«Del mismo modo que Desokupa existe porque la ley protege al infractor, los ‘agitadores ultras’ están en el Congreso porque los periodistas parlamentarios hace tiempo que dejaron de fiscalizar al poder».
Esta reflexión, citando sin nombrarlo al controvertido Dani Esteve es de un periodista notable, llamado Marcos Ondarra y aparece este 15 de mayo de 2026 en la columna que publica en The Objective.
Hay una pregunta que la expulsión de Vito Quiles y Bertrand Ndongo del Congreso de los Diputados, de momento temporal pero atropellada, ilegal, por una vía administrativa cuando los verdugos son un órgano tan político como la Mesa de la Cámara, plantea con una claridad que incomoda a mucha gente dentro de la profesión: ¿por qué existen los «agitadores ultras»?
La respuesta, como señala Ondarra en su artículo, es meridiana e incontrovertible: porque quienes deberían hacer ese trabajo no lo hacen.
Marcos Ondarra: la excepción que evidencia la regla
Antes de entrar en el fondo del asunto, conviene detenerse en quién formula el diagnóstico más lúcido sobre esta situación.
Marcos Ondarra, que nació en Pamplona en 1996 y es licenciado en Periodismo y Filosofía se define a si mismo comoenemigo de la corrección política y defensor de la tradición como fuente de riquezas.
Es, en el panorama actual del periodismo político español, una figura casi única: un periodista que cree en la profesión sin adornos, que no se casa con ningún partido ni con ninguna redacción que le exija lealtades previas a la verdad, y que ha demostrado a lo largo de su trayectoria que el periodismo incómodo no es una cuestión de ideología sino de oficio.
En un entorno donde abundan los periodistas parlamentarios suspirando porque les pasen la mano por el lomo quienes mandan y reparten prebendas, que nunca formulanpreguntas que los políticos no quieren responder, Ondarra es la excepción.
Los pesebreros de la APP y su amiga Aizpurua
Su artículo sobre la expulsión de Ndongo y Quiles es brillante precisamente porque no defiende al reportero de Periodista Digital y su colega como periodistas modélicos, sino porque señala lo que su presencia revela sobre el resto: «la verdadera lacra del periodismo parlamentario no son los «agitadores ultras», sino los palmeros y palmeras que se agrupan en la Asociación de Periodistas Pedretes».
Que un periodista con su trayectoria y su credibilidad escriba eso, con nombre y apellidos institucionales, en un momento en que decirlo tiene costes profesionales reales, dice todo lo que hace falta saber sobre su independencia y su concepto del oficio.
El retrato del periodismo de pesebre
El Congreso de los Diputados tiene acreditados a cientos de periodistas. Cada día hay ruedas de prensa, corrillos en los pasillos, declaraciones a la salida del hemiciclo.
Y sin embargo, como señala Ondarra con una ironía que duele porque es precisa, la Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP) tiene el honor de haber premiado a José Luis Ábalos por su «relación con la prensa» mientras el exministro organizaba el traslado de prostitutas con billetes del Ministerio y acumulaba los escándalos que ahora llenan las páginas del Tribunal Supremo.
El premio se lo dieron ocho meses después de que Ketty Garat destapara la trama. Mientras Garat recibía insultos e improperios de sus colegas y tenía que ir a declarar ante el juzgado embarazada de ocho meses, Ábalos recogía galardones en una cena de gala en el Hotel Palace entre fervorosos aplausos de los mismos periodistas parlamentarios que hoy lideran la campaña para expulsar a Quiles y Ndongo.
El diagnóstico de Ondarra sobre el funcionamiento real del periodismo parlamentario es devastador pero verificable: los turnos de preguntas están filtrados por jefes de prensa, las preguntas son previsibles porque permiten al político recitar sus mensajes, hay escasa insistencia cuando un portavoz evade un tema delicado y los silencios ante los escándalos del Gobierno Sánchez son tan llamativos como las preguntas que no se formulan.
Quiles y Ndongo: dos estilos, una misma función
El Consejo Consultivo de Comunicación Parlamentaria ha elevado a la Mesa del Congreso una propuesta de sanción contra ambos periodistas por «infracciones graves». A Quiles se le acusa de grabar con el móvil en áreas prohibidas, compartir imágenes en redes y persistir en intentar formular preguntas a Pedro Sánchez pese a su negativa expresa. A Ndongo, reportero de Periodista Digital, se le reprocha haber interrumpido una rueda de prensa de la portavoz de Sumar e ignorar instrucciones del personal del Parlamento.
