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Cuando el Estado persigue a quienes piensan, no defiende el orden: protege el dogma.

Galileo en el Cuartel: «La Operación Columna y la persecución de los guardias civiles Democráticos.

Los gobernantes, diputados, etc actuales  y todos aquellos responsables de seguir manteniendo operaciones desde el poder contra los demócratas de la Guardia Civil serán presa de la historia, el universo los perseguira y lo hará hasta la tercera o cuarta generación. Que el camino os sea leve.

Tricornios en Democracia 20 Ene 2026 - 12:28 CET
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Galileo murió en su casa, bajo una sentencia de por vida, ciego y solo. Tres siglos depues Albert Einstein nombró a Galileo «Padre de la ciencia Moderna». 

La historia se repite con inquietante precisión. Cambian los siglos, los nombres y los escenarios, pero el mecanismo de persecución es el mismo. A Galileo Galilei no se le castigó por estar equivocado, sino por atreverse a pensar fuera del dogma. A los guardias civiles democráticos se les castigó —y aún se les castiga— por atreverse a creer que la Guardia Civil debía ser compatible con la Constitución, los derechos fundamentales y la democracia.

La llamada operación “Columna” no fue un error, ni un exceso puntual, ni una anécdota del pasado. Fue una operación delictual, sistemática y planificada, dirigida contra guardias civiles cuyo único “delito” fue defender valores democráticos dentro de una institución que, en determinados momentos de nuestra historia reciente, prefirió la obediencia acrítica al pluralismo constitucional.

Como a Galileo, no se les discutieron ideas: se les anuló como personas.

Hubo encarcelamientos, expulsiones, destrucción profesional, y uno de los episodios más oscuros y menos conocidos de nuestra democracia: el internamiento en centros psiquiátricos bajo una patología inexistente, grotescamente denominada “epidemia constitucional”. Un diagnóstico político disfrazado de ciencia médica. Una forma de represión que recuerda más a regímenes autoritarios que a un Estado social y democrático de derecho.

Todo ello ocurrió mientras se consolidaban los GAL del régimen de Felipe González, una estructura parapolicial cuya existencia fue finalmente reconocida por los tribunales, pero cuyas ramificaciones éticas, institucionales y humanas siguen sin ser plenamente depuradas. La operación “Columna” fue parte de ese mismo clima: el de un Estado que decidió que determinados servidores públicos eran prescindibles si incomodaban al poder.

Lo más grave no es solo lo ocurrido, sino lo que no ha ocurrido después.

A día de hoy: No ha habido una comisión de la verdad. No ha habido un reconocimiento institucional del daño causado. No ha habido reparación moral, profesional ni jurídica suficiente. No se ha depurado responsabilidad política ni administrativa alguna.

Los guardias civiles represaliados no han sido resarcidos en sus derechos, ni rehabilitados plenamente, ni restituidos en la memoria colectiva. Siguen siendo, para el relato oficial, una nota al pie incómoda, cuando deberían ocupar un lugar central en la historia de la democratización real de las fuerzas de seguridad.

Galileo fue obligado a abjurar, pero la historia lo absolvió. A los guardias civiles democráticos ni siquiera se les ha permitido aún ese juicio histórico. Y sin verdad, no hay justicia. Sin justicia, no hay reconciliación. Y sin reconciliación, la democracia queda incompleta.

La opinión pública tiene un papel que el Estado no ha querido asumir: sancionar moralmente los actos delictuales cometidos, exigir explicaciones, abrir archivos, poner nombres y apellidos a las decisiones, y reconocer a quienes fueron perseguidos por defender la Constitución desde dentro.

Porque cuando un Estado no protege a quienes lo sirven con lealtad democrática, deja de ser garante de derechos y se convierte en custodio del silencio.

Y el silencio, como ya demostró Galileo, nunca ha sido amigo de la verdad.

Para terminar Ya. La historia no se borra con silencio ni se entierra con expedientes. Puede aplazarse, pero siempre regresa. Y cuando lo hace, no pregunta a quién incomoda. Mientras no se repare a los represaliados por operaciones delictivas como la Operación Columna, no habrá justicia, solo amnesia interesada. Y la amnesia, en democracia, es la antesala de la repetición. No es venganza lo que se reclama, es verdad. No es rabia, es memoria. Y no somos nosotros quienes escribimos el final: es la propia historia la que, tarde o temprano, ajusta cuentas.

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