Llegan sin meter ruido, pero de Helsinki hasta Estambul, de Mogadiscio a Ciudad del Cabo, no hay ciudad que no tenga un barrio chino.
Mientras llegan los demás, el mundo sigue, cada vez menos, en manos de Biden, un tío simpático con alguna dificultad, mientras averiguamos si es él el único interesado o hay otros que le obligan a permanecer en el despacho oval. Y sobre todo en manos de Putin, el señor de la guerra, a quien sucedió algo parecido cuando los oligarcas fueron a la KGB a buscar un mayordomo y salieron con un okupa.
La diferencia fundamental es que Biden tiene don de gentes y Putin, como Sanchez, no hace migas más que consigo mismo pues, en los dos, el narcisismo es máximo, como el de cualquier dictador. Pero si algo teme un dictador, mientras reune la tropa en Ferraz para entretenerla con cambios, es la presencia de un infiltrado.
Vamos a descubrirlo, no tenga duda un poco más abajo, pero lo que resulta extraño es que un pueblo, distraído por las televisiones, se haya olvidado de salir a la calle a protestar frente a un «golpe de estado continuado». Eso sí es «una dejación», «una negligencia histórica» aunque «el único culpable de lo que está pasando no tenga nada que ver, porque si no es culpa de Putin, es de Franco y si no del cambio climático, que «es letal», como le dicen que repita, porque ha venido para acabar con toda responsabilidad política.
En el Reino Unido mientes y te vas a casa pero en España puedes hacerlo una y mil veces, dejarle el Falcon a los amiguetes y luego irte de vacaciones, a preparar la siguiente.
Algunos dicen que la infiltrada es «orejas de soplillo» que no pudo ir al viaje de estudios y ha ido luego a » escuchar» a Nueva York, lo que han aprovechado el coletas y las escobas voladoras para mandar a Lily Calzaslargas a pillar un flotador, una secretaría de estado de a 180.000 euros, más la subvención durante dos años y de paso recoger, con este fin, en una balsa a los cuatro que van a sobrevivir al naufragio de Podemos.
A Santiago siempre le quedará la Habana. Allí acaban de aprobar el nuevo código de familia y hablan,- siempre bien eso sí,- de la revolución, pero al menos hablan. Aqui, lo mismo los pelotas de Sanchez que los chiripitifláuticos, hijos todos de papá Estado, sólo van a los eventos de palmeros. Lo que no saben estos que tanto aplauden desconfiados, es que «el Infiltrado» es Él, que los dejará a todos tirados.
Luego vienen los italianos y en medio de una «crisis inflacionista», echan al especialista. Y en plena guerra en Europa, los burócratas y algunos gobiernos, como el del pirómano bombero, en lugar de resolver en una mesa sus disputas, mira que no habrá en Bruselas, -mesas me refiero-, en lugar de su unidad, muestran su división. Lo que quería Putin. Los mismos que pedían unidad y afirmaban que iban a estrangular su régimen, montan estos numeritos y enseñan el trasero al maléfico Lavrov.
Así que mientras llegan los chinos,
¿en qué manos está el mundo? Juzgue usted querido lector. Puede ser que, desde luego sin querer y sin mandato suficiente, hayamos erroneamente encomendado el gobierno a toda esta gente. Premisa, la mayor, que niego rotundamente.
Pero aun si ese fuera el caso, haríamos mal si junto a nuestra deuda y malestar social le encomendásemos también nuestro espíritu. Porque mientras llega el momento, -y ya estamos tardando,- de echar al infiltrado y sacarlo de los pelos, necesitamos conservar un mínimo de ingenuidad para seguir resistiendo.
Víctor Entrialgo
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