Este 12 de agosto de 2015 las columnas de agosto ponen su foco en varios puntos. Sigue coleando la ocurrencia del equipo de Gobierno de Ahora Madrid de borrar calles en la capital que les sigan oliendo al más rancio franquismo y se suman a este tema otras cuestiones como Gibraltar, la reunión del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, con el imputado y expresidente de Bankia Rodrigo Rato o la terrible cogida sufrida por el torero Francisco Rivera.
Arrancamos en La Razón con el siempre genial Alfonso Ussía, excolumnista de ABC y que en la contraportada de su actual diario pone a caldo a la alcaldesa Carmena y compañía a cuenta de borrar la calle del hijo del fundado de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena:
Me llegan noticias, más que rumores, de la inclusión de Juan Ignacio Luca de Tena en la vergonzosa, que no avergonzada, relación de condenados en el próximo callejero de Madrid. El diario ABC se ubicaba en la calle de Serrano hasta que se trasladó a la de Josefa Valcárcel. Desde la rotonda que hoy determina el final de esta calle, hasta el Hotel Meliá Avenida de América, el tramo que alberga el edificio de ABC fue denominado por el Ayuntamiento de Madrid «Juan Ignacio Luca de Tena», en memoria de quien fuera un gran español, un gran escritor, un gran periodista y un gran timonel del periódico centenario. Por «fascista». Así de elemental y sencillo.
Hace un perfil de Luca de Tena y destaca que jamás entró nadie a formar parte del ABC por su filiación ideológica, sino por su talento:
En el ABC de Juan Ignacio y de los Luca de Tena la única referencia válida para formar parte de sus páginas era el talento, que no la filiación o militancia política. Esa columna de libertad que superó los cien años de vida con Guillermo Luca de Tena de patrón, la sostuvo en los años más difíciles Juan Ignacio Luca de Tena.
Aunque debutó con Torcuato, fue Juan Ignacio el descubridor de Antonio Mingote y el defensor de decenas de periodistas de los cuales recelaba el régimen.
Y asegura que esto es más que una venganza y lo define como una «vileza y mamarrachada inculta»:
Borrar el nombre de Juan Ignacio Luca de Tena de la calle en la que se halla el ABC, más que una estupidez, que lo es, más que una injusticia, que lo es, más que una venganza, que lo es, más que una mamarrachada inculta, que lo es, es una tremenda vileza. «Todos los que no piensen como nosotros, son o fueron o serán unos fascistas». Así de simple, así de claro y así de estúpido. Las hordas del cretinismo en su diáfana expresión.
Por su parte, Iñaki Zaragüeta habla del conformismo de Podemos de ser ya únicamente un partido bisagra viendo que se desmorona en los sondeos:
Sabíamos que el objetivo de Pablo Iglesias y sus camaradas se centraba en la toma del poder. Tampoco lo ocultaron. Gobernar o nada. Sólo desde el Gobierno podrían cambiarlo todo, de llevar a España a regímenes como los de Venezuela -su modelo más admirado, lo consideran como suyo- Bolivia, Ecuador… Desde el mando en la caja y en la legislación se puede modificar un Estado a su antojo. No se trataba exclusivamente de llegar, sino de quedarse.
La democracia española se sustenta en fundamentos mucho más sólidos que los que bamboleaban los sistemas sudamericanos citados. Por tanto, Iglesias está dispuesto a cambiar el fin: hay que participar directamente en el ejercicio del poder. Como si un «no puede pasarnos otra vez» rigiera desde lo sucedido en Andalucía, donde Susana demostró que eran prescindibles. Una vez y no más, santo Tomás.
Y apunta que:
Si a ello le sumamos cómo van descendiendo sus expectativas electorales, cómo se desangran a chorros, la cuestión se centra en anunciar su disposición a pactar con cualquiera, incluido el PSOE, el mismo que tanto denostaron y tanto se hartaron de maldecir como casta. La anhelada dictadura, como en la fábula atribuida a Esopo cuando la zorra desiste de comer las uvas, «está verde».
