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Arde el papel / Columnas del templo

Gistau: «Pobre Juan Carlos I, fingir ser un funcionario cuando querría dictar lecciones mientras desuella un ciervo»

Leguina, en El País, critica la invasión política de las cajas de ahorro

El Fumador 20 Jul 2012 - 10:08 CET
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Si hay un periódico que tenga más viejas glorias que el ABC en sus páginas de opinión es el digital República.com, pero hoy, 20 de julio, hay que leer la columna de José Oneto, ‘El miedo de Rajoy a dar la cara’, en la que expone que el «escapismo» y la actitud de «negar lo evidente» de Mariano Rajoy:

«Ha tenido eco en los grandes medios informativos internacionales, hasta el punto que son muchos los medios que sostienen que estando Italia en parecidas circunstancias económicas que España, es la política de comunicación de Mario Monti y sus relaciones públicas, lo que ha contribuido a que la imagen de Italia, sea mucho más positiva, en Europa y en los mercados, que la de España».

Y añade que:

«No sólo en Bruselas se considera difícil e impenetrable al Jefe del Gobierno español. También sus colaboradores más estrechos se quejan de que no les mantiene siempre al corriente».

Para acabar con que la cara de Rajoy «simplemente, refleja miedo».
 
El perrito Marcello desmonta uno de los tópicos más queridos de la izquierda sobre la crisis, que es la conspiración de las agencias de calificación anglosajonas para dar malas notas a la deuda pública y las empresas españolas:

«¿Alguien ha oído a Monti decir que Italia está al borde de la quiebra, se hunde y no tiene una lira? Pues no, ni a los primeros dirigentes de Grecia, Irlanda y Portugal nadie les oyó un discurso tan cenizo como el que se vocea en España. (…) Pero resulta que en Madrid y en aras de una falsa transparencia a Rajoy le ha dado por hablar mal de España, víctima de la angustia que no le deja dormir, y no hay día que el presidente, o alguno de sus ministros y portavoces, no suelte una perla negra de esas que van directamente al dossier de España. Y que luego nos hunden la calificación, la cotización y la Bolsa, al tiempo que nos suben la famosa prima de riesgo o los tipos de interés».

El principal editorial de El País, que mantiene el consejo de que Rajoy pacte con Rubalcaba, también reprocha a Montoro su verborrea:

«Montoro se muestra inquietante respecto al vacío de la caja del Tesoro, sin precisar ni el tamaño del desfase ni desde cuándo conoce tal situación. Pero no le importó enfatizarlo, tanto la víspera como el día en que España acudía a una subasta de deuda pública, colocada finalmente a un coste muy caro para nuestros intereses».

En El Mundo, Victoria Prego nos cuenta el debate de ayer en el Congreso en el que tanto Montoro como Rubalcaba «no levantaron la voz» debido al presente y al futuro que nos aguardan. A la periodista le llama la atención que Montoro, por segundo día, repitiese que España está arruinada, lo que le lleva a preguntarse:

«Puede que con esta declaración de ruina, el Gobierno quiera empujar a Bruselas en la dirección conveniente. (…) Puede que el Gobierno crea que ya ha llegado la hora de gritar que ya estamos cayendo al abismo. Otra explicación no tiene. Porque Montoro suicida no es».

Ignacio Camacho y Martín Ferrand reprochan al Gobierno que carezca de estrategia de comunicación; por el contrario, a Iñaki Ezkerra, en ABC, le parece de agradecer al Gobierno que no esté haciendo «ni política ni propaganda ideológicas», pero le irrita que se hable de «neoliberalismo» cuando «Aquí lo único que ha habido es proteccionismo franquista y neofranquista». ¡Qué pensará Zapatero si lo lee! Que su abuelo no murió ni que él hizo una ley de memoria histórica para que le acusen de neofranquista:

«Lo que ha traído esta crisis a toda la sociedad occidental: una voladura de todos los esquemas ideológicos y una mixtura política, gracias a las cuales hay liberales que piden ayudas intervencionistas a los Estados (…) y bancos que piden créditos con todas las facilidades que negaban a sus clientes».

Leñazo a la partitocracia, y en El País. Este periódico no deja de asombrarnos desde que se hiciera monárquico. La tribuna la firma Joaquín Leguina y así empieza:

«Uno de los mayores disparates cometidos contra el prestigio de la democracia en España ha venido de la mano de los partidos políticos, que han invadido la actividad de órganos legalmente autónomos (Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder Judicial…), entre los que se incluye la ruinosa invasión partidista de la cajas de ahorro».

Qué pena que ese reparto haya beneficiado más al PSOE que a ningún otro partido, ¿verdad? Además, Leguina se ‘olvida’ de que en 1989 consiguió mantener su cargo de presidente regional frente a una moción de censura del PP y del CDS de Suárez gracias a un tránsfuga.
 
UN REY DE VERDAD
 
David Gistau confiesa que se haría monárquico si el Rey fuese un Rey como los de antes; vamos, si no fuese tan campechano:

«Pobre Juan Carlos, obligado por las convenciones sociales a fingir ser un funcionario en mangas de camisa, cuando él querría dictar lecciones de poder mientras desuella un ciervo, como ese príncipe de Maquiavelo que es el señor de los Lannister (nada que ver con el guardiolismo de los Stark), por el que yo me haría monárquico».

A veces pienso que Pilar Rahola son dos personas, Pilar y Rahola, porque un día, como el de ayer, su columna es un aullido etnicista del estilo de «¡Catalanes, que nos roban!», y al siguiente, o sea hoy, es un ejemplo de serenidad. Juzguen ustedes este párrafo:

«Primero, la progresía clásica habla mucho de derechos sociales, pero han sido ellos -cuando han gobernado- los que los han puesto en más grave peligro, tanto si miramos hacia Zapatero, como si lo hacemos hacia el tripartito. ¿O hay algo más antiprogresista que gestionar irresponsablemente el dinero público? Y segundo, algunas defensas numantinas de prácticas aberrantes, sea la prostitución, sea la permisividad multicultural del islamismo más tronado, no sólo no defienden el progreso, sino que consolidan la reacción. Se trata de un progresismo reaccionario».

 

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