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Victor Entrialgo De Castro: «Crónica de la cuarentena. Memorias de aquella otra guerra»

Victor Entrialgo De Castro 23 Mar 2020 - 17:09 CET
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Casi tanto como información, las sociedades que viven situaciones de alarma exigen medios de comunicación que las tranquilicen. Sin mentiras, pero que las tranquilicen. Que levanten el velo de la cosa pública, pero que la tranquilicen. La verdad no es sólo la verdad. Es fundamental cómo se cuenta, no vaya a resultar peor el remedio que la enfermedad. El miedo disminuye nuestras defensas.

Están disminuyendo los ingresos publicitarios y eso está determinando en ocasiones un mayor dramatismo en algunas televisiones al hablar del motivo de nuestro confinamiento. Esto, sobremanera en las presentes circunstancias, resulta absolutamente inmoral y merecedor de la más absoluta reprobación social, empezando por cambiar de canal.

No sé aún cómo vamos a contar a las generaciones venideras lo que estamos viviendo. Que fue como de película, sin duda. De ciencia-ficción, parece. Que fue insólito, esperemos.

Nuestra memoria recordará aquellos días de marzo de 2020 cuando nacieron vocaciones abrasadoras de jóvenes que quisieron ser médicos, sanitarios, policías, periodistas, guardias civiles, vigilantes de seguridad, teletrabajadores, voluntarios, mensajeros o particulares que asumieron el reto de exponerse con parecido valor al que otras generaciones sólo vieron en Belmonte o Manolete. O investigadores que corren tras el virus en busca de inventos o remedios como hacía el doctor Alfredo Barboza, el hombre más viejo de todos los hombres y animales de la tierra y del agua que acabará convertido por Garcia Márquez en Melquíades el alquimista de aquellos Cien años de soledad. Nosotros hablamos sólo de unas pocas semanas.

Sin olvidar a los confinados, que han entregado parte de sus trabajos, afanes y tareas alimenticias por defender su vida y la vida de los demás. Nacerán en estos dias ideas y vocaciones abrasadoras, y al salir de nuestras guaridas, habremos de ordenar nuestros recuerdos para poder contar aquellos días que conmovieron al mundo.

A ese mundo que habrá pensado fugazmente que se terminaba, víctima del vértigo de la situación, de la torpeza de unos gobernantes ambiciosos que nunca debieron estar ahí, del poder ambivalente de las tecnologías de la comunicación y de algunos medios sensacionalistas.

Pero no es así. Saldremos en unas semanas. No seremos exactamente los mismos. Ni en número ni en condición. Saldremos un poco peor, pero seremos mejores. Entonces tendremos que construir el relato, las memorias de aquella otra guerra.

La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

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