No les voy a comentar ninguna película, ninguna fantasía, ninguna obra literaria. Simple y llanamente les voy a hablar de una cruda, triste y canallesca realidad, diseñada por una mente retorcida y criminal sin escrúpulos, con el fin de eliminar seres humanos que vivían pacíficamente, hasta que apareció él. No hay justificación alguna para que este monstruo dé órdenes de matar a todo ciudadano pacífico que discurra por unas determinadas zonas que a él le gustaría robar. Sangre a raudales, destrucción sin par, para dar satisfacción a su ambición de poder.
Es ruin y miserable la destrucción que provoca una guerra en un país, la huida de sus habitantes por millones a otros países para evitar ser masacrados por el invasor y por haber sido despojados de sus viviendas y de sus propiedades, por la situación de inseguridad constante de los que se quedan y, lo más terrible, que se le dé cierta aquiescencia a ese disparate que es la invasión, la guerra y la apropiación de un terreno que no es suyo. Y más grave es concebir solamente algunos hechos o matanzas como “crímenes de guerra”, cuando toda muerte causada en esa guerra es un repugnante crimen. Y más repugnante es el secuestro de miles de niños del país invadido, para su utilización en sabe Dios qué fines.
No mencionaré el nombre del hediondo Asesino, y lo dejo a la imaginación del lector, que no tendrá ninguna duda de a quién me refiero. Pero sí le diré que por mucho y malo que hable de él, siempre me quedaré corto: el Asesino al que me refiero, es mucho peor.
Pablo D. Escolar
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