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En EEUU, no hubo mordidos, ni pilinguis, ni enriquecimiento ilegal

Watergate vs Sánchezgate: lo de Nixon fue una broma al lado de lo de Sánchez

Lo de Nixon fue un espionaje político; lo de Sánchez es un entramado de casos de corrupción, acoso y control institucional que no tiene parangón en democracia

Mario Lima 08 Dic 2025 - 09:07 CET
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En el panorama político de Occidente, ningún partido alcanza hoy los niveles de podredumbre institucional que exhibe el PSOE, convertido ya en la organización más corrupta y putera del mundo democrático.

Mientras otros escándalos se limitan a sobres bajo la mesa o amantes en la oficina, la peripecia delincuencial de Pedro Sánchez carece literalmente de parangón: combina tráfico de influencias millonario, compra de avales mafiosa, intervención de fiscalías y tribunales, tramas de mascarillas falsas, familiares enchufados y procesados, y, como colofón, una red de acoso sexual protegida durante meses desde la propia sede puticlub de Ferraz.

No existe en Europa ni en América un solo líder que haya acumulado, en apenas siete años, tan abrumador catálogo de ignominias y que incluye desde prostíbulos familiares hasta asesores que exigen sexo a subalternas, todo ello envuelto en un discurso feminista de cartón piedra.

El PSOE -el de los 40 años de vacaciones durante el franquismo-  no es un partido: es una organización criminal con escaños.

Lo de Nixon fue una broma al lado de lo de Sánchez.

El Watergate de EEUU fue un robo de documentos y unas cintas borradas. El Sánchezgate es un escándalo bíblico.

Corrupción, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, control institucional y, ahora, acoso sexual en la propia Moncloa.

Todo bajo un silencio sepulcral que ha durado cinco meses en la sede de Ferraz.

Comparar ambos casos ya no es hipérbole de columnista: es la descripción clínica de la realidad.

La diferencia abismal

El Watergate fue espionaje político puro: unos sicarios entraron en la sede demócrata, colocaron micrófonos y robaron papeles. Nixon mintió, encubrió, borró 18 minutos de cinta y terminó dimitiendo.

Aquí no hay un solo delito, sino una constelación:

Francisco Salazar, el intocable que cayó cuando ya no quedaba más remedio

Francisco Salazar era uno de los tres hombres que conocía los avales con los que Sánchez ganó las primarias de 2017. Se le proyectaba como adjunto a la Secretaría de Organización, un puesto nuclear en el PSOE.

En julio estallaron las acusaciones: comentarios obscenos sobre el físico de trabajadoras, invitaciones a dormir en su casa y amenazas veladas sobre sus carreras si no cedían.

El partido anunció que Salazar se “apartaba “voluntariamente” y que abriría diligencias.

Cinco meses después:

Solo cuando un medio lo sacó a la luz, Ferraz “reactivó” las denuncias. Entonces Salazar se dio de baja como militante y el partido consideró que ya no hacía falta investigar.

El PSOE feminista que mira para otro lado

La indignación interna es ya incontrolable.

Pedro Sánchez, por su parte, ha admitido un “pequeño error” por no actuar más rápido y dice asumir la responsabilidad “en primera persona”.

Pero insiste en que no tiene relación alguna con Salazar… pese a que era uno de sus hombres de máxima confianza.

El patrón se repite

El caso Salazar no es aislado.

Esta misma semana se ha suspendido al secretario general del PSOE en Torremolinos, Antonio Navarro, por acusaciones idénticas de acoso. Una denunciante acudió directamente a la Fiscalía ante el silencio del partido.

Militantes feministas del PSOE lo resumen sin ambages:

«Todos tienen el mismo patrón: machismo y ejercicio violento contra las mujeres».

La oposición carga sin piedad

El Peugeot usado que nadie quiere comprar

En el Watergate americano hubo un cartel mítico:

«Would you buy a used car from this man?»

Hoy, en España, muchos se preguntan lo mismo mirando a La Moncloa:

«¿Comprarías tú un Peugeot usado a alguien que ha tejido esta red de corrupción, enchufismo y acoso sexual?»

Porque lo que empezó como un escándalo político se ha convertido en algo mucho más grave: un régimen que se sostiene sobre el silencio, el miedo y la impunidad.

Y aún no hemos visto el final.

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