Un dictamen forense mal escrito se cae en el primer recurso; uno bien escrito puede sostener —o tumbar— un fallo. Así se construye, paso a paso, la prueba técnica que un juez necesita para decidir sobre algo que no domina.
Cuando un juez tiene que resolver si una firma es falsa, si un accidente pudo evitarse o si el daño psicológico que alega una víctima es real, se enfrenta a un problema que no es jurídico, sino técnico. Ahí entra el perito: la persona que traduce ese conocimiento especializado, en un informe que un lego pueda entender y, sobre todo, contrastar. Ese informe es el dictamen pericial, y su fuerza como prueba depende casi por completo de cómo esté construido.
Antes de llegar al dictamen, el procedimiento se apoya en cinco vías para reunir los hechos. El interrogatorio de las partes, mediante un cuestionario detallado dirigido a los implicados. La revisión de documentos públicos y privados que puedan aportar pruebas relevantes. El propio dictamen de peritos. El reconocimiento judicial, cuando el juez inspecciona directamente un lugar, un objeto o un documento. Y el interrogatorio de testigos, personas ajenas a las partes que pueden aportar información sobre los hechos. El perito rara vez trabaja solo con una de estas fuentes: cruza varias para que sus conclusiones no dependan de un único relato.
Cuatro reglas para que un informe no se caiga.
La práctica forense seria se apoya en cuatro principios. Primero, el análisis de pruebas: examinar y describir la evidencia de manera clara y directa, sin dar por supuesto lo que aún no se ha comprobado. Segundo, la definición de los términos técnicos, explicados para que resulten comprensibles a jueces, profesionales y partes que no dominan la materia. Tercero, la objetividad: mantener una postura imparcial y evitar que la opinión personal del perito se cuele donde solo debería haber datos. Y cuarto, la precisión en el lenguaje: un dictamen impreciso, con afirmaciones categóricas que la evidencia no respalda, es el primer objetivo de cualquier profesional que quiera impugnarlo.
La estructura que un buen perito nunca salta.
Un dictamen sólido sigue casi siempre el mismo esqueleto. Una introducción que describe el objeto del informe y los antecedentes del caso. Una metodología que explica qué técnicas se han usado para llegar a las conclusiones —porque un dictamen que no explica su método es, en realidad, una opinión con membrete—. Un análisis que expone en detalle los hechos y las pruebas examinadas. Unas conclusiones que resumen los hallazgos sin exceder lo que el análisis permite afirmar. Y unos anexos con la documentación que respalda cada afirmación, para que cualquier otra parte pueda revisarla.
Ese último punto —que todo pueda revisarse— es quizá el más importante y el que menos se valora fuera del mundo judicial. Un dictamen forense no pide que se le crea: ofrece el camino para que se le compruebe. Es la misma lógica, trasladada a un despacho, que debería regir cualquier afirmación que se lance al espacio público: no basta con decir que algo es cierto, hay que dejar a mano cómo se ha llegado a esa conclusión. En la próxima entrega veremos cómo la psicología forense ha llevado esa exigencia un paso más allá, desarrollando técnicas capaces de distinguir, dentro de una misma declaración, el recuerdo genuino de la invención.
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