Ola de disturbios

Gran Bretaña en llamas contra la inmigración ilegal tras el asesinato a puñaladas de 3 niñas

El laborista Keir Starmer, que no lleva ni un mes al frente del país, no sabe qué hacer

Manifestantes se enfrentan a la Policía en Londres
Manifestantes se enfrentan a la Policía en Londres. PD

Gran Bretaña está que arde. Literalmente.

La gente se ha hartado y la situación ha llegado a un punto crítico.

Las principales ciudades del Reino Unido están experimentando este verano disturbios sin precedentes, tanto en escala como en intensidad.

La ola de protestas violentas, la peor en la memoria reciente, se extiende como un incendio incontrolado de ciudad en ciudad, alimentada de forma muy activa por grupos nacionalistas y de ultraderecha, hartos de la pasividad de la policía, los jueces y las autoridades con la inmigración ilegal.

Este sábado, 3 de agosto de 2024, el balance provisional de la ‘batralla’ incluye ya al menos veinte detenidos y cuatro policías heridos.

Las cifras son llamativas pero no reflejan la verdadera magnitud del caos al que las autoridades no han logrado poner freno, y que ha ido en aumento desde el pasado lunes.

El detonante de esta crisis fue un crimen brutal: el asesinato a cuchilladas de tres niñas en un centro infantil de Southport.

Otros ocho menores fueron acuchillados, aunque sobrevivieron.

El autor de este sangriento ataque es un joven de 17 años, hijo de inmigrantes ruandeses, nacido en Cardiff.

El asesino cometió el crimen solo seis días antes de cumplir 18 años.

La indignación pública ante este horrendo acto se ha traducido en violencia, dirigiéndose contra quienes intentan frenar las movilizaciones, que han adoptado un marcado tono antiinmigración, específicamente contra la inmigración de origen islámico.

Las protestas se han multiplicado, avivadas por las redes sociales y fomentadas por dirigentes de ultraderecha que han encontrado en la indignación ciudadana un terreno fértil para promover sus tesis antimigratorias.

El Gobierno británico ha intentado, sin éxito, censurar esta ola de disturbios.

El laborista Keir Starmer asumió como primer ministro el 5 de julio y no lleva ni un mes en el poder.

Sin embargo, la convulsión social lejos de disminuir, se ha intensificado, con numerosas convocatorias de protestas en todo el país. Los daños materiales son cuantiosos, y las imágenes de enfrentamientos violentos entre manifestantes y policías circulan ampliamente en las redes sociales y en los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales.

Este fin de semana se han convocado más de treinta movilizaciones por toda la geografía del Reino Unido.

La ola de disturbios ha alcanzado incluso a Belfast, antiguo epicentro del terrorismo del IRA, que ahora comparte la misma violencia que el resto del país.

Entre las ciudades con protestas potencialmente peligrosas se encuentran Manchester, Liverpool, Leeds, Bristol, y Nottingham, así como Bolton, Hull, Lancaster, Middlesbrough, Newcastle, Portsmouth, St Helens, Weymouth, Rotherham, Preston y Blackpool. Estas son solo algunas de las localidades afectadas, pues las manifestaciones se extienden por todo el país.

En Hull, se han reportado incendios en las principales calles comerciales, mientras que en Bristol ha habido enfrentamientos violentos entre manifestantes de extrema derecha y contramanifestantes de ultraizquierda, con la policía atrapada en medio tratando de controlar la situación.

En Liverpool, los disturbios han alcanzado el distrito comercial, con numerosos arrestos y varios policías heridos. Leeds también ha sido escenario de disturbios continuos, aunque este sábado parecía haber un breve respiro, pero las autoridades no dan por concluida la tensión.

La ministra del Interior, Yvette Cooper, intenta proyectar un discurso de autoridad que, hasta ahora, no ha tenido el impacto deseado en las calles. Cooper ha calificado las acciones de los manifestantes como «violencia criminal y desorden», y ha ordenado a la policía que responda con «las medidas más enérgicas posibles».

Además, ha instado a la Fiscalía a actuar con rapidez y rigor, y a los tribunales a imponer condenas ejemplares contra los responsables de los disturbios.

«Cualquiera que participe en este tipo de desorden debe tener claro que pagará».

Sin embargo, sus palabras no se han traducido en una restauración del orden, y los policías, desbordados, consideran insuficiente el apoyo gubernamental.

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