Ya empezamos a estar hartos, al menos algunos, de oír en casi todas las cadenas televisivas –nacionales e internacionales—los recientes y habituales discursos políticos que, con motivo de sus investiduras, los nuevos presidentes de algunos estados iberoamericanos suelen atacar con descaro e impunidad a España en la persona de nuestro Rey, Don Felipe VI, usando –como una inexcusable excusa—la mítica “Leyenda negra” de la España esclavista, colonialista y opresora de los pueblos indígenas iberoamericanos. Desde entonces venimos preguntándonos ¿Qué sucedió realmente en América tras la llegada de los primeros colonos españoles? ¿Fue en sentido estricto un genocidio sistemático o, por el contrario, se inauguró una etapa de orden, fe y progreso? Hoy, por hoy, la polémica continua servida, pero, tal vez, los argumentos y las respuestas siguen sin ser sencillas.
La “leyenda negra” engloba un conjunto de creencias en torno a la presunta barbarie del imperio español entre los siglos XVI y XVII, sobre todo a partir de la llegada a América, en 1942, de Cristóbal Colón. Esta leyenda ha perdurado intencionadamente en el tiempo contra viento y marea y ha dañado muy profundamente la reputación de España y de sus reyes –no solo en América sino también en Europa—y todo gracias a la colaboración, activa y presumiblemente involuntaria, del sevillano fraile dominico Bartolomé de las Casas. Con su obra “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” (1552) denunciaba las atrocidades cometidas por los conquistadores a los indígenas. Su gran error fue el agrandar los datos para conmover a su principal lector, el Rey de España, y conseguir de él una política más activa y empática en favor de los nativos; sin embargo su alegato –traducido al holandés, francés, inglés y alemán—se difundió ampliamente por Europa y también fue leída muy atentamente por los enemigos del momento. Se comenta que alguna edición extranjera se complementó con truculentas ilustraciones en las que los españoles se comportaban como salvajes frente a unos nativos desnudos e indefensos.
Para colmo, circularon algunas versiones muy liberales acerca del número de víctimas proporcionado por el dominico, llegando incluso, en la edición de Londres de 1698, a hablar de cuarenta millones de nativos muertos a manos de los españoles en el Nuevo Mundo, cifras a las que no llegaron ni Stalin ni Hitler juntos, en sus peores momentos. Había nacido la “leyenda negra antiespañola”. Livi Bacci, uno de los más documentados y razonados historiográficos, ha demostrado que fue una interacción multicausal la que desencadenó el desastre: desde los malos tratos de los conquistadores a la aparición y circulación de nuevas enfermedades desconocidas para los nativos y para las que carecían de defensas naturales, como el sarampión y la viruela. Es un hecho irrefutable que las epidemias provocaron muchas más muertes que el hierro de las espadas españolas.
Aunque los primeros conquistadores españoles se hubieran empeñado tenazmente en cometer un tan magno genocidio, les habría sido imposible conseguir este objetivo, dado el escaso número de hombres y las limitaciones de la tecnología militar de la época. En realidad, la caída de imperios tan poderosos, como el azteca, inca o maya, es impensable sin la colaboración de otras etnias rivales. Hoy día, gracias a las diversas corrientes historiográficas sabemos que la leyenda negra –teoría conspiratoria que afirma la existencia y difusión de propaganda anticatólica y antiespañola—se remonta al siglo XVI cuando fue originalmente un arma política y psicológica usada por los eternos rivales noreuropoeos de España para demonizar el vasto imperio español, sus gentes y su cultura, para minimizar los grandes logros y descubrimientos españoles y para contrarrestar su influencia y poder político en los asuntos mundiales. Se trata de un cúmulo de falacias y de medias verdades retorcidas vertidas –especialmente desde fuera de nuestras fronteras—para desprestigiar la colonización y cualquier vestigio español y tildarlos de seres salvajes, sin conciencia ni escrúpulos y de sanguinarios conquistadores que arrasaban todo lo que encontraban a su paso en los nuevos territorios en los que desembarcaban sus tropas.
