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OPINIÓN / Afilando columnas

Edurne Uriarte: «Las hordas de Ada Colau no son fascistas, son comunistas, en todo caso. Y tienen mucho más éxito social que el fascismo»

Rosa Montero pide moderación a los piqueteros: "Limitemos las broncas a la acera de enfrente, sin aporrear puertas (no hay que asustar niños) y desde luego sin violencia"

26 Mar 2013 - 11:03 CET
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El ‘escrache’ a la española –recordemos que la Real Academia Española define escrachar como: «Romper, destruir, aplastar»– sigue ocupando el 26 de marzo de 2013 buena parte de los espacios de opinión de la prensa española. Hay, sin embargo una novedad respecto al tratamiento que reciben en los periódicos de papel estas prácticas de acoso a políticos y sus familias. Si 24 horas antes los columnistas de la izquierda optaban por un prudente silencio —Rosa Díez, más clara que el PP en defensa de los diputados ‘populares’ ante el acoso del ‘escrache’: «Quienes quieren validar métodos antidemocráticos han de saber que siempre nos tendrán en frente–, parece que ya ha llegado el momento de justificar a los acosadores.

El autodenominado ‘diario de la Catalunya real’ dedica ofrece ni más ni menos que tres columnas en defensa de los piqueteros de Ada Colau, con culpabilización incluida de los acosados por en los actos de repudio ‘made in Spain’ organizados desde la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH). El Periódico de Catalunya ha puesto toda la carne en el asador.

En ¿’Kale Borroca’?, el secretor Josep María Fonallera arremete contra la delegada del Gobierno en Madrid al tiempo que se deshace en elogios hacia Ada Colau y los suyos:

La delegada del Gobierno en Madrid habla de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y la relaciona con ETA y dice que sigue «una estrategia política radical» con acciones «que podrían ser consideradas como ‘kale borroka’». Personaliza su ataque en Ada Colau, con el afán de criminalizar lo que no es sino una conjunción de esfuerzos individuales que hacen evidente una lucha constante, sistemática y desinteresada a favor de la dignidad.

Acto seguido pone un ejemplo de las acciones de PAH. Por supuesto, ni una palabra de los escraches. No, nos cuenta una ocupación ilegal de un edificio, eso sí, con un lenguaje muy ‘revolucionario’ –«recuperación ciudadana y colectiva de viviendas vacías», «incautación» de un terreno para convertirlo en huerto–, como si el derecho de propiedad fuera algo indigno de existir. Lenin hubiera valorado muy bien sus servicios literarios. Concluye:

«Mientras tantos, hay quien piensa que cultivar lechugas y cebollas y ofrecer un techo -por la vía de los hechos consumados- a unas familias desvalidas es practicar el terrorismo».

Todo un maestro en el arte de la propaganda. Con independencia de lo que se opine de la ocupación, lo que denunciaba Cifuentes era el acoso callejero y el aporrear las puertas de domicilios llamando «asesinos» a ciertos diputados y, de paso, sumiendo en el terror a sus familiares, entre los que se encontraban algunos niños. Pero ya se sabe, para la justicia revolucionaria lo de menos es la justicia en sí y la verdad.

La también escritora Emma Riverola también demuestra conocer las técnicas de la propaganda en Sandeces y rabia. Y también para atacar a Cifuentes tergiversando lo que dijo:

Descalificar así el trabajo de la PAH es un insoportable intento de humillar y criminalizar al que lo está perdiendo todo. Marginar al que se está quedando al margen. Estrangular la desesperación.

No, lo que se hace no es criminalizar a todos los que han perdido su casa por no poder pagar en absoluto. Se señala a quienes participan en acciones de acoso que, como poco, rozan la coacción y que son difícilmente aceptables dentro de un marco democrático. Termina esta columnista con una justificación del ‘escrache’:

Porque cuando se ha perdido todo, queda un poco más que nada. Queda efectivamente, señora Cifuentes, la rabia.

Nacho Corredor (estudiante de licenciatura convertido en analista político por obra y gracia de El Periódico, Catalunya Radio y algún medio más) ironiza en el título de su columna: Defender tus derechos es ETA.

Mientras no haya más respuesta que dar palos, o la retórica de que cambie todo para que no cambie nada en nombre de un régimen que se desmorona, que haya gente que grite o que insulte nos debería parecer casi un masaje y la mejor oportunidad para evitar el catastrófico panorama al que nos dirigimos.

Corredor va un paso más allá que el resto y justifica lo que todavía, por fortuna, no ha pasado: «dar palos».

Tomamos el puente aéreo en busca de más columnistas que comenten en tema de los escraches. En la contraportada de El País, Rosa Montero habla sobre el Pataleo. Más prudente que los columnistas de El Periódico, se muestra comprensiva con los piqueteros al tiempo que alerta de que su actuar es peligroso y pide cierta moderación en sus acciones.

Se han mostrado tan recalcitrantemente sordos con la Ley Hipotecaria [el PP y el PSOE] que yo diría que se han ganado a pulso que les peguen unos cuantos gritos en el portal.

