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Entre Andorra y Gibraltar La fiera Naturaleza

Miguel Higueras 01 Ene 2011 - 14:09 CET
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Miguel Higueras.-
La naturaleza es como la cordera que Silverio Franconetti crió en su rebaño: se volvió fiera de tanto acariciarla.
La gente de Écija, Lora del Río y Palma del Río, que oyeron ya en sus cunas la letra de la serrana de Silverio, necesitan un responsable de las inundaciones que desde hace dos años los arruinan.
Temen que la culpa de que Genil y Guadalquivir, tan apacibles y moderados de ordinario, se desmelenen año sí y año también, sea de los ecolojetas.
Esta es tierra de gente que piensa y medita porque, sin gran esfuerzo físico, se obtiene mucho prestigio.
Pensar, sin embargo, no es coser y cantar: requiere tiempo, serenidad y digestiones sosegadas por lo que la sospecha de que los ecolojetas sean culpables de las riadas no es, por ahora, más que un barrunto.
Algún Averroes o Séneca formulará algún día de manera incontrovertible la teoría que todavía sólo es pálpito: que si el hombre sirve a la Naturaleza en vez de servirse de ella, tiene que aceptar sus caprichos y su tiranía.
Por una vez en su vida, sin embargo, el filósofo que ha de sustanciar la relación entre el mimo del hombre a la Naturaleza y el pago que recibe el ser humano debería apresurarse, porque hay impacientes dispuestos a llevar a la práctica lo que solo son por ahora teorías.
Dicen que, cuando Genil y Guadalquivir recibían sin depurar las aguas residuales de las poblaciones por las que discurren, se desbordaban cada cinco o seis años pero que, desde que las depuradoras funcionan, se salen de madre cada año, y hasta hay años que repiten.
Recuerdan que cuando se podían usar toda clase de herbicidas, insecticidas y abonos, el hombre y la Naturaleza convivían razonablemente, lo que acabó al prohibirse los considerados excesivamente contaminantes.
Tarajes, zarzamoras y yerbajos de las orillas de los ríos, que tanto gustan a los ecolojetas, puede que sean las primeras víctimas de este movimiento insurreccional en ciernes. Los que quieren arrancarlos dicen que serán muy bonitos, pero que sus raíces y ramas estorban y frenan el curso.
Como en toda reacción popular de descontento, en la de los afectados por las inundaciones hay también radicales: exigen que se premie al que más contamine, que se defina el progreso como “la capacidad de transformar la naturaleza” y, desde luego, que se prohíba la exhibición de películas de Walt Disney.
Dicen que esas películas enajenan las mentes infantiles porque les hacen creer para el resto de sus vidas que los animalitos, en vez de servir para que las personas humanas se los coman con arroz, hablan y dicen tantas tonterías como las más humanas de las personas.

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