Es día 1 de Octubre, y se celebra el Día Internacional de las Personas de Edad. Y van 30 años desde que se instituyera la efeméride. Una jornada nada lúdica, poco que celebrar y mucho que reflexionar. Este año toma una gran importancia y es de relieve especial el recuerdo a nuestros mayores. Una conmemoración para los que están, pero nos sirve de memoria para los mayores que nos dejan con motivo de la maldita pandemia, infinidades desaciertos y muchas carencias políticas. No en balde 20.476 personas de la tercera edad han sido víctimas del Covid-19 o síntomas compatibles con la enfermedad, según publica rtve en su página web, recabando datos de las comunidades autónomas, al día de hoy. Esta espeluznante cifra se refire exclusivamente a los fallecidos en residencias de mayores. Unos 5.457 establecimientos en España, bien sean públicas, concertadas o privadas.
Es probable que sea tiempo para hacer recapacitar a gobiernos, ministros, gerentes y directivos de estos centros que acogen a muchos de nuestros padres o abuelos. Ellos, cómo responsables cercanos, deben tomar conciencia de su obligación ante una de las misiones más sensibles de nuestra sociedad. La escrupulosa actividad de asistir a personas mayores debe estar coaligada con la supervisión exhaustiva al personal técnico de cabecera, sanitario, calidad y cantidad de los alimentos. Es dramático conocer maltratos a nuestros mayores indefensas en la intimidad. Es probable que no se trate de actitudes generalizadas, aunque se conocen hechos no aislados. De cualquier manera, un solo caso ya merece el máximo reproche, la indignación y nos vale cómo llamada de atención para vigilar y controlar cada actuación a nuestros ancianos desde todas las vertientes; relación humana, técnico, alimentación y atención médica. Es evidente que se trata de un colectivo profesional cuyo valor es, o debe ser, vocacional y con preparación educacional especial. Sin embargo, en todas las corporaciones siempre aparecen personajes indignos de merecer su cargo o empleo. Estos no representan a la mayoría, pero es imprescindible ser descubiertos por los directivos y responsables de personal. Y esto se hace con dedicación y cumplimiento del deber.
En el capítulo legal de la administración pública, desde las concejalias, consejerías y ministerios, están obligados a mejorar la calidad de vida de nuestros mayores, evitar el abandono y descoordinación que han demostrado con motivo de la pandemia. Muchos usuarios murieron solos, sin atención de ningún tipo y junto a otro compañero inoperante e impotente, que veía atónico cómo se apagaba la vida del vecino de habitación. Escenas crueles y horripilantes que jamás debiéramos presenciar.
En este sentido, cabe insistir en la necesidad apremiante de crear en estas casas-asilos el innegable servicio de atención médica de manera permanente las 24 horas. Centros de atención sanitaria medicalizadas de urgencias. Imprescindible cuando se trata de cuidar a personas, muchas de ellas, aquejadas y con síntomas de enfermedades y diagnosis graves y en estado de debilidad a consecuencia de la avanzada edad. No se entiende cuando, en estos hogares de acogida, solo aparece un médico exclusivamente cuando se requiere in extremis. La supervisión a cargo de la Administración pública exige depurada acción de vigilancia, estudio de necesidades y legislar leyes acordes a la disciplina indispensable que requiere el trato a las personas que ya lo dieron todo y entregaron el relevo a los que estamos comprometidos, moral y legal, a cuidarlos dignamente. Una residencia de ancianos no permite ser un ‘negocio’ de intercambio de monedas.
Este artículo no puede concluir sin recordar a los mayores de otros países o lugares del mundo que igualmente han sido víctimas del virus y los desmanes de su semejante. Para ellos igualmente el pesar y dolor, entiendo de todas las personas de bien, con la esperanza que, instituciones mundiales, europeas y nacionales, no cesen en el empeño de mejorar notablemente. Con la ilusión que así sea, en beneficio de la sociedad y en reconocimiento al sacrificio, penurias y amor hacia otra generación, quede claro que vivimos gracias a ellos. Y quisieron dejarnos lo mejor.
Felicidades a nuestros padres, madres, abuelas y abuelos, las auténticas bibliotecas de sabiduría. Viejitos consejeros que no fallan y siempre estarán.
Más en Columnistas
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home