Entre pactos postelectorales, reinas magas y nombres de calles borradas en función de una cosa artificial llamada memoria (sectaria) histórica se mueven este 27 de diciembre de 2015 las columnas de opinión de la prensa de papel.
Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo que le da un palo tras a otro a esta izquierda caviar que parece más ocupada y preocupada por atiborrarse de croquetas que de alimentar el cerebro con la Historia y la cultura en general:
No sé si «zasca» será elegida como palabra del año, pero de seguir a este ritmo no tengan duda alguna de que «carmenada» será muy pronto aceptada por la Real Academia Española de la Lengua como sinónimo de parida. Y no para referirse exclusivamente a las ocurrencias de la actual alcaldesa de Madrid, que un día propone que las madres limpien los colegios de sus hijos y otro que los niños se dediquen a recoger colillas por las aceras, sino para describir una estrambótica y desquiciada forma de entender la vida, la sociedad y la relación de los políticos con los ciudadanos.
Aunque hay quien sostiene que sólo pueden ser felices los idiotas, debo confesarles que siempre he sido un tipo bastante feliz. Lo fui de niño, en el internado, en casa, en la universidad, en la mili, como reportero los treinta años que estuve dando tumbos por el mundo y lo soy ahora, aunque alguno de mis hijos me mire a veces como si fuera un peligro público. No voy por tanto a amargarme la jornada, disertando sesudamente sobre la estulticia que supone ponerse a toda prisa a cambiar los nombres de las calles de la capital y que en lugar de llamarse General Moscardó, Capitán Cortés o comandante Zorita, pasen a denominarse Plaza de la República, avenida de Pamela Anderson o Paseo del Pato Donald.

Apunta que:
Las guerras no se ganan ni se pierden con 80 años de retraso y lo que a estos que suben tuits infames sobre los judíos masacrados en los campos de concentración nazis o las piernas amputadas de las víctimas del terrorismo les parece tremendo y urgente, ocurrió no ya antes de que existiera internet, sino cuando no había televisión. Antes de que nacieran sus padres, antes de la Guerra Mundial, antes de los cohetes espaciales y antes de la energía nuclear. Hace un par de años, el consistorio madrileño con alcaldesa del PP concedió una calle a Santiago Carrillo y hace cuatro que el hijo del carnicero de Paracuellos inauguró en la Universidad Complutense un monumento a las Brigadas Internacionales, pero olvídense de eso detalles, porque España tiene asuntos pendientes de mayor urgencia.
Y remacha:
Llevo tiempo recomendando más libros y menos croquetas a alguna representante de la izquierda caviar y aprovecho para extender el consejo a quienes dirigen el nuevo Ayuntamiento de Madrid. No se lo tomen a mal, pero lo de meter una maga disfrazada de mujer barbuda en la Cabalgata de Reyes es una solemne gilipollez.
Ángel Expósito, en ABC, le recuerda al PSOE quiénes son y de dónde viene los integrantes de Podemos, esos mismos con los que Sánchez está como loco por pactar:
Los chavistas se manifestarán contra sí mismos en protesta por la «arremetida imperialista contra la revolución bolivariana» que protagoniza la «derecha apátrida» del nuevo Parlamento que se constituye el 5 de enero. Todo apesta a un intento de pucherazo a la desesperada.
Pero conviene españolizar todo lo que pasa en Venezuela para contextualizar el pasado reciente y prever el futuro inmediato. Pablo Iglesias, hace dos años y medio: «A Chávez le debemos la reivindicación de la democracia como apertura permanente. Venezuela no está sola, en el sur de Europa necesitamos mucho de ese cálido viento latinoamericano que borre a tanto canalla». Y añadía: «Venezuela es un ejemplo democrático» para Europa. ¡Qué envidia me dan!».
Añade que:
El pasado mes de marzo, Iñigo Errejon -que habla como si fuera Churchill- dijo en la Universidad de Barcelona que «Chávez vive. La lucha sigue» al compartir las imágenes de la hija de Chávez a través de Instagram. Por no citar una y mil veces al que faltaba «pa’ el duro»: Juan Carlos Monedero, el único que no miente.
