ha demostrado mediante sus sistema de contrapoderes salir airoso de las tentaciones autoritarias de los presidentes democráticos. Pero en América latina y otros países donde la democracia es plebiscitaria más que republicana el presidente suele controlar el poder sin ser controlado, supone una relación casi privilegiada entre el hombre público y el pueblo. Debemos ser conscientes que la democracia es frágil como cualquier obra humana. Y se sabe que “humano” proviene del latín “humus” que significa “polvo”.
El filósofo argentino Enrique Valiente Noailles señalaba que el peligro quizá más grave no es que el poder sólo corrompe sino que inunda al sistema político de irrealidad, de locura, y “esta es la única explicación para que algunos poderosos no sientan conflicto con lo que hacen”. (Noticias, 22/03/1995) Y esta irrealidad la hemos padecido en los años noventa cuando la política abandonó la escena pública para buscar refugio en el camarín, en el tocador detrás de bastidores donde los políticos, al igual que los artistas, salen a hacer un show donde el espectáculo tendrá más importancia que sus ideas. Cosmética, golf y periodismo tabloide es la fórmula que ha inspirado al gobernante democrático en los últimos tiempos. Escribe el pensador argentino Ricardo Forster que “esa mezcla de amante latino, de triunfador, de sex symbol, de transgresor sabiamente apoltronado en el poder fascina a una sociedad (la argentina) que ha vivido inmersa en el Apocalipsis, la banalidad y el kitsch. El verdadero gobernante sabe que el envase es lo que verdaderamente importa, y que el resto es pura hipocresía, que las palabras deben brotar antes que las ideas, que es el tiempo del espectáculo y de sus insustituibles especialistas”. De esta manera se entiende porque la forma más común de hacer política en América latina y el tercer mundo son las caravanas políticas, que, como explicaba el experto en teatro Alberto Ure, tiene su origen en la comparsa y en el corso. Cuando los actores ya no tienen nada que decir se bajan de escenario y recorren las calles buscando divertir a la gente. Tanto en el escenario teatral como en el escenario político estamos en presencia de una obra en tránsito que cambia constantemente su escenografía. Por esa razón son tan exitosas, porque son entretenimiento gratis. (Página 12, 26/10/97)
El gran desafío que inquietó a la tradición del pensamiento liberal clásico es que intuyeron que la separación de poderes no bastaba para vivir en democracia y en libertad. Las democracias necesitan ciudadanos pensantes, creativos, capaces de sugerir y crear iniciativas, es decir, individuos con identidad propia en lugar de entes que obedezcan ciegamente a los mandatos de los gobiernos haciendo de ellos apéndices de una línea de montaje que conformaría el engranaje de los mecanismos autoritarios del poder. La democracia es una farsa si los ciudadanos no entran en acción. También es una mentira cuando se le confiere al elegido un poder desmesurado y sin control.
En una carta dirigida a Adam Smith David Hume observaba que “en verdad nada puede contener una presunción más fuerte de falsedad que la aprobación de la multitud”. La democracia enfrenta un gran desafío al deber preservar las autonomías y, al mismo tiempo, regular las demandas de la regla de la mayoría, la cual a menudo lleva a utilizar el monopolio de la fuerza en provecho propio. Como apunta Benegas Lynch “la mayoría unificada al otorgar un monopolio coercitivo de la fuerza concentra el poder y hace que los servicios degradados que produce tiendan a inmiscuirse en los más variados asuntos privados debido a la antes mencionada debilidad en los controles y los respectivos controles”. (Autogobierno, 253)
En los sistemas políticos modernos la tendencia más marcada desde la modernidad es la imposición de la voluntad del soberano por encima de los usos y tradiciones de sus súbditos. Desde las monarquías absolutistas hasta las nacientes democracias lo que predomina la recaudación numerosa de impuestos, el control de la religión y la enseñanza, el encierro de los disidentes políticos y la presencia fuerte un ejército permanente. En el fondo, como señaló Tocqueville, se sale de la libertad feudal para retornar a las formas despóticas antiguas, pues “la centralización nos es más que la administración de imperio romano modernizada”. En otras palabras, el proyecto del Imperio como centralización y administración total del Poder es una tendencia profundamente moderna.
