El reconocimiento de la dimensión espiritual del hombre debería llevar, por lógica, al respeto de las creencias de cada cual, despues a la libertad de expresión, la convivencia de religiones e incluso a compartir lugares de culto.
Ese debería ser el proceso, la tarea, el objetivo de una democracia y una sociedad, y al tiempo el deseo ecuménico de cristianos, musulmanes, budistas o hindúes.
Pero lo que sucede muchas veces, es la utilización de la religión o el supuesto espíritu de una nación por algunos Estados, comunidades o grupos. «La religión», sea «espiritual o política» no puede eliminar el resto de libertades y mucho menos tratar de anular o eliminar al adversario.
Bien lo saben Alexander Navalny, Salman Rusdhie, o Ernest Lluch, que han sufrido los ataques de diferentes enemigos de la libertad. Los dos primeros, desde la cárcel o el hospital, pueden aún dar fe de ello. Por Ernest Lluch, salvajemente asesinado, tenemos que dar testimonio nosotros.
Eso enseña la Historia y eso es lo que ha pasado en España recientemente con los separatistas. De un lado, golpes de estado de una élite política catalanista que pretende serlo también económica, sustituyendo a la «familia sagrada» que había, convirtiendo la identidad en religión y cuya actividad lleva consigo la de una chusma antisistema que se retrata a sí misma siendo capaz de escupir sobre las víctimas de un atentado terrorista.
Y de otro, la servidumbre de paso abierta por Sanchez a Bildu para el uso y aprovechamiento del camino abierto por los terroristas, mientras el Ministro del Interior visita los incendios para distraernos de «sus traslados» de presos, para que la asesina de Ernest Lluch, esté en la calle. Todo gracias a Sanchez.
La libertad no es gratis. Exige un compromiso. No basta desear que nadie las pise, como las margaritas, porque siempre hay alguien dispuesto a pisarlas en beneficio propio. Desde los poderes, o quienes aspiran a ellos, ya sean grandes o pequeños. Incluso ese alguien podemos ser nosotros.
Por eso, junto a su disfrute, la libertad exige una alerta y un espíritu crítico frente a quienes tratan de quedarse al margen de la ley o suprimir las libertades en nombre de una religión, espiritual o política.
O incluso, frente a los dirigentes que cometiendo ilícitos o abusando de sus poderes, «juegan con los tiempos de salida» para asegurarse inmpunidad en el reparto de los fondos europeos o el control de desviaciones de ingentes cantidades de dinero que, según el Tribunal de Cuentas, están por aclarar. Y no me refiero al árbol caído, sino al que está por caer.
La democracia no es sólo votar cada cuatro años. Ni sólo queja o protesta. La libertad no es gratis. Exige una actitud alerta y un espíritu crítico. No es organizar un partido para ir en falcone a una primera comunión o a un concierto, o construirse un chalet o un modus vivendi o el de una organización, sino, justamente, la posibilidad de denunciarlo.
Victor Entrialgo
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