Y remacha:
Pues con estos está dispuesto a pactar Pedro Sánchez. Es más, a estos mismos, el PSOE ha aupado a un poder que ni ellos imaginaron. De corazón y desde el aprecio… no lo puedo entender. O sí.
Antonio Burgos machaca de lo lindo a toda esa chusma que ha salido a vomitar bilis en las redes sociales con el tradicional mensaje de Nochebuena del Rey Felipe VI:
En las elecciones generales del 20-D, me pregunté que por qué suprema contradicción los partidos separatistas catalanes, si dicen que no son españoles, se presentan a unos comicios que tienen por finalidad enviar diputados al Centralista Madrid de la Opresora España. Tras escuchar el discurso de Navidad del Su Majestad El Rey, en el que supimos todos que Don Felipe Sexto dio un Mensaje de Primera, impecable, para sentirnos orgullosos de Corona y de Monarca, vuelvo a plantearme aquella cuestión sobre los saparatas catalanes e islas adyacentes a las que quieren extender la lengua de su imperio. La cuestión es muy sencilla: -O Moriles o Montilla… No, déjese usted de cachondeíto en La Condomina, que esto es muy serio, ya que se trata de la Unidad de España, de la Corona y de la Constitución.
Subraya que:
La cuestión es muy sencilla: si se sienten y proclaman republicanos, si llevan ese hierro, señal y divisa incluso en el nombre de su partido, ¿por qué se han cogido ese mosqueo tan poco disimulado con el Mensaje de Navidad del Rey? ¿Por qué la chusma está echando tanta basura en las redes sociales y en los trasmallos de los medios informativos? Si al comentar sus resultados electorales del 20-D dijeron que no estaban mal para tratarse de comicios en otro Estado, como si España fuera el extranjero para ellos, ¿por qué se preocupan tanto por la defensa de todo lo que ellos odian que hizo el Augusto Señor que, según esa regla de tres, para ellos debe de ser el Jefe de Estado de una nación extranjera? ¿Se cogen estos mosqueos tan gordos cuando da un mensaje el presidente de Francia o, sin ir tan lejos, el Copríncipe de Andorra?
Insiste en que:
Uno de estos separatas, que lleva un apellido de los que carga el diablo, don Gabriel Rufián, diputado electo de ERC en el Congreso, ha dicho que la puesta en escena del Mensaje del Rey ha sido «una imagen indecente, dando lecciones en un Palacio más grande que las casas de la mayoría de los españoles». Del Palacio de San Jorge donde tenía su despacho el exhonorable Pujol, ni palabra. ¿no? A la chusma le molesta que el Rey hable desde Palacio, desde la Historia de España, donde, en frase indeleble de Vázquez de Mella, «la Monarquía tiene el respaldo del sufragio universal de los siglos». Quieren al «ciudadano Felipe de Borbón» en una VPO, vamos. ¿Como la VPO que tenía don Jorge Pujol antes que lo cogieran con el carrito del helado y sus Siete Niños? ¡Tequié í ya!
Se pregunta que:
¿«Imagen indecente», por decirlo en palabras del Rey, ese «Palacio donde la Corona celebra actos de Estado en los que queremos expresar, con la mayor dignidad y solemnidad, la grandeza de España»? Pues nada: para esta chusma tricolor es indecente que el Rey se dirija a todos españoles (incluidos ellos, mal que les pese) desde «un símbolo de nuestra Historia»? ¿Eso es lo indecente? ¿Y no es indecente cometer delito de perjurio contra la Constitución que prometieron cumplir y hacer cumplir? Y la sedición continuada y por entregas, ¿no es indecente? Hombre, ya puestos en indecencias: ¿son acaso decentes esas camisas negras que huelen a mugre y a sudorina hasta cuando las vemos desde el televisor de la salita, que parecen el uniforme del partido y que todos llevan, de Junqueras a Tardá? ¿Camisas negras? ¡Lagarto, lagarto! Camisas negras eran las de uniforme que usaban los fascistas de Mussolini. Con la de colores que hay, ¿no han podido ponérselas de otro, blancas mismo, como Sánchez? ¿O es que les va la marcha del totalitarismo que representan las camisas negras?