A pesar que la historiografía ha barrido muchos tópicos, la leyenda negra ser resiste a desaparecer porque la imagen negativa de España y la actitud derrotista de los españoles, ante su propia historia, persisten y llenan de sombras más que de luces la conquista y la colonización de América. Genocidio, exterminio y holocausto –términos usados en un artículo de EL País, publicado en 2016, y refiriéndose a la llegada de los españoles en 1492 a América—son los auténticos responsables de que aún, hoy día en la segunda década del siglo XXI, la sombra de la mítica y legendaria leyenda negra no solo persista, sino que además, encubra la auténtica y real historia de España en la colonización del Nuevo Mundo.
En los últimos años –por diversas circunstancias– la conquista española de América parece estar muy de moda y nunca falta en los discursos de investidura de casi todos los nuevos presidentes de los países iberoamericanos, como han sido los recientes casos de Méjico, Perú y Colombia. Estos –amparados y cubiertos por la cálida y “buenisma” piel de los movimientos indigenistas—se comportan como auténticos tiránicos reyezuelos sin nada que envidiar a sus antepasados. Pese a los deslumbrantes exponentes de estas civilizaciones –palacios, pirámides, templos y acueductos, su escritura jeroglífica, su extensa y adelantada administración, sus deslumbrantes conocimientos matemáticos, astronómicos y su evolucionada agricultura—su particular leyenda negra deja, pequeña y casi fuera de rango, a la de los conquistadores españoles que, de hecho, se quedaban horrorizados al conocer los hábitos de rituales de canibalismo y de sacrificios humanos.
La última ofensiva del presidente mejicano, André Manuel López Obrador, prolonga en el tiempo toda una serie de disputas desde el inicio de su mandato como parte de su cicatera y polarizadora estrategia política con España. La demanda hecha al Rey de España –solicitándole oficialmente sus disculpas por hechos ocurridos hace más de medio milenio—puede resultar, sino ofensivo, que también, sí , al menos, chocante , hilarante y muy inoportuno. En marzo de 2019, apenas tres meses después de tomar las riendas presidenciales de Méjico, inauguró su primer rencoroso y diplomático desafío enviando una carta al Rey de España en la que le instaba a reconocer los atropellos y barbaries –según las autoridades mejicanas– cometidas contra los pueblos mayas y aztecas, durante la conquista de Hernán Cortés– y a pedir “reales” disculpas por ello.
Durante la conmemoración en 2021 de los 500 años de la derrota de los “mexicas” –que además hizo coincidir con los 200 años de la consumación de la independencia—volvió a la carga afirmando: (…) “Hay quien dice que lo que pasó entonces, ya se ha olvidado. No es así, porque hay todo un movimiento ideológico de gentes que derriban estatuas, como las de Junípero Serra, Colón y otras similares. Esto es señal inequívoca de que esos sentimientos todavía existen y de que Méjico ni olvida ni perdona”. Antes de esto, en 2010, ya había encontrado otro flanco por donde golpear a la “Madre Patria”, ya que durante los primeros movimientos politicoeconómicos para modificar el mapa del sector energético –para darle más peso a las empresas públicas mejicanas que a los inversores privados españoles—Repsol, se convirtió en unos de sus blancos favoritos, llegando a afirmar: “A mí no me paga Repsol. A mí me pagan los mejicanos para servirles y, por eso, tengo que defender el interés público de mi país y no el de los particulares”.
Por aquello de que “quien calla, otorga”, no voy a comentar nada del affaire del paseíllo-exhibición –con urna de cristal incluida—de la “espada libertadora de Simón Bolívar que ha motivado tanto revuelo y una injustificada reacción y el vengativo ataque personal –de destacados líderes de los partidos comunistas y separatistas que cogobiernan en España—a Don Felipe VI y a la Casa Real, con la tácita anuencia del colombiano presidente Gustavo Petro. Este tema ya ha sido recientemente objeto de otro artículo mío, recién publicado en “Periodista Digital” y titulado “El affaire de la supuesta espada bolivariana”.
No puedo ni quiero pasar por alto las esperadas declaraciones, que no justificadas, del nuevo mandatario peruano, Pedro Castillo – un maestro rural, sindicalista y ultraizquierdista—y que como esta es la última moda y a la vez se ha convertido en el deporte nacional de los regímenes izquierdistas y comunistas iberoamericanos, culpa también al legado colonial de España, a la casa Real, al propio Rey de España y, si fuera necesario a sus planes –hasta al mismísimo “sursum corda”– de todos los males actuales del país y, si nos descuidamos, hasta de los futuros.
