¿Qué ocurre cuando acaba uno de esos «grandes debates» que monta los sábados Jordi González? ¿Llaman desde la calle Génova a sus defensores, desde Ferraz a sus escuderos, y les agradecen los servicios prestados?
Nunca lo sabremos. Pero las personas que ocupan rotatoriamente las sillas que otorga el conductor, tienen siempre el gran mérito intelectual, retórico y documental de defender dos posiciones, dos ópticas, dos maneras de entender el gobierno de España que parecen indefendibles, en un país en el que, durante casi cuarenta años (prácticamente un empate técnico con la oscura noche histórica franquista), se ha practicado una carrera de relevos UCD-PSOE-PP en la que se han ido traspasando el testigo común de enfermedades congénitas: sumisión a la banca, resignación ante una burbuja de empleo que pincha y se vuelve a inflar como los globos, el turismo como eterno salvavidas en los naufragios, la tesis de Unamuno de que inventen e inviertan ellos, el clientelismo de organizaciones políticas que aspiran a ser «partido único» y un parlamentarismo endogámico en el que los diversos grupos parecen fotocopias de «procuradores en cortes», en vez de réplicas en castellano de diputados de países europeos avanzados.
El idílico país de Antonio Miguel Carmona
En el último Gran Debate del pasado sábado 7 de julio de 2012, la audiencia tuvo la oportunidad de vislumbrar cómo debería ser el país con el que sueña Antonio Miguel Carmona, economista, político, docente en la Universidad del CEU, parlamentario en la Asamblea de Madrid y, por encima de todas las cosas, piloto, o sea, una especie de Lindbergh que, en vez de contemplar los toros desde la barrera, los contempla desde el aire, con la perspectiva de la altura que convierte a los seres humanos, sus problemas detrás de las puertas de sus hogares, en Bosones sociológicos de Higss que le permiten aplicar su teoría ideológica cuántica de la existencia humana.
Carmona confesaba ante Jordi González, sus contertulios y un público entregado, cómo es la España de sus sueños:
«Yo quiero un país en el que la Justicia sea gratuita, en el que no se recorten políticas activas de empleo, en el que no se aumente un 20% de alumnos en las aulas, en el que el 7% de la luz no lo paguen siempre los mismos, en el que los 400 medicamentos castigados de cara a por Ana Mato sean amnistiados, en el que el Presidente del Gobierno dé ruedas de prensa, en el que…» (salva de aplausos)
Un país, en definitiva, al que se apuntaría hasta el de la boina. Un país sin paro, sin déficit, sin deuda, sin trileros financieros, sin listillos laborales, sin escapistas fiscales, sin charlatanes sindicales, sin ladrones empresariales de guante blanco y de guante negro, sin tipos en cuyo DNI debería figurar en letras visibles: de profesión, Socialista, o Popular, o nacionalista vasco, catalán o gallego, o Izquierdista Unido, o Unionista, Progresista y Demócrata, o cualquiera de esas profesiones, prácticamente vitalicias, que han proliferado aprovechando los hermosos vientos propicios de la democracia.
¡Qué levante la mano el español que no se apunte a ese país!
Amnesia temporal transitoria
Lo que le pasa a Antonio Miguel Carmona, que, por cierto, es brillante y tiene un gran sentido del humor (según la única experiencia personal del que suscribe), es que padece «amnesia temporal transitoria».
Cuando gobiernan los suyos (y desde que se reinstauró la democracia lo han hecho durante el doble de tiempo que los conservadores), miran para otro lado si un Solchaga declara que «en España no se hace rico el que no quiere», o cuando emerge el escándalo de los fondos reservados, o cuando Felipe no deja un duro para pagar a los pensionistas, o cuando ZP va cavando la tumba de millones de parados, nombra a Botín banquero áulico de Moncloa o tranquiliza a los empresarios con una frase que algún día recuperarán los historiadores como paradigma socialdemócrata de esta época: «¡tranquilos, señores, la burbuja inmobiliaria no va a pinchar!»
Naturalmente que ahora estamos padeciendo los lodos, y son los actuales gobernantes lo que tienen que dejar de mirar hacia atrás y responsabilizarse de meter de una vez la marcha adelante, si es que de verdad poseen carné de conducir un país.
Pero los pueblos suelen saber que el barrizal no se forma por si solo. Siempre están aquellos «polvos» en el origen de cualquier acumulación de lodos. Y aunque le fastidie a Carmona echar la vista atrás, el país con el que ahora sueña e hizo soñar el otro día a muchos telespectadores, ni está, ni se le espera, por ahora, porque el gobierno de ZP se olvidó o lanzó al agua con excesivo retraso los botes salvavidas que podrían haber salvado muchas vidas del naufragio.
La orquesta del Titanic socialdemócrata
Los Carmonas son conmovedores miembros de la orquesta del Titanic socialdemócrata, que siguen tocando la misma melodía debajo del agua. Saben perfectamente que su capitán no vio o no fue capaz de esquivar el enorme iceberg de la crisis.
Y que el Carpathia que ha acudido al rescate, bajo el mando del Capitán Rajoy, se ha encontrado las gélidas aguas del océano sociológico español plagadas de cadáveres. Pero están en su derecho de seguir interpretando su bossa nova «desafinado».
Incluso de entonar un réquiem por la compleja operación de rescate de La Moncloa, en los primeros seis meses de una singladura hacia puerto de abrigo con tres años y medio de legislatura por delante.
Pero, puestos a soñar en sincronía con Antonio Miguel Carmona, ¿por qué no aspirar a un país en el que se cierren chiringuitos públicos, se mande a casa a la mitad de coleguillas suyos «aprietabotones», esparcidos por los cuatro puntos cardinales, se cierre el Senado por reformas eternas, se revise el papelón del Tribunal Constitucional, se desvanezca en la historia el cementerio de elefantes del Consejo de Estado, se eliminen miles de coches oficiales y se ahorre todo ese combustible para coches patrulla de policía, de Guardia civil, con serios brotes de sequía de gasoil o gasolina?
Un país donde el dichoso AVE no sea más importante que sus hipotéticos pasajeros. Donde los defensores del pueblo acepten su condición de prescindibles mientras sus supuestos defendidos permanecen indefensos.
Donde los profesores pongan más énfasis en la calidad de la enseñanza y menos en la cantidad de alumnos. Donde los sindicatos y las patronales no confundan políticas activas de empleo con subvenciones para cutres cursos basura.
Donde se distribuya equitativamente la pesada carga de la anorexia del poder adquisitivo, como compensación a décadas de vacas gordas en las que sólo aumentaba el poder adquisitivo de unos cuantos.
A ése país que le faltó incluir al socialista madrileño en su soflama, se apuntarían millones de españoles que opinan que, la clase política, con sus propuestas de países distintos y distantes, son el tercer problema que más les preocupa.
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