Y remacha:
¡Qué mosqueo han agarrado, Dios mío de mi alma, con la valiente defensa de la Unidad de España y de la vigencia de su Constitución que hizo el Rey! Lo llaman «ciudadano Felipe de Borbón». ¡Qué rancios! Eso suena a Pilar Rahola y a su tinte rubio. O a Revolución Francesa, que es más antiguo todavía. Que se chinchen los camisas negras, pero la mayoría nos quedamos con el V.E.R.D.E. de Viva El Rey de España. Y en Palacio.
David Jiménez, en El Mundo, contrapone el hecho de que el líder laborista en el Reino Unido, Ed Miliband, renunciase a su cargo tras obtener un 31% del apoyo del electorado y como aquí, en España, Pedro Sánchez, obteniendo el peor resultado del PSOE, aún tuviese el papo de decir que su partido había hecho historia. Sería, digo yo, historia en negativo porque sino no se entiende:
Horas después de perder las elecciones en el Reino Unido, manteniendo un 31% del apoyo del electorado, Ed Miliband anunció el pasado mes de mayo su dimisión como líder laborista al asumir la «absoluta y total» responsabilidad del resultado. Horas después de perder las elecciones en España, con un 22% de apoyo en el peor resultado del PSOE en unas elecciones generales, Pedro Sánchez anunció… que había «hecho historia». Sabido es que la victoria tiene numerosos padres y la derrota vive en la orfandad, que recordaba John F. Kennedy. Pero, ¿conocen otro país donde los fracasos electorales se disfrazan de éxitos con tanto desparpajo como en España?
Apunta que:
Nuestros candidatos se toman los batacazos electorales sin ninguna deportividad o intención de asumir responsabilidades. Cero autocrítica. Ninguna renovación. Ganen o pierdan, saben que su futuro no depende tanto de la opinión de los votantes como de las intrigas y alianzas de partido. Sólo así se entiende que Sánchez trate de aferrarse a su liderazgo al frente del partido e incluso se postule para presidente de un país donde ocho de cada 10 votantes se decantaron por otra opción. Alegar que el nuestro es un sistema parlamentario, y que todas las combinaciones son igualmente legítimas, no añade coherencia a una ambición personal que debió morir la misma noche electoral.
Y, sin embargo, estamos en España, así que no descarten que Sánchez se salga con la suya y aguante el chaparrón. Ya lo hizo en una situación similar su gran rival, Mariano Rajoy, manteniéndose al frente del PP tras su segunda derrota frente a Zapatero en 2008, prueba de que nuestros políticos se toman con excesiva literalidad la cita de Beckett: «No importa. Inténtalo otra vez. Falla otra vez. Falla mejor».
Subraya que:
España se ha metido en un buen lío tras el 20-D y se encuentra con que la solución pasa por políticos que no saben perder y a los que tampoco se les da bien dialogar entre ellos, por eso de la falta de costumbre. Lo mínimo que se les puede exigir es que, esta vez, hagan el esfuerzo. Si desde este periódico defendemos un acuerdo entre los tres principales partidos constitucionalistas no es sólo porque las alternativas nos parezcan peores -¿puede el Gobierno de un país depender de partidos que abiertamente abogan por su ruptura?-, sino porque ese gran pacto supondría una magnífica oportunidad para fijar al fin la agenda reformista que necesita España.
No hablamos simplemente de investir a Rajoy en aras de la estabilidad para entregarle un cheque en blanco que le permita volver a gobernar con la falta de consenso y la desconexión con la calle de esta última legislatura. De lo que se trata es de que PP, PSOE y Ciudadanos lleguen a un acuerdo con reformas concretas que recojan lo mejor de sus programas electorales, una política de consenso frente al desafío independentista, medidas económicas que eviten una recaída de la crisis y esa regeneración que el (ex) bipartidismo resistió con tanta terquedad como falta de visión, y si no que se lo digan a los cinco millones de votantes que lo han abandonado.
El pacto tendría que incluir una batería de medidas contra la corrupción, un acuerdo nacional por la Educación, el reforzamiento de la independencia de la Justicia y de los medios de comunicación públicos, una nueva ley electoral que repare las injusticias de la actual y la reforma de instituciones que han sido contaminadas por el clientelismo de la clase política. ¿No es ése, acaso, el mensaje que ha enviado el electorado?