Las posibles sanciones oscilan entre 11 días y tres meses sin credencial, con posibilidad de extensión a años o revocación definitiva si se aprecia reincidencia.
Pero el discurso oficial que agrupa a Quiles y Ndongo como un bloque homogéneo de «agitadores ultras» oculta una distinción que Ondarra señala con justicia: los dos periodistas tienen estilos muy diferentes. Quiles es más provocador e incisivo. Ndongo destaca por su educación y respeto al formular preguntas, con un estilo mucho más cercano al estándar clásico del reportero insistente que trabaja dentro de los límites del oficio. Meterlos en el mismo saco es una operación política, no una descripción periodística.
La doble vara que Armengol aplica
Francina Armengol preside el Congreso con mano dura hacia Quiles y Ndongo y tolerancia hacia los invitados vinculados a Podemos que lanzaron octavillas e interrumpieron desde la tribuna durante una intervención del PP. El PP lo ha denunciado. La asimetría es tan evidente que no requiere elaboración.
La pregunta que esta doble vara plantea es si el proceso de expulsión responde a criterios de orden y respeto dentro del hemiciclo o simplemente a la voluntad de retirar el micrófono a quienes perturban la comodidad del ecosistema mediático-político que rodea al Gobierno de Sánchez.
Ondarra la formula con la claridad que su independencia le permite: si los periodistas parlamentarios quieren deshacerse de los «tocapelotas», solo tienen que empezar a hacer su trabajo. No hacen falta reformas reglamentarias ni códigos disciplinarios. Basta con que la mayoría asuma esa parte ingrata del oficio, la que provoca miradas desafiantes en los corrillos informales y llamadas tensas desde las oficinas de comunicación de Moncloa.
Quiles y Ndongo existen porque hay un vacío. Llenan el espacio que dejó libre el periodismo parlamentario cuando decidió que mantener el acceso era más importante que hacer las preguntas incómodas. Si ese vacío se llenara con periodismo real, ellos no serían necesarios.
Esa es la incomodidad que el debate sobre su expulsión ha puesto sobre la mesa y que muy pocos dentro de la profesión tienen la honestidad de reconocer.
El retrato del “periodismo de pesebre”
El artículo de Ondarra actúa como un espejo incómodo para esta eputecida y cada día mas servil profesión.
El periodista dibuja con claridad el panorama del llamado “periodismo parlamentario” que opera diariamente en el Congreso:
«La verdadera lacra del periodismo parlamentario no son los «agitadores ultras» (un término absurdo para referirse a aquellos reporteros molestos de siempre), sino los palmeros y palmeras que se agrupan en la Asociación de Periodistas Pedretes (APP). Estos últimos, supuestos defensores de las esencias periodísticas, tienen el honor de haber premiado por su relación con la prensa a José Luis Ábalos, mientras que Vito Quiles y Bertrand Ndongo, considerados por el régimen sanchista como quienes «denigran la profesión», son los únicos que han realizado las preguntas pertinentes que los appesebrados no se han atrevido a formular en estos últimos cinco años.
Ondarra destaca con una ironía mordaz que los llamados “agitadores ultras” son, en realidad, quienes han ocupado el vacío dejado por una prensa que ha renunciado a realizar lo más básico: preguntar donde más duele.
En un entorno donde la inmensa mayoría -por cobardía, ignorancia, deseo de formar parte del rebaño, miedo o miopía y eso incluye desde el ABC a La razón, pasando por El Mundo, Antena 3, Telecinco o los reputados directores de programas de radio y televisión, ha optado por alinearse con las consignas de La Sexta, El País y otros altavoces cómodos del sanchismo parlamentario.
En el panorama abundan los súbditos complacientes con Patxi López y la proetarra Mertxe Aizpurua, más preocupados por seguir el código interno de la genuflexa y feladora APP que por presionar al poder político.
L lucha por el pasillo del Congreso
El conflicto actual no puede comprenderse sin considerar la ofensiva institucional que se está gestando en la Cámara Baja. El Consejo Consultivo de Comunicación Parlamentaria (CCCP) ha elevado a la Mesa una propuesta para sancionar a Quiles y Ndongo por supuestas «infracciones graves» relacionadas con su comportamiento dentro del recinto parlamentario.
Según documentos del Congreso:
- A Quiles se le acusa de:
- Realizar grabaciones con el móvil en áreas prohibidas.
- Compartir imágenes en redes sociales contraviniendo las normas internas.
- Persistir en intentar captar imágenes y formular preguntas a Pedro Sánchez, pese a su negativa expresa.
