Si se piensa detenidamente, se podrá deducir con facilidad que este frío es inconstitucional. Dan ganas de echarse a la hoguera. Nos estamos abrazando —dosis de refuerzo mediante— con más asiduidad que nunca. No son excedentes de cariño, son carencias urgentes de abrigo. Mi reino por un calcetín grueso. Eventos de frío anticipados, lo llaman. Chuzos de estiércol caídos del cielo con alevosía. Se fantasea en los hogares con el apaleamiento festivo del hombre del tiempo. O de la mujer. La ensoñación no entiende de géneros. Mi pobre ducado por una bufanda raída.
Los Presupuestos se han aprobado porque pulsar el botón con los dedos azules como carámbanos es una ruleta rusa, un que salga lo que Dios quiera. Así, con las orejas cubiertas de escarcha, no hay quien renueve el Consejo General del Poder Judicial. Con este frío infame no funciona ni el bolígrafo. Cómo van a repartirse equitativamente los fondos europeos con la nariz y el alma encarnadas, de un rojo tan vivo. Cómo va a haber transparencia en el reparto, explíquenoslo usted, si los cristales están empañados. Con estas temperaturas se le congela a uno hasta la ideología.
Vaguada polar, lo llaman. Excremento pelotudo de liebre. Qué difícil rellenar una solicitud de empleo con la vela cayendo y columpiándose en la nariz. Es la hora de comer. ¿Comer cómo, si me tiemblan los dientes? ¿Comer qué? Se enfría la sopa de ajo antes de entrar en la boca. No se piensa con claridad, así no hay quien discurra. No se tiene narices a sostener una tesis. Las deliberaciones se abandonan por flagrante hipotermia: «Déjelo usted, no se moleste, estoy tiritando». Estas rachas de viento helado las carga el diablo, cornudo célebre. Se le sale a usted el pie de la manta a media noche y mañana se lo tienen que amputar. Quiere uno sonreír benévolamente en el ascensor y se le dibuja una mueca de magistrado prevaricador.
Para entrar apresuradamente en calor se recomienda echar un ojo al catálogo de ropa de baño, no por la voluptuosidad de la carne sino por la simbología, por el recuerdo reciente, por el mecanismo interno de adaptación, que se dispara solo. El encamamiento, no obstante, se aplaza hasta nueva orden. Ser varón y que lo puedan sorprender a uno en pelota, camino de la ducha, expuesto a las inclemencias de estos aires afilados, es un riesgo innecesario de padecer encarnizada burla, de sufrir infinita ignominia. Los genitales masculinos y la estrategia cobarde del caracol. La gruesa y aterida cola de doña Manolita inspira gran respeto.
Los negacionistas del cambio climático, mucho ojo con esto, se están agarrando al clavo helado, se están subiendo otra vez al burro, blandiendo un témpano amenazador: «El casquete no —argumentan, envarados—, lo que se va a derretir es la bendita madre de usted». Combatir ahora sus teorías es ardua faena. Lo cierto, lo impepinable, es que algún sinvergüenza, de naturaleza malparida, nos ha hurtado a traición el otoño.
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