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La paciencia del talibán

Aitor Yuste 09 Feb 2012 - 16:47 CET
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A mediados de los años noventa, privado de su pasaporte saudita y casi completamente arruinado tras una estancia en Sudán que había terminado de forma brusca y tormentosa, llegaba a Afganistán Osama bin Laden. A bin Laden le gustaba Afganistán: allí había luchado contra los soviéticos durante los años tal vez más duros y felices de su vida y allí también había forjado no pocas y duraderas amistades. Sin embargo, a los nuevos dueños del país, los talibanes, Osama bin Laden no les interesaba lo más mínimo: ya no era rico, ya no era influyente, y ya no era necesario.

Mas los tiempos en los que EEUU y la URSS habían jugado su última mano de la Guerra Fría sobre su nación habían pasado, y en su lugar, una nueva pléyade de naciones les habían sustituido en su papel de mentores: Irán, padrino de los chiítas hazaras afganos, Uzbekistán, protectora de la minoría uzbeca, los ricos países del Golfo, como Arabia Saudita, en todo momento prestos a financiar a los islamistas más integristas y, desde luego, Pakistán, siempre celoso de la estabilidad y el control de su vecino del Noroeste, su última base defensiva en caso de un conflicto con la Inda.

Y todavía más allá de todos estos agentes, aún quedaba otro: los servicios secretos pakistaníes, el ISI, quien había forjado una red tan profunda y tupida de amistades sobre Afganistán tras años gestionando en exclusiva y a su albedrío las ingentes masas de dinero que los EEUU habían aportado para la guerra contra los soviéticos, que hacía tiempo que había dejado de convertirse en un instrumento del gobierno de su país para obrar de forma completamente autónoma si lo creían conveniente.

Los talibanes, mezcla de ejército étnico, pastún en este caso, y movimiento religioso, supo ganarse en seguida el favor tanto de pakistaníes como de árabes. Y también del ISI. Unos apoyos decisivos que, unidos a sus promesas de seguridad y estabilidad para los afganos, les permitieron hacerse con el poder en casi todo el país. Aunque, claro, al precio de tener que ceder a sus padrinos parte de su independencia, pues sin ellos no eran nada más que otro de los muchos bandos enfrentados.

Así, pese a que a los talibanes Osama no les gustase, cuando Arabia pensó que en Afganistán bin Laden estaría controlado y el ISI vio en su llegada una oportunidad magnifica para reconstruir los viejos campos de entrenamiento muyahidines en los que poder forjar toda una remesa de guerrilleros que enviar posteriormente a Cachemira, no hubieron de presionar mucho para que sus protegidos terminaran aceptando su presencia de forma obediente.

Sin embargo, ni Arabia, ni Pakistán ni, por supuesto el ISI, confundieron jamás Al Qaeda con los talibanes. Los unos eran, en el mejor de los casos, un instrumento táctico y peligroso, los otros en cambio un estratégico y fiel aliado. Prueba de ello es que, diez años después de que ambos grupos fueran expulsados de Afganistán por las fuerzas conjuntas de la Alianza del Norte y el ejército de los Estados Unidos, Pakistán sigue brindando cobijo a los talibanes, mientras que no hay mes que soldados suyos no mueran en combates contra miembros de Al Qaeda.

De esta manera, aunque alejados aún del poder, de su país incluso, los talibanes disfrutan de una posición muy cómoda en sus refugios pakistaníes. Mientras los EEUU y Occidente quieren abandonar ese avispero, el Gobierno afgano se hunde en la corrupción, los señores de la guerra aún imponen su ley en sus feudos y la inseguridad campa a sus anchas por toda la nación, ellos se limitan a esperar y a dejarse querer.

Saben que tarde o temprano volverán a su país… y lo malo es que no parecen estar nada equivocados.

Carlos Aitor Yuste Arija

Historiador

Sígueme en twitter: @aitoryuste

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