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OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «La “otra” memoria histórica: La dictadura franquista (1ª Parte)»

23 Ene 2023 - 12:51 CET
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Antes de iniciar este atípico artículo, quiero decir alto y claro que “una gran mayoría de los españoles de mi generación, entre los que me incluyo, prefieren, sin lugar a dudas, aquella “dictadura franquista” –la década de los 50, 60 y 70, en la que tras la muerte de Franco el 20 de noviembre, subió al poder Juan Carlos de Borbón– antes que esta moderna y neo progresista democracia social comunista. A modo de introducción, quiero recordar someramente que España, entre los años 1939 y 1975 se caracterizó por una forma de gobierno llamada “dictadura franquista”. Esta comenzó el 1 de abril de 1939 cuando el bando nacional, dirigido por el general Francisco Franco, ganó la guerra civil y dio por zanjada la fratricida contienda.

Desde ese momento hasta el 1975, Franco estableció una dictadura personal, ejerciendo todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), aboliendo la Constitución de 1931 y erigiéndose en cabeza de estado. La libertad de prensa y los partidos políticos fueron prohibidos, los sindicatos ilegalizados y abolido el Estatuto de Autonomía de Cataluña junto con las autonomías regionales, creándose una “centralización del estado” en Madrid. Sus pilares fueron la Iglesia católica, el partido político de la Falange y el ejército. La dictadura franquista pasó por diferentes etapas relacionada con cada una de sus décadas.

En la década de los 40 y 50, el régimen cayó en el “ostracismo” y en la “autarquía” debido al aislamiento y bloqueo de la comunidad internacional como represalia por haber apoyado en la II Guerra Mundial a la Alemania de Hitler y a la Italia de Mussolini, pese a que gracias a la astucia y habilidad del general Franco no participó en ella. Descontado los tres años de nuestra guerra civil, estos años fueron los más duros para España. El país estaba sumido en la pobreza, en la miseria, apenas había alimentos y se tuvo que establecer “la cartilla de racionamiento” y con ella surgió el “mercado negro” y el “estraperlo” para poder subsistir.

A finales de los años 50, con la subida de los “tecnócratas” al poder, llegaron la primeras reformas económicas, con ellas el país avanzó y mejoro muchísimo en nivel económico. En la década de los 60 fue cuando comenzó un nuevo fenómeno económico llamado “turismo”, defendido y promocionado, a capa y espada, por el entonces impetuoso y aperturista ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, que situó a España a la cabeza de Europa. Con el turismo llegó a España la modernización de la sociedad española que conllevó una apertura del régimen y mejoras en las condiciones de vida. A esto hay que sumarle el levantamiento del bloqueo de los Estados Unidos a España debido a la guerra fría con la URSS y el establecimiento de las primeras bases americanas en Rota y Torrejón de Ardoz.

Finalmente, ya en la década de los 70 y dada la avanzada edad y el estado de salud de Franco, el régimen franquista tuvo dificultades para mantener el sistema represivo y dictatorial, ya que dentro del marco político habían dos corrientes: una, quería seguir con las directrices del viejo régimen y, la otra, modernizar el país e instaurar nuevas reformas. El inicio del nuevo régimen democrático tuvo lugar tras la muerte de Franco y la subida al poder de Juan Carlos de Borbón como Rey de España y la promulgación de la Constitución del 78.

Ya he cumplido 74 años…He vivido mi infancia, mi juventud y gran parte de mi vida en una dictadura franquista donde los ciudadanos se casaban entre los 22 y 25 años de edad y se compraban una vivienda con hipoteca pagadera, por término medio, en 15 años. Ahora en plena democracia –si te la concede el banco– cuesta pagarla 25 largos años o casi hasta que te jubilas. Eso suponiendo que se tenga un trabajo estable y que la empresa haya cotizado por ti religiosamente a la Seguridad Social. La mayoría lo hacía con un solo sueldo, ahora, esa misma mayoría, no puede hacerlo ni con dos. A los 18 años se sacaban el carnet de conducir –la mayoría lo hacía durante los meses del servicio militar obligatorio, más conocido como la «mili»– y se compraban su primer coche de segunda mano. En mi caso y en el de la mayoría de estudiantes de carreras universitarias en distritos fuera de nuestra residencia habitual, todas estas fechas se retrasaban unos años más. Viví una infancia feliz y maravillosa –en un pequeño pueblo, de apenas 800 habitantes de la provincia de Ávila, llamado Martiherrero — y una juventud excelente a caballo entre Murcia y Granada, donde estudiaba Medicina.

