¡Esto clama al cielo! El proyecto de los Juegos Olímpicos, la remodelación de las millas de oro de la capital en plan Carlos III, la adecuación del palacio de Correos para la alcaldía, suntuosos despachos al estilo de los dictadores africanos, regalos a amigos y demás desaguisados de sonrojo, han dejado el Ayuntamiento de Madrid arruinado y endeudado para los restos. Si a esto le añadimos los programas de recortes llegados de la mano de la crisis, para qué queremos más.
Cuando la crisis moral y la económica confluyen, los perdedores siempre son los mismos: los más desfavorecidos y los paganini, léase colectivos bajo el umbral de la pobreza, trabajadores y autónomos. Basta echar una mirada a las satrapías del Tercer Mundo para comprobar que cuanto más pobre es el país –y no precisamente por falta de recursos— más relumbran los palacios y los coches de sus dirigentes. La crisis actual del Primer Mundo ha puesto en jaque nuestro Estado del bienestar, y eso nos ha hecho reflexionar sobre las cuentas públicas y ser mucho más exigentes con nuestros gestores y el destino de nuestros impuestos. Aunque, para nuestra desazón, la realidad es tan visible que no es necesario hacer análisis demasiado profundos.
España está sufriendo una gran crisis, pero los políticos siguen teniendo el mismo número de asesores, o más; los chiringuitos, en forma de órganos consultivos, que sirven para muy poco, salvo para colocar a los amigos y afines, lo mismo; las partidas a ciertos medios de comunicación en la ruina, para comprar titulares, son de escándalo; las de los sindicatos, patronal y partidos políticos, siguen vigentes; los privilegios en forma de jubilaciones, pernoctación, menús y copas en las cámaras, coches oficiales con chofer, ADSL en el domicilio, teléfonos y tablets de última generación, viajes en business… y un largo etcétera que configura una casta dirigente cada vez más aislada de la sociedad y sus necesidades. Porque, la cruda verdad es que mientras la casta no se ha privado de nada desde que empezó la crisis y continuó aumentando su patrimonio, la clase media trabajadora está sufriendo los recortes en sus carnes, en forma de copago farmacéutico, listas de espera interminables, cierre de plantas y quirófanos, restricción de medicamentos más eficaces –sobre todo, en los casos de cáncer— porque son más caros, reducción del número de médicos especialistas y de personal de enfermería… Hago insistencia en la sanidad porque, hasta hace muy poco, nuestro sistema de salud era de los mejores del mundo y, entre unos y otros, lo están desmembrando y repartiendo las partes entre amigos y afines políticos; me refiero a las polémicas privatizaciones, vendidas bajo el epígrafe eufemístico de externalizaciones. Y podíamos seguir, con la educación, la supresión de frecuencias de trenes y autobuses, la eliminación de las partidas sociales a las asociaciones del sida, alzheimer… Todo ello porque hay que ahorrar. Otros damnificados son los dependientes que han visto recortada su prestación en cerca de un 40%. ¡Porque hay que cumplir con el déficit! En medio de esta situación tan deshumanizada y diabólica es normal que la presunta corrupta Christine Lagarde diga que los viejos viven mucho y hay que hacer algo. ¡Justo como en la Alemania nazi!
LOS POLICÍAS DE LA ARGANZUELA NO TIENEN DUCHAS
Las fuerzas del orden también son víctimas de los recortes y, posiblemente, de algo más, me refiero a ese mal endémico llamado corrupción. Tenemos una investigación abierta, a ver hasta dónde podemos llegar. La Unidad de la Policía Local del distrito de Arganzuela, de Madrid, está formada por 150 agentes, distribuidos en tres turnos. Lo que está ocurriendo desde hace ya bastante tiempo, es de no creerse. He aquí un breve histórico de la situación. Hace unos años se construyó el edificio y, según parece, a la luz de los resultados, se escatimó en calidades, y en materiales y uso de los mismos. Como consecuencia se han producido una serie de hechos concatenados, a los que nadie les da solución. Las duchas dejaron de funcionar al poco tiempo y actualmente solo funciona una con agua fría. Debido a este funcionamiento irregular de las duchas y sus desagües, la planta de arriba se encharca y humedece el suelo que es, a su vez, el techo de la planta baja. El resultado fue que, hace unos meses, se desplomó el susodicho techo, justo en el hall de entrada, sobre el “punto de intercambio” (lugar donde los padres separados que tienen la custodia compartida hacen la entrega de los niños, en presencia de los agentes de turno). Afortunadamente, no había nadie en ese momento y lo que hubiera sido un drama quedó en un simple susto.
La situación actual es que los policías no pueden ducharse. Esto no es una cuestión baladí. Los agentes utilizan chalecos antibalas, lo que les hace transpirar más de lo normal, y eso hace el problema aún mayor. Y este se agrava aún más cuando tienen que trabajar con enfermos y con personas aquejadas de enfermedades contagiosas. En esos casos pueden contagiarse ellos, contagiar a sus compañeros y contagiar a sus familiares cuando llegan a casa.
¿Por qué persiste el problema después de tanto tiempo? ¿No tiene el ayuntamiento un servicio de mantenimiento para sus instalaciones? Ignoramos el motivo de este abandono, a la vez que falta grave por parte del consistorio de la capital de España. La jefa de la Unidad lo ha comunicado en repetidas ocasiones y no han obtenido ninguna respuesta.
La investigación que se está llevando a cabo tiene abiertos varios frentes y unos cuantos interrogantes a los que se busca respuesta: cómo se licitó la obra, a qué empresa se adjudicó, si hubo subcontrata, presupuesto inicial y sobrecoste. Profundizar en las cloacas no es agradable. Aparte de los malos olores, siempre aparecen las ratas en forma de Correas y Marjalizas, de ganchete, claro está, de los políticos de turno. Siempre llevamos mascarillas en el bolso. ¡Por si acaso!
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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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