Finaliza diciendo que:
Por supuesto, Rajoy no cree que nada de esto sea necesario o habría liderado él mismo esas reformas en los cuatros años en los que ha tenido mayoría absoluta. Pero ocurre que los números son tozudos y las empresas de mudanza han empezado a dejar folletos con ofertas en el buzón de Moncloa. El presidente no tiene otra salida que tomar la iniciativa y ofrecer ese gran acuerdo por una Segunda Transición, por mucho que la guerra interna en el PSOE lo haga complicado. Y llegado el momento, si el propio Rajoy fuera un obstáculo para lograrlo, debería tener la grandeza de apartarse a un lado y dejar que sea otro líder, dentro del proceso de renovación pendiente en el PP, quien lo intente. Porque ni él, ni mucho menos Pedro Sánchez, son imprescindibles en esta nueva etapa política donde se ha puesto más difícil hacer pasar las derrotas por victorias.
En El País, tribuna para Mario Vargas Llosa, todo un Premio Nobel, que señala la necesidad de que en España haya una gran coalición conformada por PP, PSOE y Ciudadanos. ¿Qué se juegan a que los podemitas empiezan a verter improperios contra el escritor peruano en las redes sociales?
Todo el mundo parece de acuerdo en que las recientes elecciones en España acabaron con el bipartidismo y una inequívoca mayoría parece celebrarlo. Yo no lo entiendo. La verdad es que ese período que ahora termina en el que el Partido Popular y el Partido Socialista se han alternado en el poder ha sido uno de los mejores de la historia española. La pacífica transición de la dictadura a la democracia, el amplio consenso entre todas las fuerzas políticas que lo hizo posible, la incorporación a Europa, al euro y a la OTAN y una política moderna, de economía de mercado, aliento a la inversión y a la empresa produjo lo que se llamó «el milagro español», un crecimiento del producto interior bruto y de los niveles de vida sin precedentes que hizo de España una democracia funcional y próspera, un ejemplo para América Latina y demás países empeñados en salir del subdesarrollo y del autoritarismo.
Precisa que:
Es verdad que la lacra de esos años fue la corrupción. Ella afectó tanto a populares como socialistas y ha sido el factor clave -acaso más que la crisis económica y el paro de los últimos años- del desencanto con el régimen democrático en las nuevas generaciones que ha hecho surgir esos movimientos nuevos, como Podemos y Ciudadanos, con los que a partir de ahora tendrán que contar los nuevos Gobiernos de España. En principio, la aparición de estas fuerzas nuevas no debilita, más bien refuerza la democracia, inyectándole un nuevo ímpetu y un espíritu moralizador. Acaso el fenómeno más interesante haya sido la discreta pero clarísima transformación de Podemos que, al irrumpir en el escenario político, parecía encarnar el espíritu revolucionario y antisistema, y que luego ha ido moderándose hasta proclamar, en boca de Pablo Iglesias, su líder, una vocación «centrista». ¿Una mera táctica electoral? Tengo la impresión de que no: sus dirigentes parecen haber comprendido que el extremismo «chavista», que alentaban muchos de ellos, les cerraba las puertas del poder, e iniciado una saludable rectificación. En todo caso, el mérito de Podemos es haber integrado al sistema a toda una masa enardecida de «indignados» con la corrupción y la crisis económica que hubieran podido derivar, como en Francia, hacia el extremismo fascista (o comunista).
Se cuestiona:
¿Y ahora qué? El resultado de las elecciones es meridianamente claro para quien no está ciego o cegado por el sectarismo: nadie puede formar Gobierno por sí solo y la única manera de asegurar la continuidad de la democracia y la recuperación económica es mediante pactos, es decir, una nueva Transición donde, en razón del bien común, los partidos acepten hacer concesiones respecto a sus programas a fin de establecer un denominador común. El ejemplo más cercano es el de Alemania, por supuesto. Ante un resultado electoral que no permitía un Gobierno unipartidista, conservadores y socialdemócratas, adversarios inveterados, se unieron en un proyecto común que ha apuntalado las instituciones y mantenido el progreso del país.