Su problema es que la consistencia de su discurso hace aguas por las propias contradicciones. Ahora el riesgo de Iglesias y los suyos es pasar a la historia como unos simples gárrulos. Así es la vida.
Entrando en ABC, David Gistau escribe sobre la terrible cogida sufrida por Francisco Rivera:
Una vez escribí sobre los hijos que tienen que jugar la vuelta del partido que su padre perdió contra la vida. Las circunstancias por las cuales lo dije son personales y, en la intimidad nuestra, la de la «gens» mía, dramáticas. Aunque no tanto como quedarse colgado de un toro con una cornada de veinticinco centímetros en el vientre.
Señala que:
Esta sensación, la de la revancha debida a un muerto -a un muerto cuyos ultimadores son intangibles, no es que se les pueda arrojar estrellas ninja-, debe de ser uno de los hitos fundacionales de mi mentalidad. Me hace percibir cada logro y cada nacimiento como parte del proceso de remontada del espantoso resultado que traíamos del partido de la anterior generación. Lo tengo tan arraigado que una vez, leyendo cosas sobre la Cosa Nostra, en su acepción siciliana más rural y claustrofóbica, vi el argumento de un hombre que perdía también el partido de vuelta: lo asesinaba el mismo jefe que mató a su padre, a la misma edad que a su padre, en el mismo camino de entrada a un villorrio de cabreros. Hasta el cadáver quedaba tirado igual. Una fatalidad reiterativa como la de los Graco, aunque éstos fueran hermanos. A lo mejor este cuento ya lo escribió alguien y se me quedó almacenado en el recuerdo como si se me hubiera ocurrido a mí. Si es así, perdón por la apropiación indebida.
Y se centra en lo sucedido con el torero Francisco Rivera:
Era inevitable que, por puro reflejo, ayer ubicara en este contexto casi literario la noticia de la horrible cogida de Rivera. A la entrada del mismo villorrio, a la misma edad, por la acción del mismo enemigo. Impresionante momento en el que lo trágico se repite como trágico. En el que un hombre se solapa con su pasado, con su herida espiritual, con la noticia que deja helado y desamparado a un niño que algún tiempo después cobrará conciencia de que a él le corresponde remontar. Al menos los toros son tangibles. En este instante, poco importa quién es mejor o peor torero y quién derivó o no a galán. Importa lo que estremece, más la formidable entereza de un hombre, heredada también, reiterativa también, que hasta por el médico fue depositado en el antojo de Dios. Lo importante también es que el cuento se nos cierra bien: Rivera sobrevivió a la exacta muerte de su padre. Rivera entró vivo en el villorrio. Por añadidura, es como si lo hubieran logrado ambos. Revancha cumplida.
Ignacio Camacho escribe sobre la matraca gibraltareña:
Gibraltar es la gran serpiente del verano español, nuestro particular monstruo del Lago Ness asomado al Estrecho como un descomunal león marino. Cada año, con la sequía estival de noticias reaparece con la puntualidad cíclica de las Perseidas el viejo contencioso colonial, con sus escarceos del narcotráfico y el contrabando y sus escaramuzas de patrulleras en aguas territoriales. Menguantes las movilizaciones jornaleras, sólo los incendios forestales disputan al conflicto de la Roca su indiscutible hegemonía en el tradicional repertorio informativo de agosto. Una especie de menú de chiringuito recalentado en el microondas de esa tensión espasmódica y algo perezosa que caracteriza los litigios de frontera.
