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Que la Prensa de izquierdas se meta con un Gobierno pretendidamente de derechas está en el guión. Que para hacerlo cuestione las realidades más fácilmente observables, las mismas que aplica para cualquier otra cosa que le interese… Oh, bueno, también.
Es la cosa que en la reforma laboral el Gobierno ha perogrullado como sigue:
«Al ser el riesgo de despido muy reducido, se desincentiva el esfuerzo y se genera una excesiva resistencia a la adaptación a nuevas necesidades».
Sí, y el fuego quema y el agua moja.
Bocados de realidad
Eso lo sabe cualquiera y lo saben nuestros mandarines de la progresía, pero es indudablemente poner el dedo en la llaga de una de las muchas realidades feas de la vida. De ahí que ‘Público’ abra con un alarmante:
«El Gobierno sostiene que el miedo al despido incentiva el esfuerzo».
No lo sostiene el Gobierno, queridos: eso es así desde siempre, y aunque he dicho más veces de las necesarias que la izquierda es una rebelión contra la realidad, y que el día en que los progres comprendan el concepto de incentivo dejarán de serlo, en este caso veo más mala fe que mera ignorancia.
¿No es la izquierda la que quiere endurecer los castigos contra la evasión fiscal, contra la violencia de género? ¿No están hartos de decirnos que la falta de sanciones a las empresas contaminantes «desincentiva un comportamiento ecológicamente sostenible»?
¿O es que el miedo sólo tiene efectos saludables cuando los sufren los otros?
En realidad, todo el malabarismo retórico del estatismo se despliega para ocultar esta terrible realidad: que el Estado es la fuerza y es obedecido por el miedo.
Todo el melifluo hablar de ‘solidaridad’, de ‘tolerancia’, y, muy especialmente, de ‘social’, disfraza el hecho crudo de que todo consiste en obligar a los ciudadanos por la fuerza a hacer lo que no harían voluntariamente.
Warren Buffet, ¿recuerdan?, pedía al Estado que subiera más los impuestos a los ricos como él, pero él mismo puede, en cualquier momento, ceder su fortuna al fisco.
Jesús Maraña insiste en su billete del diario rouresí, «La eficacia del miedo».
«Así que el Gobierno confía en la eficacia del miedo al despido como elemento dinamizador del mercado de trabajo. Todos los mandamientos teóricos a favor de incrementar la productividad y la competitividad confluyen en un solo objetivo real: la devaluación salarial».
Bajando de las nubes, puedo estar de acuerdo con Maraña en los terrores de ese miedo teórico, pero apuesto que a los redactores que dirige les consume un terror más inmediato y directo y que tiene más que ver con Roures que con Luis de Guindos.
Quiero ser líder sindical
Me ha hecho gracia, por otra parte, que el discurso del miedo enarbolado por ‘Público’ coincida en los kioscos con esta otra primera, de ‘El Mundo’:
«Un sindicalista con 181.000 euros de sueldo lidera la protesta».
Cuenta el diario de Pedrojota. Es como pasar de los lemas, soflamas y consignas rimadas al patio de Monipodio al otro lado del espejo progresista. Dame pan y llámame tonto. O rojo.
A ‘El País’, al que no le ha hecho falta reforma alguna para aplicar unos ERE que han dejado a su redacción temblando, no le preocupa tanto de la reforma el destino del proletariado -que no va a comprar ‘SModa’-, como el escaso efecto que tiene sobre los mercados, que es de lo que viven.
«El castigo de los mercados a España arrecia pese a las duras reformas», abre el diario de Liberty Holdings.
Cristianismo deportivo
Hayek -Friedrich, no Salma- dedicó su libro ‘Camino de servidumbre’ a «los socialistas de todos los partidos», y a mí hay días que me apetece dedicar el Trasgo a los progres de todos los partidos.
O a la progresía infiltrada en todos los partidos, si se prefiere, y que suele traducirse en declaraciones eminentemente humorísticas, como la última de Esteban González Pons.
El vicesecretario de Comunicación de PP, que ayer estaba en todas las televisiones, radios y periódicos en un logrado intento de ubicuidad, hoy parece haber asumido un voto de silencio cuya utilidad se explica en el momento de romperlo.
Ha asegurado, en relación a la polémica surgida por la enmienda a la Ponencia Social del 17 Congreso Nacional del partido en la que se pide la eliminación de la palabra «cristiano» de la definición ideológica que se hace de la formación en los estatutos, que «el apelativo cristiano no tiene connotación religiosa».
Gracias, don Esteban, que llevaba yo ya una pila de años despistadísimo, creyendo que guardaba cierta oscura relación etimológica con Cristo.
Los más triste es que a don Esteban no le falta razón, en un sentido, a saber: que en política nada tiene por qué significar nada, y lo importante de las declaraciones es que rimen.
Casi preferiría que los ‘peperos’ incorporasen el término ‘budista’ a su programa, tal como está. Eso sí: sin connotaciones religiosas.
NOTA.- leer artículo original en ‘La Gaceta’
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