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"A la derecha le importa un bledo que la gente se muera de hambre"

Para Público.es la derecha es mala hasta la médula por naturaleza

El País se saca de la manga otra monja disidente para meterse con la Iglesia

04 May 2012 - 08:17 CET
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«A la derecha le importa un bledo que la gente se muera de hambre«. Lo leo en publico.es, lo dice un quincemero de nombre Miguel Ángel Sierra y no puede gustarme más.

El sistema educativo oficial es un éxito sin paliativos, y lamentaría que lo que escribí ayer se interpretara como una contradicción a esta obviedad.

Olvídense de PISA, de la preparación para la vida, de la adecuación al mercado laboral: si el interés del Estado fuera que los españoles aprendieran derivadas y deferenciales, física nuclear o macroeconomía, no podía haber diseñado un sistema más ineficaz, descerebrado, lento y absurdo para lograrlo. Pero la enseñanza estatal -pública o privada, tanto da, que todos tienen que acatar lo que salga del ministerio- no va de esto, sabiendo que cualquiera con un interés real puede aprender hoy lo que quiera a un coste mínimo. No: el verdadero objetivo es adoctrinar, crear súbditos dóciles que acepten los mismos mitos y se crean, al mismo tiempo, libres para pensar por su cuenta. Y en esto me reconocerán que han triunfado.

EL CREDO ROJO

Esta dogmática por defecto que todo españolito asimila desde la más tierna infancia es mayormente de izquierdas. De Gramsci para acá, la izquierda ha impuesto sus postulados en el debate público con tal fuerza que uno no sabe si pensar que son unos genios o que los ciudadanos estamos bastante aborregados.

Lo primero fue convencernos de que ellos constituían un lado del único espectro ideológico posible, y que todo lo demás es lo mismo, derecha, aunque un fascista esté mucho más cerca del socialismo clásico que de los conservadores y un tradicionalista sienta idéntico desprecio por rojos y liberales.

Pero lo segundo es mejor: nos convenció de que el debate público no enfrentaba a dos sistemas racionales de entender el gobierno de la polis, dos modos internamente coherentes de entender la vida en sociedad, sino a buenos y malos. Palabra. ¿De verdad nunca le han dicho «pues parece usted bastante tolerante (o compasivo, o razonable) para ser de derechas»?

Las consecuencias de esta estafa invalidan la democracia, ya que, por definición, sólo los partidos de un bando son verdaderamente legítimos. ¿En qué cabeza cabe dejar que gobierne una opción a la que «le importa un bledo que la gente se muera de hambre»?

El resultado es que quien vote izquierda no tendrá que mover un dedo por nadie y será juzgado como compasivo. Incluso podrá forrarse a lo Roures y despedir empleados acogiéndose a las mismas leyes que criticaron. Si, en cambio, has votado al PP, ya puedes pasar todas las tardes sirviendo en los comedores de Cáritas que es evidente que «te importa un bledo que se muera la gente». Qué nivel.

¡POR DIOS, HERMANA!

Viene a ser como la manía persecutoria que tiene la izquierda con la Iglesia católica. Con razón, me apresuro a añadir, porque es su enemigo más antiguo y formidable. En esto hay dos escuelas. La de la izquierda radical, que quiere sencillamente destruirla a la soviética, y la más insidiosa de El País, que prefiere corromperla.

Los resultados son aún más repulsivos, como la última de ayer en el diario de Liberty. Es una entrevista a Simone Campbell, una de esas monjas disidentes cuya situación quiere clarificar ahora El Vaticano. El titular, declaraciones de la susodicha, no tiene desperdicio: «Roma nos acusa de trabajar demasiado con los pobres«.

Hermana, la Iglesia lleva ocupándose de los pobres de forma obsesiva, continua, universal y eficaz desde hace 2.000 años. De hecho, el documento al que hace referencia la sor empieza reconociendo y agradeciendo la labor de las hermanas en auxilio de los más desfavorecidos. Lo que critica El Vaticano es la indiferencia de la orden que dirige Campbell con respecto a la doctrina de la Iglesia en muchos otros aspectos. Pero ¿quién se resiste a autocanonizarse en vida cuando te lo ponen tan fácil?

Otra diferencia entre las dos izquierdas es que la caviar es muy de la cosa europea, mientras que la borroka ve en Bruselas el altavoz de los mercados (pronúnciese con voz siniestra), la abominación de la desolación. «¡Somos Europa! Manifiesto para reconstruir Europa desde la base» es una tribuna que aparece en El País, escrita a saber por qué negro, firmada por ese fraude de líder del 68 reciclado en europarlamentario, Daniel Cohn-Bendit, y por Ulrich Beck.

Dice el manifiesto que «necesitamos de una sociedad civil europea y de las perspectivas de las generaciones más jóvenes si queremos solucionar los asuntos candentes de hoy», pero la Unión Europea ha despreciado una y otra vez la voluntad expresa de los europeos obligando a repetir referendos y animando al resto de los países a no celebrarlos. La hipocresía apesta.

Hay veces que no conviene leer la Prensa de izquierdas en ayunas.

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