El Trasgo, siempre subjetivo, ayer lo fue especialmente. Ya dije que se había convertido en algo personal, y lo de Valencia -o cómo se informaba sobre las manifestaciones de Valencia- me tenía más quemado que un contenedor valenciano. Así, denuncié que Escolar el Chico, don Ignacio, había retuiteado como si correspondiera a los hechos una indignante foto que no tenía que ver en absoluto. Pero también dije que dudaba que Escolar fuera a rectificar cuando ya lo había hecho. Mea culpa. Y con el corazón más ligero tras esta confesión y la penitencia aneja de exculpar públicamente a Nacho, me pongo con los deberes del día.
HABLA, QUE NO ME OPONGO
Me sabía mal haberme puesto tan agresivo con los chicos de Público, ese diario de mis alegrías que jamás defrauda. Ya puede el Gobierno del PP decepcionar a sus votantes con constantes guiños a la izquierda (subida de impuestos), a los nacionalistas (ambigüedad con Amaiur) o directamente al 15-M (dación en pago): siempre serán la abominación de la desolación para nuestros rouresíes, que hoy abren Público como sigue: «La Banca será premiada por no desahuciar». Nada más conocer la iniciativa anunciada por De Guindos ardía en deseos de ver cómo lo retorcerían los de Mediapro, pero han superado mis expectativas: puro genio.
Por lo demás, tengo muy descuidado el diario del fondo de inversión americano Liberty, El País, ese supuesto periódico de referencia que aún se permite, como el Gobierno, hacerle guiños a la izquierda. Pero es que me lo ponen tan difícil. Ustedes me dirán: «Bruselas admitirá ligeras rebajas en los objetivos de déficit público». Convendrán conmigo que, después de la desenfadada furia bolchevique de Público, parece diseñado para disuadir la lectura.
Es un modelo antediluviano de periodismo. Por ejemplo, su prestigio de BOE extraoficial le permite publicar tribunas de las vacas sagradas del régimen. Hoy le toca a ese simpático pícaro, el ex presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. De él dice Joan B. Culla i Clarà en la versión catalana del propio El País, «Quiero ser Rodríguez Ibarra«, por aquello de que «el ex presidente se prejubiló con el sueldo íntegro, un 30% más de lo que cobran sus colegas catalanes». Son pillos; no llegan a próceres, y el interés que pueda tener lo que les escriban sus negros es nulo.
Leo también en el diario de referencia: «El Gobierno ordena a la Policía que no intervenga aunque haya provocaciones». ¿Por qué no? Yo iría más lejos y les daría instrucciones para que cambiaran sus amenazantes porras por claveles. Después de todo, nuestro Ejército es una ONG uniformada que nunca está en situación bélica, ni siquiera en el polvorín afgano. Nada, nada: lo mejor es dejar que las criaturitas la monten parda en plena libertad, que mantengan su asedio a la ciudad y que los ciudadanos que tengan alguna queja se dirijan directamente a los medios que jalean la revuelta. Podría ser muy divertido, si la ciudad lo resiste.
Y hablando de divertido, también lo es que el Trasgo encuentre tanto material de la izquierda más sectaria en la televisión de todos bajo un Gobierno de derechas que ha ganado por mayoría absoluta. Y es que si la izquierda es pérfida, la derecha es completamente idiota.
Me imagino intentando explicarle a un extranjero que viera cómo Alfredo Rubalcaba es tratado como presidente y se denigran todas las medidas que surgen de La Moncloa, que en los debates las posturas enconadas se dividen entre detractores moderados y radicales del partido en el poder. Es la televisión nacional venezolana al revés. ¿Quién dijo que ya no se aplicaba el Spain is different?
SIGUE EL ACOSO A REPORTERAS DE INTERECONOMÍA
No me engaño: ya sé que en LA GACETA, en todo el Grupo Intereconomía, somos los malos, los intolerantes, los feroces (José María Izquierdo ‘dixit’) para la nueva élite del puritanismo progresista. Los periodistas de Intereconomía pueden ser insultados y amenazados -en Valencia, en la marcha sindical de Madrid- sin que la izquierda bienpensante de delicadísima epidermis para sus cosas diga esta boca es mía.
Son legión entre quienes se les llena la boca con jeremiadas sobre la ‘libertad de prensa’ por el posible cierre de Público -una desventura empresarial, que esto no es Venezuela- y piden abiertamente que nos silencien. Perdonen el desahogo; normalmente es divertido contemplar a los mojigatos de la progresía hacer despliegue de su hipocresía, pero verles presumir de su valor hipotético cuando las profesionales de esta casa les agreden y les impiden hacer su trabajo informativo los inocentes críos a los que jalean nuestros colegas de la izquierda me estomaga.
Desde el Trasgo veo/leo esta comedia cada día, y hasta la farsa más ingeniosa cansa cuando se repite demasiado. Titula Marco Schwartz su billete en Público «El combate por la Historia«, a costa de una edición correcta del Diccionario Biográfico que tanto les ofendió en su día. No temas, Marco: ya habéis ganado ese combate, y los malos somos nosotros.
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