Durante su toma de posesión, todos vimos a través de los telediarios, que Castillo no se privó de criticar a Castilla y al colonialismo opresor y esclavista de la Corona española sin importarle que, entre los jefes de Estado invitados estuviera el Rey de España, Don Felipe VI. En su discurso nos culpó de casi todo lo malo que hoy padece Perú, incluido el sistema de “castas y diferencias sociales que aún perduran en la actualidad”(…)
(…) “Durante cuatro milenios –nuestros antepasados los incas– encontraron la manera de resolver sus propios problemas e incluso de convivir en armonía con la rica naturaleza que “Inti”, –el todopoderoso y benevolente dios sol—les ofrecía. Todo fue así hasta la llegada de los “castellanos” y que con la ayuda de múltiples “felipillos”, aprovechando un momento de caos y desunión, lograron conquistar el “incanato” que hasta ese momento dominaba gran parte de los Andes centrales. La represión como respuesta a la revuelta de Túpac Amaru y su mujer Micaela Bastidas terminó de consolidar el régimen racial impuesto por el Virreinato, acabó con las élites andinas y subordinó, casi en la esclavitud, a la mayoría de los habitantes indígenas”.
La referencia a los “felipillos” y no a los “francisquillos”, aparte de inoportuna, por la presencia del Rey Felipe VI, no dejó de ser injurioso hacia los indígenas que colaboraron como intérpretes con los conquistadores españoles. Dicho calificativo hace alusión directa a “Felipillo”, nombre con el que Francisco Pizarro rebautizó a su personal interprete y traidor indígena. Fue entonces y con la fundación del Virreinato de Perú cuando se establecieron las castas y las diferencias sociales que aún hoy persisten.
Así se expresaba el presidente Castillo, enfundado en su “sombrero chotano” (típico sombrero de paja blanco y de copa alta de las zonas rurales de Chota, en el departamento de Cajamarca), sin apenas preocuparse de que la Fiscal General de Perú le haya abierto la sexta investigación judicial por adjudicar a dedo “licitaciones fraudulentas” en la obra pública por más de 30 millones de dólares en las regiones de Cajamarca (¡qué casualidad!) y Lima.
Está visto que “en todos los países cuecen habas” y mucho más si se trata de países socialcomunistas y bolivarianos. Todos son lobos de la misma camada enfundados en las suaves y falsas pieles de los “buenismos movimientos indigenistas”. Su banderín de enganche es la “igualdad social” para todos –pero por abajo, en la miseria, en la pobreza, en la esclavitud laboral y en el hambre—ya que la casta, esa a quien tanto han criticado y contra la que llevan luchando años y baños, ya no existe. Ahora son ellos mismos la nueva casta; esa es la nueva casta socialcomunista de estos gobiernos, la que miente, la que oprime y somete a todo el pueblo con leyes injustas a base de decretazos, la que elimina las libertades y leyes fundamentales inherentes a cualquier estado democrático y de derecho y la que, aquí, en España intenta por todos los medios disponibles a su alcance – y los tienen todos y si no que se le pregunten a su presidente Sánchez ¿la Fiscalía de quién depende?,¿de quién depende?. ¡Pues ya está!— abolir nuestro monarquía parlamentaria y convertir España en una República bananera y bolivariana a semejanza de los países socialcomunistas iberoamericanos.
Señores presidentes de Méjico, Perú, Colombia, Chile, Venezuela, Bolivia, Panamá y del resto de países de la América Latina: ¡Dejen ya de rasgarse las vestiduras como los fariseos y de ocultar sus ineptidudes y deficiencias políticas acusando a España de ser la responsable de todas sus desgracias! ¡Son ustedes los únicos responsables de todo, por acoplar y supeditar sus cicateras políticas a los trasnochados principios del comunismo y del marxismo!
¡Abandonen –de una vez y para siempre—ese racismo y clasismo suyo, aprendido de su pasado colonial y mantenido voluntariamente, y dejen de negarles a los indígenas su condición de ciudadanos de hecho y de derecho!
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, periodista y ex senador por Murcia.
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