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Quizá porque con eso pretendía decir a los demás lo que deben y no deben hacer: «Cualquier ciudadano español está en su derecho de viajar allí donde le plazca».
Faltaría más, y muchas gracias por permitirnos esa libertad. Salvo, claro, si se es del Partido Popular, que entonces se va a los sitios «a crear problemas».
El ‘razonamiento’ -el entrecomillado era más que merecido- iba por la visita de Mariano Rajoy a Melilla, después de que, por lo que parece, haya que pedir permiso para que el presidente de un partido se mueva por la geografía española.
Claro que de un Ejecutivo que colocó a Máximo Cajal, el diplomático partidario de la entrega de Ceuta y Melilla -y traductor del encuentro de Francisco Franco con Charles de Gaulle- como asesor en el invento de la Alianza de Civilizaciones puede esperarse cualquier cosa.
Por cierto, que en la noche del miércoles al jueves podía verse en CNN+ a Cajal en diálogo con Iñaki Gabilondo (aquel que fue líder de las mañanas radiofónicas, ¿se acuerdan?) que retrotraía a aquello de Napoleón a sus tropa ante las pirámides: «Cuarenta siglos os contemplan…»
Lo de la visita melillense daba su juego en las tertulias. Arsenio Escolar, director de 20 Minutos, recordaba cómo Rajoy había estado en la ciudad el pasado mes de junio —Furor viajero del PP a Melilla— y Rabat no había dicho ni mu; de ahí que apreciase «tintes inexplicables» en las protestas de ahora.
Eso sí, Escolar -les aviso, hoy llevamos a toda la familia, padre e hijo- no podía dejar las cosas así de ecuánimes:
«Hay determinada gente del PP que está encantada con la polémica».
Y en la SER el ex director de ABC, José Antonio Zarzalejos, aseguraba que «España casi siempre ha cedido con Marruecos». Le faltó explicar cuándo y por qué fue el casi. Pero no iba desencaminado.
Obsesión escatológica
Si pensaban ustedes que todo iban a ser efluvios de té a la menta es que, a estas alturas, todavía me están siendo un poco ilusos.
Ya se ocupaba Maruja Torres, atrincherada en la última página de El País, —Apesta— de disiparlos apelando a dos de sus obsesiones habituales: la escatología y Esperanza Aguirre.
Desde su balcón de la Comunidad Autónoma de Madrid, la señora baronesa exige que a los liberadores se les quiten los ‘cruasanes’
Lleva tiempo, el Gobierno de Madrid, asfixiando a los sindicatos. «Esto huele a Chanel y a mierda que tumba», escribía la ‘chica de oro’ del diario de Prisa.
Descubriendo la pólvora
Otra de las ‘chicas de oro’ que firma en las misma páginas, Almudena Grandes, era entrevistada en Público —«Toda escritura es un acto ideológico»— a raíz de su pretensión de superar a Benito Pérez-Galdós y sus ‘Episodios Nacionales’.
Antes de entrar en materia, el otro día este Trasgo escuchaba a la susodicha en una emisora -no puedo decirles cuál, no la identifiqué- echándole en cara al escritor canario no haber mantenido mayor «compromiso» en su obra literaria. En fin…
La Grandes ha descubierto la pólvora, en su último libro, de la invasión del Valle de Arán por las guerrillas del PCE en 1944 y ahora piensa que eso no lo conocía nadie porque ella no tuviera constancia.
Le hacía el juego la entrevistadora, calificándolo de «una especie de batalla de las Termópilas» (¡puff!) y de «un hecho desconocido» (¡requetepufff!) cuando basta una simple búsqueda para encontrar casi 90.000 referencias entre artículos y bibliografía.
¿Y por qué esa operación, que acabó siendo un desastre, no es conocida según Grandes? Lean, lean: «Franco no quería porque había sido muy humillante. La dirección del PCE tampoco porque fue un asalto al poder del PCE dirigido por Jesús Monzón, que manejó el partido en Francia durante la Segunda Guerra Mundial».
¿»Muy humillante» para Franco, que como reconoció Santiago Carrillo, les frenó en seco, o para el propio PCE?
Liberados, huelgas y Aguirre
Y ahora una de ‘popurrí’, comenzando por un editorial de El País —Liberados de Aguirre-– en su interés habitual por la presidenta Esperanza Aguirre, cuya medida sobre los liberados sindicales tildaba de «populismo de riesgo cero» destinado a «desviar contra trabajadores estigmatizados como privilegiados la indignación de los afectados por el paro o la precariedad y exculpar a quienes poco han hecho por paliar esa situación».
Se subía al furgón Escolar hijo, Ignacio, en el papel de Jaume Roures, explicando por qué él sí puede permitirse hacer huelga, —Por qué iré a la huelga general–:
Pase lo que pase, el 29 de septiembre la derecha podrá celebrar un éxito. Si la huelga triunfa, será la derrota del Gobierno. Si la huelga fracasa, será una derrota aún peor, la del sindicalismo. No será con mi ayuda
¿La derrota del Gobierno o la del sindicalismo?
En fin, al menos Juan Carlos Escudier, —Fuera gitanos y liberados— en el mismo rotativo, ponía algo de sentido común: «Los defendidos se revuelven contra sus defensores. La lideresa será un demonio pero los sindicatos deberían mirar qué están haciendo».
Originalmente publicado en La Gaceta
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