La Casa Real, la casa del Rey, la Familia Real o la familia del Rey —distinciones que tanto gustan a Jaime Peñafiel—, se está gastando un pastizal en asesores. Se dijo hace unos días en uno de estos programas del corazón que lo copan todo, que la infanta Cristina y Urdangarín habían contratado a un equipo de asesores de imagen para mejorar la pésima opinión del público sobre el matrimonio, que ni siquiera pueden sacar de paseo al perro sin llevarse una insultada. No será fácil hacer olvidar a los súbditos lo que toda España tiene presente: su imputación en el caso Noos y su fianza millonaria. Los asesores del Rey también están echando el resto, e intentan hacer milagros para que “lo que es” parezca otra cosa. No sé si lo conseguirán, pero una monarquía es mucho más que imagen; aunque los expertos en técnicas de manipulación de masas son capaces de domeñar la opinión pública, en una suerte de juego de prestidigitación. En este caso podríamos decir que es “pagar para que nos engañen”.
Los discursos son eso, discursos. Pero el del Rey siempre es esperado. Lo era el del 2011, por la crisis, las esperanzas en el nuevo Gobierno recién constituido, y por el morbazo del yerno, la hija, el chalet de Pedralbes, en fin, todo el asunto judicial pendiente del “caso Urdangarín”. Y esperado era el de este año, un “annus”, que si no “horribilis”, poco le falta. Para todos y especialmente para la Monarquía.
La sorpresa de este año fue su puesta en escena. Ambientación familiar y cálida, pero al Rey le han quitado el trono. Le han hecho estar de pie en plan “guay”, en el filo de su escritorio, al estilo del profesor molón que abandona su silla para eliminar barreras e igualarse a los alumnos. Me dio pena verlo allí, recién operado, en la incomodidad de la postura ad hoc, impuesta por el asesor progre.
Los tres grandes problemas de España que el Rey destaca, crisis ecónómica, crisis política y unidad de España, evidentemente lo son. En cuanto a esto último –se refiere a Cataluña, aunque no lo dijo de manera expresa— habría que decirle al monarca: “too late, Majestad”, demasiado tarde; y recordarle que, aunque los problemas de unidad territorial vinieran de atrás, porque el independentismo es un bacilo que está ahí y que se activa en situaciones propicias, fue Zapatero –y todo el equipo socialista— quien más favoreció el independentismo catalán apoyando un estatut anticonstitucional, votado por unos cuantos exaltados. Habría que recordarle al Rey también que la gran deuda económica de España es la herencia de Zapatero; es decir, de aquel que, según palabras del propio Jefe del Estado, iba por buen camino y sabía bien lo que hacía. Y ¡qué decir de la crisis política! Reivindica el retorno a la política grande que se escribe con mayúsculas. Haría falta para ello una fumigación profunda hasta eliminar todas esas listas de imputados y evasores fiscales que todos conocemos. Es evidente que los españoles no están dispuestos a comulgar con ruedas de molino y a seguir aguantando a políticos corruptos. Sin embargo, nuestro Rey no habló de corrupción, ni tampoco de paro, ni de desahucios, tres gravísimos problemas. Y a los bancos quebrados, ni citarlos. Como tampoco habló de la crisis moral que es la auténtica causa del resto de las crisis. Sí le lanzó una indirecta a Rajoy al señalar que austeridad y crecimiento deben ser compatibles y que hay que generar estímulos para crear riqueza.
Condolencias y flores para los españoles. Que somos fenomenales y sufridos, capaces de pasar hambre y penurias y también de protagonizar grandes hazañas, está demostrado. Y que de esta crisis saldremos, también. ¡No hay mal que cien años dure! Ni siquiera la “guerra de los cien años” duró tanto. Visto de manera colectiva y desde la perspectiva histórica se puede aceptar. Pero no debe olvidar el Rey y cuantos gustan de arengar con grandes palabras propias de la literatura épica, que cada parado –y son casi seis millones—, cada desahuciado –son muchos miles—, cada víctima de las preferentes –también miles—, cada autónomo y empresa que echa el cierre por no poder acceder al crédito de esos bancos cuyos agujeros tenemos que rellenar con el cemento de nuestros impuestos –miles también—, cada uno de estos damnificados, “caídos” en esta guerra que no han declarado, tiene nombre, apellidos y familia. Ellos se merecían una mención en el discurso navideño. No sé si algún día, en un futuro, estas víctimas figurarán en una estela con letras doradas, bajo la leyenda: “Caídos en la crisis más vergonzosa, creada por la ambición y corrupción de los políticos y banqueros”.
Referente a las aficiones del monarca, como ir a cazar osos o elefantes, aparte de no ser estético, no es ético en un país afectado por la crisis. Y si además se hace acompañar por rubias despampanantes, peor aún. Si no lo admitimos de nuestros políticos a los que, con acierto o sin él, ponemos y quitamos a través de las urnas, menos en él, que ahí está, porque sí, porque lo dice una Constitución que muchos quieren reformar porque les hiere, entre otros puntos, el anacronismo de la institución hereditaria. Por eso, hoy más que nunca, tiene que merecerlo, haciéndose necesario y teniendo una conducta ejemplar. Y en los últimos tiempos, la Monarquía no cumple con el arquetipo. De modo que, menos asesores y más ejemplo
___________________
Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
✉ periodista@magdalenadelamo.com
☆ Suscripción gratuita
(25/12/2012)
.
Más en Opinión
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home