Fray Leopoldo de Alpandeire, el limosnero de Dios, acababa de subir a los altares. Había terminado el rito de la beatificación previo a la Eucaristía. Muchos devotos fervorosos gritaban: «Viva fray Leopoldo». Otros, lloraban. El calor apretaba y los servicios de emergencia ya habían atendido a más de una veintena de asistentes, la mayoría por lipotimias …
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