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El asqueroso negocio de la pornografía infantil (y IV)

Magdalena del Amo 23 Oct 2011 - 12:25 CET
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Vésase: «El asqueroso negocio de la pornografía infantil (III)»

Algunos países, entre ellos Suecia, ya han empezado a considerar seriamente este problema. En los congresos mundiales contra la explotación sexual de los niños celebrados en Suecia y en España se dieron cita organizaciones no gubernamentales y delegaciones de todos los países para debatir y denunciar al mundo la problemática existente en torno al tema. Durante la primera conferencia se establecieron los perfiles de las víctimas, de los explotadores y de los consumidores.

Los explotadores son, generalmente, de edad madura, profesionales respetables conectados con redes internacionales de tráfico de niños, pornografía infantil y –a veces—drogas. En algunos casos tienen contactos con ciertas autoridades locales, empleados de las industrias turísticas y, en ocasiones, tienen alguna relación con los padres de las víctimas.

Los clientes de este material pornográfico responden al perfil de personas con un alto poder adquisitivo que viajan constantemente, aunque hay que considerar los nuevos perfiles conformados en los últimos años debido al relativismo moral imperante en la sociedad actual, que presenta el sexo como un producto de consumo y placer.

Aunque el número de hombres pedófilos es mayor, el incremento de mujeres es notorio en los últimos años. Y si bien existe la creencia generalizada de que esto es algo privativo del universo homosexual, no es así en realidad. La incidencia de consumidores heterosexuales es mayor que la de gays, aunque éstos son por naturaleza más exhibicionistas.

Las víctimas suelen ser niños raptados, cedidos por sus padres a cambio de dinero, sacados de orfanatos o de la calle, procedentes de familias muy humildes o desestructuradas. Las secuelas psicológicas, mentales y físicas que estas prácticas dejan en ellos son terribles. En el caso de las niñas, los abortos son constantes. Éstas son algunas de las secuelas que padecen estos niños:

– Depresiones agudas acompañadas de tendencias suicidas.
– Baja autoestima.
– Percepciones distorsionadas del sexo.
– Un gran sentimiento de sacrificio y entrega sin nada en retribución, especialmente en los niños en situaciones de esclavitud y servilismo.
– Poca capacidad de atención y aprendizaje, memoria falible.
– Distorsión de la realidad a través de la fantasía, el sueño o la disociación.
– Alta dependencia de los explotadores, sensación de alienación y completo servilismo.
– Un profundo sentimiento de culpa. (Lo sufren especialmente quienes no fueron raptados o forzados y decidieron por sí mismos dedicarse a la pornografía o a la prostitución. Se refiere a los menores que acceden voluntariamente sabiendo lo que hacen).
– Incapacidad para creer en nadie.
– Fobias múltiples; miedo al sexo; a la violencia o a ser vendido/a de nuevo (en caso de ser éste el modo en que entraron en contacto con los proxenetas); temor a los hombres (en el caso de las niñas); a la violencia, al amor y a volver a casa.
– Hay otros comportamientos, como la automutilación, la agresión física y sexual, fuertes ataduras a los sentimientos y búsqueda de atención.

Cada vez es mayor el número de asociaciones que abogan por una colaboración internacional en conjunto, al tiempo que piden un endurecimiento de las penas para aquellos que utilicen a menores para prácticas sexuales de cualquier índole. Entre las propuestas, algunas conseguidas y otras perdidas en la mesa de cualquier despacho, destacamos las siguientes:

– Internet. Pornografía. Sancionar todas las formas de producción, distribución, difusión y consumo de material pornográfico. Denunciar actividades sospechosas relacionadas con la prostitución, tráfico y abuso de menores, también en los medios de comunicación. (No se cumple).
– Turismo sexual. Vigilar las ofertas a destinos “exóticos” que pudieran ser sospechosas. Controlar el acceso a hoteles y aeropuertos de menores nativos acompañados de adultos extranjeros. (No se cumple).
– Redes encubiertas. Investigar a las empresas sospechosas de encubrir violaciones de los derechos del niño (servicio doméstico, trabajo de niños, adopción internacional, etc.).

Ante este tema tan serio, los legisladores siguen tan tranquilos y parecen no darle importancia. Algo se ha hecho pero no es suficiente. Da la impresión de que determinados temas relacionados con las mujeres o el mundo de la infancia no tienen el calado suficiente, y en lugar de ponerles remedio, se aplican parches y lavados de cara. Mucho nos tememos que, al igual que ocurrió con las drogas, la pornografía infantil se convierta dentro de poco en una terrible pandemia social sin solución.

Los países avanzados son los que aglutinan un mayor número de consumidores de pornografía infantil. Según investigaciones de psicólogos y psiquiatras estadounidenses, Estados Unidos está a la cabeza, seguido de España, Holanda, Alemania, Hong Kong, Bélgica y otros países europeos y asiáticos del Primer Mundo.

La mejor manera de luchar contra esto es con unas leyes adecuadas a los tiempos. No estamos pidiendo censura para internet pero además de organizar a las Fuerzas de Seguridad del Estado para luchar contra esto, sí pedimos, y así lo hacen las diferentes asociaciones para la defensa del menor, que se tengan en cuenta los siguientes puntos:

– Que se reintroduzca el término “corrupción de menores”.
– Que todo lo relacionado con la pornografía infantil (distribución, venta, tenencia, etc.) sea constitutivo de delito grave.
– Un consenso general para promover en ámbitos internacionales el reconocimiento de “crímenes contra la humanidad” los abusos cometidos por los pederastas.
– Que se realice un censo de pederastas (igual que existe un censo de terroristas).

Referente a este último punto, el Parlamento debería aceptar una excepción en la Agencia de Protección de datos, en lo que se refiere a los pederastas. Es decir, que la policía pudiera tener un banco de datos de las personas que se mueven en el mundo de la pederastia o han cometido delitos en esta materia, e incluso, que se pudiera suministrar, con la debida precaución, a las ONGs que luchan por los derechos del niño. En algunos países se está haciendo así para controlar un fenómeno que si no lo enfrentamos decididamente se nos va a ir de las manos. La colaboración entre la Policía, la Administración y las ONGs debería facilitar esa excepción de proteger la intimidad de los ciudadanos, protección de la que se aprovechan los cada vez más numerosos adictos al sexo y al comercio sexual con niños.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora
Directora de Ourense siglo XXI
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
www.magdalenadelamo.com
✉ periodista@magdalenadelamo.com
(17/10/2011)
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