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Cuando Garzón presumía de imparcialidad y legalidad

A los falangistas, ni justicia

El País da muestras de importarle si Garzón es culpable o inocente

Luis Balcarce 26 Mar 2010 - 17:39 CET
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La pataleta de El País por llevar al banquillo al juez estrella es una maniobra de manipulación sin precedentes. Deja caer la escalofriante idea de que no puede haber justicia para quien no comulgue con las ideas de la progresía. La realidad es que no hay ninguna victoria falangista porque fue el mismo Tribunal Supremo el que encontró indicios de prevaricación.

Y no sólo eso: en un glorioso editorial -Ganan los falangistas- el diario garzonita se permite cuestionar que se le dé voz a estos ‘ultraderechistas’ por la sencilla razón de que «muchos españoles de hoy consideran ultrajante y difícilmente compatible con los valores democráticos» que se juzgue a Garzón. De miedo.

GARZÓN Y EL MIEDO

«A veces he oído decir que el juzgado no es la casa ni el patrimonio de un juez. Eso es cierto, pero no lo es menos que el juez como defensor de los derechos de los ciudadanos tiene un alto grado de responsabilidad y al ejercerla asume una posición diferente y más trascendente que la de otros profesionales (…)».

«No me gusta el tipo de jueces de horario de mañana y que, por la tarde o incluso en horas laborales se convierten en preparadores subrepticios de oposiciones para lo que no piden la compatibilidad ni declaran a Hacienda lo que ganan. Mucho menos me gustan quienes lo consienten. Esas actitudes son antivocacionales, además de ilícitas y constituyen un mal ejemplo para el ciudadano usuario de la justicia. Son secretos a voces a los que nadie pone coto y nadie lo hará».

«Tampoco me gusta el tipo de juez irascible, engreído, endiosado en su propio cargo que trata con desprecio a los funcionarios, justiciables y abogados. En cualquier órgano judicial nos encontramos con sujetos que se consideran investidos de imperium y no de auctoritas y que de jueces sólo tienen el nombre, que olvidan que integran un poder el judicial obligado a garantizar los derechos de los ciudadanos desde la independencia, la imparcialidad y la legalidad».

«El juez, como la mujer del César, no sólo tiene que ser honesto e imparcial, sino también parecerlo, porque esa misma apariencia es la que trasmite tranquilidad al justiciable y si no lo hace hay mecanismos (la recusación) para apartarlos del caso».

«Después de tantos años en la Audiencia Nacional de golpes, tensiones y frustraciones he tenido la tentación de dejarlo todo. Pero hay como una especie de hilo invisible que me sujeta al cargo. Hay determinadas investigaciones que sólo yo puedo coordinar porque cruzo gran cantidad de información judicial con mis ideas y puedo hacer un mapa más completo y preciso de las situaciones, pero es necesario no actuar de forma exclusiva y excluyente».

Quien así habla  es ¡nada más y nada menos! que Baltasar Garzón y estos son fragmentos de su libro «Un Mundo sin miedo» que se publicó en febrero del 2005, en el que relata a modo de conversaciones con su hijo su experiencia en la Audiencia Nacional. Un hallazgo que ha desempolvado Esther Esteban y que lo explica así:

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