MADRID 25 Mar. (OTR/PRESS)
El atentado de Bruselas no es un atentado más, después de
Londres, París o Madrid. Es una masacre que desafía a las
instituciones europeas y quiere dejar claro que, cualquiera, en la
Unión puede ser víctima de algo similar. El zarpazo yihadista que
ha golpeado el corazón de Europa en la que se ha calificado allí
como «la jornada más negra desde la Segunda Guerra Mundial» ha
vuelto a poner en jaque la falta de unidad frente a un desafío de
estas características.
Es verdad que después del shock todo ha
sido muestras de solidaridad, pero una vez más cuando la
normalidad vuelva, enterremos a nuestros muertos, y vayan
sanando, poco a poco, los cuerpos mutilados de los heridos,
seguramente el olvido será la tónica que presida el día día hasta
que, otra vez, los bárbaros vuelvan al ataque.
Estos días se ha apelado, y con razón, a la unidad, poniendo el
acento en que este desafío al que se enfrenta Europa no se
puede afrontar de una manera individual, que es necesario hacer
una política común para evitar los errores clamoroso policiales y de
inteligencia que están permitiendo a los radicales cabalgar a sus
anchas y a nosotros nos han convertido en más vulnerables que
nunca. Algunos dicen y, con razón, que aunque hace tiempo que
la Unión Europea no tiene fronteras internas es imprescindible
buscar respuestas europeas porque la inseguridad terrorista
combinada con la crisis de asilo y refugio y el auge de los
populismos puede llevarse por delante el espíritu que hizo grande
Europa. «El desafío -han insistido algunos- requieren medidas
comunes en el terreno militar, policial y de inteligencia», y no les
falta razón, pero el asunto es que nuestras instituciones
comunitarias son una especie de Paquidermo que se mueve
lentamente y tienen muy poca capacidad de reacción hasta que las
cosas llegan al límite.
El tema es que cuando pase el luto de los primeros días y se
ponga sobre la mesa la cuestión de como debemos perfeccionar
nuestros sistemas de inteligencia para actuar contra el ISIS será
imposible llegar a un acuerdo. Si queremos protegernos frente a los
terroristas tenemos que ver la manera de definir una nueva reglas
del juego para poder investigar a los miles de ciudadanos
potencialmente peligrosos sin violar el principio de presunción de
inocencia y seguro que ahí empezarán a surgir las dificultades.
Somos una sociedad avanzada que no quiere utilizar la palabra
guerra frente a quien nos ataca pero más allá del debate
nominalista y de que ellos si están en guerra con nosotros, nos
debemos defender y para hacerlo no podemos empezar poniendo
paños calientes a grandes problemas.
El terrorismo yihadista es salvaje, despiadado, indiscriminado, ataca a nuestro modelo de civilización libre y tolerante con todas las culturas y sobre todo no va a parar.Su modelo de actuación ya no es el de aislados los lobos solitarios sino el de un ejército con una amplia estructura perfectamente diseñada planificada y preparada para hacer hacer daño a Occidente. Tampoco necesitan reclutar jóvenes marginados o pobres, criados en guetos porque han conseguido penetrar en las clases medias de segundas y terceras generaciones de
emigrantes bien formados, a quienes logran convencer de que la
muerte de muchos, le llevará a ellos a un paraíso inexistente.
Aquí hay dos opciones o nos instalamos en el buenísimo con los
manidos argumentos de que las desigualdades históricas de
antaño han traído la guerra hoy, o simplemente nos defendemos de
manera unida y solidaria porque hoy hay sido Bruselas y los hijos
de otros, pero mañana puede ser otra vez España y nuestros hijos
quienes se conviertan en su objetivo de horror y muerte. En su
orgía de sangre y desenfreno para utilizar el nombre de Alà o de
Dios en vano no van a parar y cuanto más tardemos en al darnos
cuenta peor. El desafío es enorme y la respuesta tiene que ser
única o seguiremos llorando a nuestros muertos, poniendo flores y
velas en nuestras plazas y lamentándonos de no haber
reaccionado a tiempo. ¡Basta ya!
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