Aclara los motivos que hacen evadirse a la UE de sus responsabilidades:
Nada va a cambiar, sin embargo, en ese cansino toma y daca que ya apenas moviliza el abotargado músculo de nuestro orgullo nacional. Hace tiempo que la UE decidió encogerse de hombros ante las disputas de mala vecindad cuyo eco llega a Bruselas como el inocuo zumbido de una mosca cojonera. La cuestión de soberanía pervive en un bloqueo diplomático perenne que disfraza la conformidad internacional con el actual statuquo. No conviene llamarse a engaño: la situación geoestratégica del Peñón se adecúa a los intereses de la defensa atlántica, cuyas autoridades prefieren mantenerlo bajo el control de una potencia nuclear fiable. Por eso hacen la vista gorda al fraude fiscal, al manifiesto lavadero de capitales y al contrastado amparo de esos contrabandistas que, como denuncia el alcalde de Algeciras, gritan «¡casa!» como si jugasen al parchís cuando alcanzan el perímetro de aguas supuestamente acogidas a fuero gibraltareño.
Y remacha que todo seguirá exactamente igual:
Esa convicción es la que alimenta -junto a errores recientes de la desastrosa diplomacia zapaterista- la altanería a menudo chulesca de un sedicente Gobierno sin mayor masa crítica que el ayuntamiento de una ciudad más bien pequeña. Tiene Gibraltar la seguridad plena de que todo continuará igual y de que sus excesos y provocaciones cuentan con la ventaja de una pasiva anuencia. Seguirá hostigando pesqueros, blanqueando fortunas opacas y protegiendo a traficantes. Y nada sucederá ni este verano ni ningún otro más allá de los seculares roces de una mala convivencia. Ya llegará septiembre.
En El Mundo, Antonio Lucas se ceba con el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, por su reunión con Rodrigo Rato:
El ministro del Interior, Fernández Díaz, apela a la transparencia para blanquear el vis a vis que mantuvo en su despacho con el sospechosísimo Rodrigo Rato. Es una forma algo plateresca de llamar al respetable gilipollas. En su línea de defensa, el señor ministro se acoge también a la conveniencia de hacer estas cosas en el perímetro oficial antes que en el reservado de un restaurante, por si alguien confunde la cita con una alerta del Meetic. Así que el señor Fernández Díaz, por obra y gracia de su «encuentro personal», hace ahora de ministro de acrobacias para disimular el tiro lanzado al pie.
Subraya que es la guinda que le faltaba al Partido Popular:
Le faltaba al PP un disparate así, con algo de bufo y bastante de turbio. A estas alturas no puede salir el jefazo de Interior ignorando lo que se le supone a un ministro de Interior antes que a nadie: saber que con acusados no se enreda. ¿De qué fue a hablar Rato si no es del mogollón judicial que acumula? ¿Y qué pidió éste a cambio de no largar a destajo? ¿Qué papeles maneja? ¿Qué recado dejó para entregar en Moncloa? ¿Qué dicen en Presidencia? Ya no se puede ir así por la vida, hombre. Ni de ministro.
A esta hora, además, no sabemos aún quién acertó en el corazón de quién durante el encuentro, si Rato en el del Fernández Díaz o viceversa. Ambos podrían ser Guillermo Tell, pero con la manzana podrida. El espectáculo es penoso.
Y concluye:
Estas escandaleras que el Gobierno arma sin mucha lógica abaratan un poco más nuestra democracia en raciones. La vida y el cargo debieran enseñarles que en la mentira y el pufo conviene estar con elegancia. En este país de grandes quedadas, el único que no puede montárselo por su cuenta es un ministro. Y si lo hace, que sea bien. No en plan confesora o tapadera o celestina o lo que sea eso que ha hecho Fernández Díaz.
Entre el sospechado y el sospechoso ya no hay punto de retorno. El Estado privilegia a algunos hombres con citas en ministerios, mientras que a otros nos deja a la intemperie de las terrazas en la plaza del Dos de Mayo. Esto es así. El ministro Fernández Díaz prepara su salida a hombros del viernes próximo mientras recaba las respuestas que Rodrigo Rato exige para cerrar sin sangre lo suyo. Estos excelentísimos, uno desde su despacho y el otro desde sus presuntos delitos, ya no encajan en nada. No son de fiar. Y no por inventar un trapis nuevo, sino por hacerlo peor.
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