La secuencia dura apenas once segundos: el periodista Javier Negre se acerca a Felipe VI durante la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, en Cali; le da la mano; posan juntos para una foto.
Un saludo protocolario idéntico al que el Rey repitió con el resto de asistentes al acto.
Ha bastado esa imagen para que el ministro de Transportes, Óscar Puente, la convierta en «ignominia», «línea roja» y motivo de «indignación». La pregunta que plantea el propio editorial de El Español que ha destapado el episodio no es baladí: ¿qué tiene Javier Negre que no tengan Mertxe Aizpurua, Carles Puigdemont o Leire Díez, personajes con los que este Gobierno se ha fotografiado sin el menor pudor?
El ministro más bocazas del régimen ha lanzado una durísima crítica contra Felipe VI por una fotografía protocolaria del monarca con el periodista Javier Negre, tomada durante la investidura del presidente de Colombia.
Puente calificó la imagen de “ignominia” e “intolerable”, aseguró que la Casa Real había cruzado una “línea roja” y afirmó que el Rey “se ha equivocado gravemente”. Incluso sostuvo que “el jefe del Estado que yo tengo en mi cabeza no tocaría a Javier Negre ni con un palo”. El ministro reivindicó además su “alma republicana” y se refirió a la Monarquía diciendo que “ha sido útil”, utilizando significativamente el pasado.
La ofensiva adquiere especial relevancia porque no se produjo en un comentario improvisado, sino durante una entrevista. Y alimenta la interpretación de que determinados sectores de la izquierda pretenden reabrir el debate sobre la forma de Estado y convertir la disyuntiva Monarquía o República en un elemento de movilización política.
José María Aznar ya había advertido de ese riesgo, pronosticando que los socios de Sánchez terminarían cuestionando el sistema constitucional y la Monarquía parlamentaria para avanzar hacia una “confederación de repúblicas nacionales”.
La incógnita ahora es hasta dónde llegará esta escalada. Puente ha colocado a la Corona en el centro de la batalla política y ha roto un límite que los gobiernos habían procurado respetar durante décadas: el enfrentamiento público y directo de un ministro con el jefe del Estado.
De la «ignominia» al «ni con un palo»
En cuestión de días, Óscar Puente ha construido todo un discurso de deslegitimación de la Corona a partir de una sola fotografía. La calificó de «absoluta ignominia» en redes sociales; la definió como «ofensiva» e «intolerable»; exigió que «no vuelva a suceder»; y remató, ya en una entrevista concedida a Europa Press —su segundo intento tras un primer tuiteo la semana anterior que, según el propio editorial de El Español, «solo unos pocos activistas de algunas redes sociales marginales como Bluesky» siguieron—, con esta frase: «en mi concepto de mi país, de mi democracia, el jefe del Estado que yo tengo en mi cabeza no tocaría a Javier Negre ni con un palo».
Puente sostiene que no es él quien se excede, sino la Casa Real: es Felipe VI, insiste, quien ha «cruzado una línea roja». Y remata con una pirueta retórica no menor: reivindica su «alma republicana» mientras reconoce, con la boca pequeña, que la monarquía «ha sido útil» —en pasado—, como quien se pone la venda antes de la herida.
¿Qué tiene Negre que no tengan Aizpurua, Puigdemont o Leire Díez?
Aquí es donde el argumento de Puente se desmorona por su propio peso. El ministro reprocha al Rey haberse fotografiado con un periodista que, según él, ha insultado a la Reina, atacado al propio monarca y hecho campaña sobre Ceuta desde la mentira y la difamación. Puede que tenga razón en parte de esa caracterización. Pero el argumento se vuelve insostenible en cuanto se compara con la propia hoja de servicios fotográfica del sanchismo: este es un Gobierno que se ha retratado, negociado y pactado leyes con Mertxe Aizpurua, portavoz de EH Bildu, formación heredera del entorno de ETA; con Carles Puigdemont, prófugo de la Justicia española por su papel en el referéndum ilegal de 2017; y que ha mantenido vínculos orgánicos con Leire Díez, la «fontanera de Ferraz» señalada por la Audiencia Nacional como pieza clave de una trama para obstaculizar investigaciones judiciales que perjudicaran al PSOE. Si el criterio de Puente es que el jefe del Estado no debería «tocar» a quien incomoda a la democracia, la lista de a quién sí ha tocado, abrazado y pactado su propio partido resulta bastante más comprometedora que un saludo de once segundos.
La cortina de humo de Ceuta
El propio editorial de El Español no tiene dudas sobre el primer objetivo de esta ofensiva: tapar la gestión de la crisis migratoria. A finales de julio, decenas de miles de personas entraron de forma irregular en Ceuta en apenas veinticuatro horas; semanas después, la situación sigue sin normalizarse, miles de migrantes deambulan por la ciudad y se multiplican los robos, la violencia y las agresiones sexuales, mientras la oposición exige un mando único y explicaciones sobre la pasividad del Gobierno frente a Marruecos. En pleno agosto, con Moncloa bajo presión por lo que el propio diario describe como «la mayor vulneración de la integridad territorial de la democracia», abrir un frente simbólico contra la Corona compite por el espacio mediático y desvía la conversación pública.
El telón de fondo: una avalancha de condenas
Hay, además, un segundo objetivo, más ambicioso. El sanchismo afronta una acumulación de escándalos judiciales que el editorial enumera sin ambages: José Luis Ábalos condenado a 24 años de prisión y Koldo García a 19 por el caso de las mascarillas; el hermano de Pedro Sánchez condenado por la Justicia; el propio fiscal general del Estado condenado; Begoña Gómez pendiente de juicio; y José Luis Rodríguez Zapatero afrontando lo que el diario llama «un negro futuro penal» en el caso Plus Ultra. Las fotografías de Pedro Sánchez con el comisionista Víctor de Aldama o con distintos miembros de las «cloacas» del PSOE son, recuerda el editorial, «públicas y mucho más graves que cualquier saludo del rey a un periodista polémico».
El objetivo de fondo: normalizar la ruptura
La lectura de fondo que propone El Español va más allá de la anécdota: al compartir mensajes que piden «república ya» y reivindicar su «alma republicana» desde el Ejecutivo, Puente normaliza un discurso rupturista impensable hasta hace poco en boca de un ministro. No se trataría de una reforma constitucional ordenada, sino de erosionar la institución por la vía de los hechos consumados, preparar el terreno para una fractura del país y enviar una señal a los socios nacionalistas —EH Bildu, ERC, Junts, Podemos, Sumar— de que el sanchismo está dispuesto a ir más lejos, presentando unas eventuales elecciones como un plebiscito entre «el 78» y una España «plurinacional».
El editorial termina planteando un dilema binario a Pedro Sánchez: o convoca elecciones generales con un programa de ruptura abierta, como hacen sus socios, o se distancia con contundencia del ataque de Puente a la Corona y lo cesa de inmediato. Ninguna de las dos cosas ha ocurrido, de momento. Y mientras tanto, la fotografía de once segundos en Cali sigue sirviendo su propósito: que se hable de un saludo, y no de Ceuta, ni de las condenas, ni de con quién se fotografía de verdad este Gobierno cuando cree que nadie se lo va a reprochar.
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