- A Ndongo, reportero de Periodista Digital, se le reprocha:
- Interrumpir una rueda de prensa ofrecida por la portavoz de Sumar.
- Ignorar deliberadamente las instrucciones del personal del Parlamento.
Las posibles sanciones, según el Reglamento, oscilan entre 11 días hasta tres meses sin credencial. Y si se considera reincidencia, podrían extenderse incluso a años o resultar en una revocación definitiva. Dentro de este marco, sectores del Gobierno y de la izquierda parlamentaria presionan para que se imponga el castigo máximo.
Sin embargo, en el discurso político y mediático tienden a agrupar indistintamente a Ndongo y Quiles, cuando sus estilos son notablemente diferentes: mientras uno tiende a ser más provocador e incisivo en algunos pasillos, el otro, el reportero de Periodista Digital, destaca por su respeto y educación al formular preguntas.
Su estilo es mucho más profesional y cercano al estándar clásico del reportero insistente pero dentro de límites claros.
Cuando la prensa deja de fiscalizar y pasa a ser cómplice
En su artículo, Ondarra plantea una idea más amplia: el vacío dejado por muchos periodistas parlamentarios que ya no incomodan ni cuestionan a ministros ni portavoces. Su diagnóstico refleja algo palpable para cualquier persona que siga las ruedas de prensa en el Congreso:
- Los turnos de preguntas son filtrados por jefes de prensa.
- Las preguntas suelen ser previsibles, permitiendo al político recitar sus mensajes.
- Hay escasa insistencia cuando un portavoz evade un tema delicado.
- Los silencios resultan llamativos ante escándalos relacionados con miembros del Gobierno y sus aliados.
Los ciudadanos requieren figuras como Ndongo o Quiles precisamente porque muchos periodistas acreditados en el Congreso —incluyendo profesionales de medios como ABC, El Mundo, La Razón, Telecinco, o Antena 3— suelen dedicarse demasiado frecuentemente a congeniar con Mertxe Aizpurua o intercambiar buenas palabras con Gabriel Rufián durante su horario laboral. Esta imagen busca ilustrar un clima: aquel periodista más interesado en mantener acceso privilegiado y buenas relaciones antes que abordar asuntos incómodos para la audiencia.
De ahí surge una tesis central: si los periodistas parlamentarios desean deshacerse de los ‘agitadores ultras’, solo deben comenzar a formular preguntas incómodas; así les dejarán sin trabajo. No serían necesarias reformas reglamentarias ni códigos disciplinarios; bastaría con que la mayoría asumiera esa parte ingrata del oficio, esa que provoca miradas desafiantes en los corrillos informales y llamadas tensas desde oficinas comunicativas.
La doble vara y el riesgo de limpiar por arriba
Simultáneamente, dentro del hemiciclo también se desarrolla otro debate sobre orden y disciplina. El PP ha denunciado actitudes inadecuadas por parte de Francina Armengol, tras un incidente protagonizado por invitados vinculados a Podemos, quienes lanzaron octavillas e interrumpieron desde la tribuna durante una intervención del grupo popular. La denuncia señala cómo Armengol aplica una doble vara: mano dura para con Quiles y Ndongo, pero tolerancia hacia altercados provenientes del entorno morado y sus aliados.
En este contexto, las acciones contra ambos reporteros pueden interpretarse no solo como cuestiones internas sino también como maniobras políticas:
- Políticas porque aquellos favorables a su expulsión ocupan asientos dentro del Gobierno o entre sus aliados.
- Corporativas ya que muchos miembros de la APP se sienten mejor si desaparecen aquellos colegas capaces de ponerles en evidencia con preguntas incómodas.
El dilema esencial resulta incómodo para toda la profesión: ¿se trata realmente de garantizar orden y respeto dentro del hemiciclo o es simplemente retirarles el micrófono a quienes perturban la comodidad del ecosistema mediático-político? La respuesta no está clara; sin embargo, lo que percibe el público sí lo está: si solo se expulsa a los tocapelotas mientras permanecen los palmeros, entonces no será solo cuestión de crispación sino también cuestión inquietante del silencio.
Figuras como Bertrand Ndongo y Vito Quiles, con sus virtudes e imperfecciones, se convierten así en termómetros sobre hasta dónde está dispuesto a llegar este sistema ante situaciones incómodas. La excepcionalidad de artículos lúcidos como el escrito por Marcos Ondarra resalta mucho sobre el estado real del periodismo español y no solo el parlamentario.
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