Este humilde lector de columnas no sabe si Montero se ha dado cuenta del pequeño, ínfimo, detalle de que todos los acosados son del Partido Popular. Ni un sólo miembro del PSOE ha sufrido en carnes propias un acto de repudio de la PAH. Acto seguido reconoce que el ‘escrache’ tiene el riesgo de la deriva violenta, pero también apunta precisamente a quienes denuncian eso:

Sí, es cierto, el escrache puede derivar en esa cosa tan atroz e inadmisible que es el matonismo y el linchamiento. Pero creo que la mejor forma de fomentar esta deriva es demonizando las protestas populares.

Para terminar, se muestra comprensiva con los de Ada Colau. Pero, a diferencia de ese que justificaba «dar palos», hace un llamamiento a la moderación y a evitar la violencia:

Limitemos las broncas a la acera de enfrente, sin aporrear puertas (no hay que asustar niños) y desde luego sin violencia: es lo justo y también lo más útil, porque, si no, perderán apoyos populares. Pero que no me digan que, después de tantos años sin que nadie responda, la gente no tiene por lo menos derecho al pataleo.

También encontramos en la prensa de papel a quienes, como ya vimos la jornada anterior, denuncian sin paliativos a los que practican el escrache. En El Mundo, Arcadi Espada titula Gente que va a tu casa. Fiel a su estilo, busca la etimología de la palabra en cuestión:

Lo primero, luminoso, es esta cadena que empieza en el genovés scraccé, que es «retrato de la cara». Por sinécdoque tal vez se fuese a cara y en lunfardo a ese verso de Rivero de ElChamuyo, tango: «O se firma con un feite en el escrache», siendo feite tajo, y entendiéndose fácilmente que al escracharte te hacen un retrato, es decir, te rompen la cara. La etimología da pocas salidas distintas, porque si se implicara al italiano scaracio el resultado sería «echar un sipiajo».

Hablando sobre esta práctica, dice:

Pero algunos textos de Carlos Balmaceda y Fabricio Moschettoni me llevan a pensar en muchos otros tipos de señalamiento. Porque señalar es la palabra clave. Es decir, sacar a alguien de su casa, moral o físicamente. Dejar las puertas abiertas, inermes. Y al hombre en cueros, en el centro del círculo: este es.

Y recuerda ejemplos históricos de ‘escrache’ o ‘señalamiento’: la estrella amarilla que impusieron los nazis a los judíos como primer paso de lo que después vendría, o los colores que usaban para marcar a otros grupos perseguidos; en el aceite de ricino que los falangistas obligaban a beber a los izquierdistas; el rapado de pelo en la Francia de la postguerra de aquellas que tuvieron sexo con oficiales alemanes o el señalamiento de las brujas de Salm. Concluye:

Me dijeron ayer en la radio: «¿Está usted comparando el escrache con el terrorismo?» Tuve que defenderme: «¡No, no lo comparo! El escrache es terrorismo».

Edurne Uriarte, en ABC, también se muestra contundente. Lo hace en Las hordas de Ada Colau:

No creo que el término de hordas agrade a Ada Colau aunque se ajuste perfectamente a los grupos de acosadores liderados por ella que persiguen y agraden a los políticos del PP. Y es que los extremistas tienden a ser muy sensibles hasta con las palabras, cuando les afectan a ellos mismos.

Uriarte también hace la comparación con el mundo de ETA:

Estas hordas de acosadores también se indignan cuando se les indica que en España sabemos mucho de señalamiento y acoso domiciliario a través de la experiencia vivida con la persecución etarra.

Sostiene:

La extrema izquierda es crecientemente fuerte. El éxito de Ada Colau es un nuevo indicador. Hasta tal punto que un periódico socialdemócrata incluso planteó en los últimos días un debate sobre la legitimidad del acoso a los políticos. Que es como plantear un debate sobre la legitimidad del acoso sexual. ¿Argumentos a favor y en contra? Debatan ustedes. No es lo mismo, dirán en este punto, y no, no es lo mismo. La diferencia es que los acosadores de Ada Colau acosan con motivaciones políticas. Ya se sabe, como el crimen de Fernando Buesa, político, según Bildu. Y es que se ponen las motivaciones políticas por delante y se puede justificar cualquier violencia, como de hecho se hace.

Habla también sobre el diputado de IU e ‘indignado’ a tiempo parcial Alberto Garzón:

En su libro ‘La gran estafa’ (2013) está desplegada la visión política de la extrema izquierda comunista y anticapitalista que quiere acabar con la democracia y el Estado de Derecho. Golpeando a la «ideología dominante», escribe Garzón, con el 15-M, el Sindicato Andaluz de Trabajadores o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Concluye Uriarte:

El comunismo de Garzón se reúne, como todos los comunismos actuales, con otros grupos extremistas de origen diverso. Pero lo que no se puede es llamarlos fascistas como hacen algunos cuando quieren horrorizarse ante movimientos antidemocráticos, como si la palabra comunismo fuera más digna aunque los regimenes comunistas asesinaran mucho más que los fascistas. Las hordas de Ada Colau no son fascistas, son comunistas, en todo caso. Y tienen mucho más éxito social que el fascismo.

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