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¿Quién le ha cambiado el chip a la canciller alemana?

Merkel le va a «aconsejar» a Rajoy que no pida el rescate

Va a ser más difícil salir del euro que fugarse de Alcatraz

Javier González Méndez 04 Sep 2012 - 13:23 CET
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¿Qué hacemos con España? Esa es la pregunta que resuena en los más inusitados despachos oficiales de Occidente, entre previsibles o inimaginables interlocutores. ¿Qué se puede hacer con un país que se aproxima al billón de euros de deuda, a los seis millones de parados, con un ministro de Hacienda que le dice todas las mañas a su Presidente: no tenemos un solo euro en caja, que sobrevive pagando deudas con más deuda, arrollado por la bola de nieve de los intereses de los intereses, sobrepasado por los gastos y afectado por una anemia galopante de ingresos?

Si España fuese una familia, estaría ya viviendo debajo de un puente. Si fuese una Sociedad Anónima, se habría volatilizado como la Nueva Rumasa, y sus Felipes, sus Aznares, sus Zapateros, sus Rajoy, sus sucesivos presidentes del Consejo de Administración, estarían ya rindiendo cuentas ante los tribunales, como estos días José María Ruíz Mateos.

Ni siquiera le salva su condición de Estado «soberano», esa palabra tan rimbombante que se ha convertido en una cruel ironía. Lo que le salva es su incalculable deuda soberana, los 47 millones de habitantes que van a sudar sangre y lágrimas para pagarla, sus pocos ricos que todavía consumen productos «made in Germany», sus muchos pobres a los se les puede seguir ordeñando euro a euro.

¡No pida usted el rescate hasta nueva orden!

Esta es la España que por fin han conseguido introducir en la cabeza cuadrada de Ángela Merkel. Un frívolo y alocado país del sur que acabará pagando ojo por ojo, diente por diente y euro por euro. Ni siquiera Rajoy, su alter ego económico Nadal, su estrella fugaz De Guindos, saben que la Merkel llega el jueves con el chip cambiado.

Que va a dejar al inquilino de La Moncloa alucinado, cuando le sugiera que detenga su mano, que no pida el rescate, que espere a ver los efectos de la trasfusión de los 100 mil millones de euros al sistema financiero español…

Merkel.- «Después de Navidad hablamos, Sr Rajoy»

Rajoy.- «Pero es que no llegamos a Navidad, señora. Ni siquiera sé si llegaremos a octubre»

Merkel.- «Deje usted eso en manos del señor Draghi»

Rajoy.- «Necesitamos liquidez, no sólo palabras»

Merkel.- «Por eso vamos a relajar a los mercados, el furor de la prima de riesgo, la sangría de los intereses de deuda. Tenemos los instrumentos y le doy mi palabra de que vamos a utilizarlos. Pero ni hablar del rescate. Siga usted emitiendo deuda y déjenos a nosotros sedar a los mercados.

Rajoy.- ¿Y de los bonos del BCE…?

Merkel.- ¡Pasemos a otro tema, por favor!

El jueves no habrá milagro

Una conversación muy parecida a esta, con traducción simultánea, naturalmente, rebotará en las paredes de La Moncloa el próximo jueves en el que Rajoy, como hace décadas Berlanga, espera un milagro.

Pero no habrá milagro, ni rescate, ni europasta contante y sonante para salir del apuro. Una renovada Merkel viene a Madrid dispuesta a hacerle probar al ilustre gallego de La Moncloa de su propia medicina: dejarle con la incertidumbre de si la Canciller estaba bajando o subiendo las escaleras.

La buena noticia es que la palabra rescate no va a irrumpir en las elecciones vascas y gallegas, asunto que esperaba Rubalcaba como arma de destrucción electoral masiva. La mala es que, en un mitin en Euskadi, en Galicia, resulta imposible enardecer a las masas explicando el tortuoso camino que ha elegido Berlín para mantenernos a flote, contra viento, marea y el Bundesbank.

¡Prohibido abandonar la Eurozona!

La suerte está echada. Que no se hagan ilusiones los griegos, los portugueses, los españoles, los indignados ciudadanos mediterráneos, cuyas voces claman de vez en cuando en las tabernas o durante los cafelitos de las 11: ¡abandonemos Europa, el euro y recuperemos una moneda propia! Va a ser más difícil salir del euro que fugarse de Alcatraz.

Del club no sale ni Dios hasta que no salde sus deudas. Berlín ya ha decidido no ponerle puente de plata a moroso que huye. No hay atajos en la economía globalizada. Europa ha quedado cerrada herméticamente y ha bloqueado todas las puertas de salida.

En lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la escasez y en la abundancia, lo que el Pacto de Lisboa ha unido no lo puede separar el hombre, ni conservadores ni de progresistas, por los siglos de los siglos y por las siglas de las siglas. Ese es el Nuevo Testamento que van difundiendo Merkel y Hollande por Atenas, Por Lisboa, por Madrid, por todos los rincones de la UE en la que se ha ido desplegando estratégicamente la europol financiera. Eso a lo que Montoro llama los ‘hombres de negro’.

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