Para los buenos estudiantes había becas y se perdían si suspendías o no sacabas una nota media de notable. Todo eso en aquella «dictadura franquista» tan mala, tan represiva y tan dura, pero jamás vi en ella 23 Ministerios, ni 18 Gobiernos autonómicos distintos con sus respectivos parlamentos, presidentes, consejeros, directores generales, secretarios y demás adláteres «al uso» con unos presupuestos que ya los hubiera querido para sí la dictadura y así haber podido comprar alimentos para paliar la hambruna.

Viajé por toda España y en todas las provincias –incluso en las Vascongadas y Cataluña ondeaba una sola bandera «roja», “amarilla» y «gualda», la de España. Se hablaba y se estudiaba un solo idioma común, el español. Y aunque algunas personas, sobre todo, las mayores te hablaban en gallego, vascuence, valenciano, catalán o mallorquín, cuando les decías que no les entendías, te hablaban en español. Todos los ciudadanos teníamos los mismos derechos y obligaciones en todo nuestro territorio peninsular. La educación y la sanidad era la misma para todos sin diferencias por donde vivieras. Había un enorme respeto a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los maestros, profesores, a los sacerdotes, a la Iglesia y a la familia. Ésta se componía de hombre — marido, padre o esposo– y de mujer –madre y esposa– e hijos. Se nos educaba, desde bien pequeños, en los valores de justicia, libertad, respeto, responsabilidad, integridad, lealtad, honestidad, equidad y nos inculcaban el esfuerzo en el estudio y en el trabajo.

De esa manera — se nos decía– el día de mañana llegaríamos a ser hombres de provecho. En cualquier medio de transporte se cedía el asiento a los mayores, a las embarazadas y a las personas que lo necesitaran. Había educación social y respeto por el mobiliario urbano y comunitario. Las drogas –aunque existían y había algunos casos — en general, sólo las conocíamos en y por las películas. A nuestros mayores — abuelos y padres– los cuidábamos y atendíamos en sus últimos años y hasta que morían, generalmente, en nuestras casas. España, en tiempos de esa terrible «dictadura» se posicionó como la octava potencia del mundo y, la cuarta en construcción de grandes buques. Prácticamente no pagábamos impuestos y se construyeron 4.500.000 viviendas de protección oficial (VPO) para los españoles

Se hicieron cientos de pantanos tan necesarios para nuestra agricultura. Se podía asistir a eventos lúdicos y volver a casa a los tres de la madrugada y nadie nos asaltaba. Los vecinos eran considerados como la familia más “cercana” que teníamos todos y nos ayudábamos mutuamente. Y, por supuesto, ningún okupa nos quitaba nuestra casa ni la policía nos detenía por defender nuestras propiedades. El que delinquía iba a la cárcel y no salía hasta haber cumplido la pena impuesta por la justicia. Sin embargo, ahora los políticos que nos gobiernan se les llena la boca diciendo que vivimos en una democracia que, según ellos, es “lo más de lo más”.

Pero será para ellos, pues tenemos un Gobierno que en aquella época se le habría aplicado la «Ley de Vagos y Maleantes. Impera el odio, la envidia, el libertinaje y el revanchismo. Los valores para los que fuimos educados brillan todos por su ausencia. Los actuales partidos políticos y sus respectivos gobiernos, se han olvidado de la Constitución del 78 –el auténtico pacto que selló la unidad de España– y han vuelto a dividir de nuevo a los españoles. Han barrido de la escala social a la sufrida clase media y están tratando de abolir nuestra Monarquía Parlamentaria. España –en bancarrota política, económica, moral y social– ha perdido todos sus valores constitucionales, su libertad, su unidad y su democracia. No queda muy lejano el día en que nos meterán en la cárcel por decir que con «Franco se vivía mejor».

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