La historia dice que el gallego tiene una cierta aptitud para la política. Lo dará el océano, como al castellano la visión del horizonte que da la meseta, o al asturiano atravesar montañas que ni los trenes logran traspasar.
Pero no es lo mismo el galleguismo, que hacer lo mejor para los gallegos y así el resto. De igual forma que el «adaptacionismo» no es lo mismo que el consenso.
Que los rótulos no los entienda el forastero o el peregrino que puede llevar recursos no es galleguismo, eso es «adaptacionismo». Lo mismo pretenden algunos, cuatro, con el asturiano en Asturias, cuyo habla quieren convertir en su industria, con el apoyo interesado del socialismo «histórico» gobernante.
El castellano, el aragonés, el asturiano y todos los demás pueblos de España tienen mucho que decir, siempre que se diga bien, en la tarea de gobernar este viejo Reino. Pero antes de oir al pueblo es preciso ver el cuaderno de bitácora del capitán o quienes pretenden serlo y aparte de prometer, ver en su carta de navegación qué ruta proponen y si advierten de las tempestades y las tormentas.
Y mientras se mejora la representación como debiera, de modo tal que no haya cargo público que directa o indirectamente no haya sido designado por el pueblo, ha de proponerse un plan. Y para eso hay que tenerlo, por más que las circunstancias hagan variar luego la ruta de navegación.
No basta darle al pueblo lo primero que pide en cada momento. Es preciso ocuparse en averiguarlo y saber además mínimamente quien es uno, para saber lo que, aparte de su pulsión o su ambición, puede ofrecer. De nada sirve poner macarrones en la carta si el cocinero no los sabe preparar, ni ofrecer un viaje al centro si tú no sabes adonde vas.
Lo primero pues es saber el destino, que es el fortalecimiento, y no el intercambio, de instituciones, como han hecho algunos durante años. «Fortalecerlas», ése es el viaje, ese es el destino. Y ya vemos que «repartírselas», no era fortalecerlas.
Para eso, aunque lo importante es la tripulación, resulta esencial la personalidad del capitán. Y aparte de su biografía y sus hechos mírense sus propios gestos y su fisonomía, que por impremeditados nos dejan entrever su personalidad y por ende, su mayor o menor aptitud para gobernar.
Cuando la autoridad la ejerce, como ahora, en realidad sólo un hombre, del cual cuelgan como chimpancés todos los demás; cuando ministros y ministras no han sabido conquistar en el respeto a los demás el respeto a sí mismos, sin motivación alguna salvo la sectaria y partidista, resultan anacrónicos los razonamientos.
Pero no basta con aspirar a heredar. Además del inventario, hace falta ser capaz de «aglutinar a toda la oposición para, lo primero de todo, «echar a Sanchez,» el origen de todos los males. Despues sentarse y acordar. La transición lo puso de manifiesto. Hace falta perder para ganar. Quien afronte esa tarea encarnará el futuro de España.
La vida, y sobre todo la política, es pacto y compromiso. Pero justamente por eso, ha de reservarse siempre el último reducto, que no se puede perder y por el cual, precisamente, se cede alguna cosa. Porque si se entrega ese último bastion, ese último reducto, entonces no se dirá que se ha pactado todo, sino que se ha perdido todo, lo primero el honor.
Víctor Entrialgo
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