Luego de la Revolución Francesa asistimos al triunfo de la voluntad general en detrimento de las libertades individuales, triunfo que unificó decididamente los poderes estatales de un Todo. Como dice el historiador Gerhard Ritter, “el lema no era ahora la limitación del poder estatal sobre el individuo sino su ilimitada extensión”. (El problema ético del poder) La democracia moderna se instaura a partir de la necesidad de movilizar a todo el cuerpo social y de fusionarlo con el Estado. El sueño moderno en lo político es, escribe Fernando Savater, “el Estado sin trabas, un Todo liso y uniforme, bien articulado, es el sueño de una entidad nacional a la que ninguna territorialidad menos abstracta, divergente, pueda hacer sombra: el sueño también de un poder sin cortapisas ni excepciones, que pueda controlar hasta el fondo a sus súbditos, una infinita capacidad de mando puesta naturalmente al servicio de la Voluntad General y del Bien Común”. (Panfleto contra el Todo, 34)
Por otro lado, hay países que hicieron por la libertad mucho más otros. Si Inglaterra es la madre de las democracias, como apunta Touraine, es porque la tradición política inglesa apunta a fortalecer las esferas autónomas de los individuos y la sociedad civil. La democracia en Inglaterra fue mucho más consciente que cualquier otro país en reafirmar los derechos del hombre contra el Estado. Y si Francia traicionó tantas a veces a la democracia es porque allí triunfa la búsqueda de un orden racional que pretende la completa identificación el ciudadano con el Estado. (Touraine, 60)
Para que la democracia triunfe debemos aspirar a que la clase política no asfixie a la sociedad civil. Para eso es fundamental romper la connivencia entre un sector público obeso, un sindicalismo mafioso y una clase empresaria que frecuentemente se comparta como cortesana del poder. En este sentido la autonomía del libre mercado es esencial para el mantenimiento de la democracia. Jean-Francois Revel escribe que :
“El mercado, separando a la sociedad civil del Estado, constituye la base de la democracia. El mercado en sí mismo amenaza a cualquier poder totalitario y lo debilita porque, en primer lugar, dispersa las tomas de decisión en el conjunto de la sociedad, y en segundo lugar, porque no puede dejar de tejer lazos con el mundo exterior, y, a partir de ahí, poner fin en la práctica al aislamiento de la población, aislamiento que resulta esencial para un control central absoluto. Por modesto y local que sea en sus comienzos, el mercado para crecer y alcanzar el éxito, recurre y conduce a la mundialización de la economía. Derriba los tabiques que separan a las civilizaciones y que las dictaduras de esfuerzan en levantar”.
Lis pilares de la democracia deben ser la limitación del poder del Estado, la participación activa de la ciudadanía y la lucha contra la corrupción. De los dos primeros he hablado más atrás. Respecto a la corrupción la mejor forma de mantenerla a raya es eliminando la intervención económica del Estado que, como había previsto Adam Smith, sólo sirve para privilegiar a unos pocos en detrimento de muchos. Planificación económica es sinónimo de subvenciones, favores y sinecuras donde lo único que se distribuye es esclavitud moral y pobreza económica.
Bibliografía
Friedrich Hayek, The Road to Serfdom, University of Chicago Press, London, 1976
Guy Sorman, La solución liberal, Atlántida, Buenos Aires, 1987
Alberto Benegas Lynch (h), Contra la corriente, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1992
Alain Touraine, ¿Qué es la democracia?, FCE, México
Enrique Valiente Noailles, La metamorfosis argentina, Editorial Perfil, Buenos Aires, 1999.
Ricardo Forster, “Cosmética y política”, en revista Noticias, 24 de junio de 1996.
Alberto Benegas Lynch (h), Hacia el autogobierno, Emecé, Buenos Aires, 1993
Fernando Savater, Panfleto contra el Todo, Alianza, Madrid, 1989
Jean-Francois Revel, El Renacimiento Democrático, Plaza & Janés, Barcelona, 1992
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