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Miguel Higueras 08 Ene 2013 - 20:45 CET
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La figura retórica conocida por sinécdoque se emplea para extender a la totalidad de algo las características de una de sus partes.
Permítaseme emplear el caso del telefonista del Samur como sinécdoque ilustrativa del carácter de todos los españoles actuales y de su manera de entender la vida.
Explcó la displicencia con que contestó a la angustiosa petición de ayuda de la amiga de una de las víctimas con la disculpa de que era chófer de profesión y no operador telefónico, pero no dudó en aceptar el puesto cuando se lo ofrecieron, ni renunció al salario correspondiente.
El del operador del Samur, lejos de ser un caso aislado en España, parece lo habitual: aceptar el salario del empleo, pero sin asumir la responsabilidad por inepcia, descuido o error.
Si algún escrupuloso adujera que una golondrina no hace verano, seamos ornitólogos por un día e identifiquemos a otros pájaros de parecido plumaje:
Angel Acebes, Ministro del Interior, se enteró del atentado terrorista de Atocha que costó 200 vidas cuando los trenes explotaron, permitió que se destruyeran pruebas e ignoró el robo sistemático de explosivos en una mina asturiana.
Felipe Gonzalez Marquez, presidente del gobierno al que sus colaboradores montaron, sin que se enterara, una organización antiterrorista ilegal, una trama para financiar ilegalmente a su partido, nombró jefe de la guardia civil al delincuente Luis Roldán al que ayudó a huir con casi once millones de euros el colaborador de interior Francisco Paesa que cobró 1.800.000 euros al ministerio del interior por denunciar el paradero que facilitó la captura.
José Luis Rodríguez Zapatero: a pesar de que todos le avisaban que la crisis económica había estallado, siguió derrochando fondos públicos y endeudando al Estado hasta que instituciones y países acreedores y gobernantes de países extranjeros lo forzaron a adoptar medidas, que por su capricho fueron inadecuadas) para enderezar el rumbo.
Miguel Angel Fernández, cobró desde 2006 a Junio de 2010 un salario de 194.148 euros anuales y, desde entonces hasta su dimisión, 165.026 euros. Dimitió para poder seguir cobrando, durante los dos años que le quedaban de mandato, 11.000 euros mensuales. Si hubiera sido cesado plor el gobierno, no los hubiera cobrado.
Para no aburrir citando aves de plumas parecidas, aunque de más lustre que las del telefonista del Samur, sería oportuno mencionar a los presidentes Chaves y Griñan , así como a los consejeros que cobraron por enterarse, y no se enteraron, del latrocinio de los ERE.
Golondrinas veraniegas son los consejeros y directivos de Cajas de Ahorro nombrados por sus partidos y sindicatos que cobraban 313.000 euros anuales y, cuando se declaró la quiebra de la caja, adujeron que no devolvían el dinero cobrado porque no se habían enterado de las decisiones que causaron la ruina.

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