¿Puede España seguir ese buen ejemplo? Sin ninguna duda; el espíritu que hizo posible la Transición está todavía allí, latiendo debajo de todas las críticas y diatribas que se le infligen, como han demostrado la campaña electoral y las elecciones del domingo pasado que (salvo un mínimo incidente) no pudieron ser más civilizadas y pacíficas.
Recalca que:
Sólo dos coaliciones son posibles dada la composición del futuro Parlamento, el PSOE, Podemos y Unidad Popular, que, como no alcanzan mayoría, tendría que incorporar además algunas fuerzas independentistas vascas y/o catalanas. Difícil imaginar semejante mescolanza en la que, como ha dicho de manera categórica Pablo Iglesias, el referéndum a favor de la independencia de Cataluña sería la condición imprescindible, algo a lo que la gran mayoría de socialistas y buen número de comunistas se oponen de manera tajante. Pese a ello, no es imposible que esta alianza contra natura, sustentada en un sentimiento compartido -el odio a la derecha y, en especial, a Rajoy- se realice. A mi juicio, sería catastrófica para España, pues probablemente las contradicciones y desavenencias internas la paralizaría como Gobierno, retraería la inversión y podría provocar un cataclismo económico para el país de tipo griego.
Por eso, creo que la alternativa es la única fórmula que puede funcionar si las tres fuerzas inequívocamente democráticas, proeuropeas y modernas -el Partido Popular, el Partido Socialista y Ciudadanos-, deponiendo sus diferencias y enemistades en aras del futuro de España, elaboran seriamente un programa común de mínimos que garantice la operatividad del próximo Gobierno y, en vez de debilitarlas, fortalezca las instituciones, dé una base popular sólida a las reformas necesarias y de este modo consiga los apoyos financieros, económicos y políticos internacionales que permitan a España salir cuanto antes de la crisis que todavía frena la creación de empleo y demora el crecimiento de la economía.
Avanza que:
Esto es perfectamente posible con un poco de realismo, generosidad y espíritu tolerante de parte de las tres fuerzas políticas. Porque este es el mandato del pueblo que votó el domingo: nada de Gobiernos unipartidistas, ha llegado -como en la mayoría de países europeos- la hora de las alianzas y los pactos. Esto puede no gustarle a muchos, pero es la esencia misma de la democracia: la coexistencia en la diversidad.
Esa coexistencia puede exigir sacrificios y renunciar a objetivos que se considera prioritarios. Pero si ese es el mandato que la mayoría de electores ha comunicado a través de las ánforas, hay que acatarlo y llevarlo a la práctica de la mejor manera posible. Es decir, mediante el diálogo racional y los acuerdos, con una visión no inmediatista sino de largo plazo. Y ver en ello no una derrota ni una concesión indigna, sino una manera de regenerar una democracia que ha comenzado a vacilar, a perder la fe en las instituciones, por la cólera que ha provocado en grandes sectores sociales el espectáculo de quienes aprovechaban el poder para llenarse los bolsillos y una justicia que, en vez de actuar pronto y con la severidad debida, arrastraba los pies y algunas veces hasta garantizaba la impunidad de los corruptos.
Y sentencia:
España está en uno de esos momentos límites en que a veces se encuentran los países, como haciendo equilibrio en una cuerda floja, una situación que puede precipitarlos en la ruina o, por el contrario, enderezarlos y lanzarlos en el camino de la recuperación. Así estaba hace unos 80 años cuando prevaleció la pasión y el sectarismo y sobrevino una guerra civil y una dictadura que dejó atroces heridas en casi todos los hogares españoles. Es verdad que la España de ahora es muy distinta de ese país subdesarrollado y sectarizado por los extremismos que se entremató en una guerra cainita. Y que la democracia es ahora una realidad que ha calado profundamente en la sociedad española, como quedó demostrado en aquella Transición tan injustamente vilipendiada en estos últimos tiempos. Ojalá que el espíritu que la hizo posible vuelva a prevalecer entre los dirigentes de los partidos políticos que tienen ahora en sus manos el porvenir de España.
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