No vino el desaliento
había incertidumbre
era llana la espera
diminutas las rutas
fueron perennes piedras
sobre las olas de otro
noble de uva y te cero.
Con sus manos conduce
y pliega los secretos
delante del destino
como engañadas sombras
los ojos te miraban
alumbrados por alma
emocionada en blanco.
En la vergüenza eterna
el espanto recubre
zurriburri velado
e invalida el jardín
primaveras y vientos
si existen portadoras
a la fuerza con fuerza.
José Pómez
http://pomez.es
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