La experiencia nos ha enseñado, por mucho que el espíritu conciliador nos empuje a mirar hacia otro lado, que la reinserción en la sociedad de un asesino convicto es una trampa. La repetida y descorazonadora tragedia nos ha mostrado, una y otra vez, por mucho que el natural sentimiento de compasión nos obligue a humillar la mirada, que acoger a un asesino en el seno de una sociedad vulnerable es un grave error, y también, observado con objetividad, la respuesta cobarde y pueril a un problema. Reinsertar a un asesino es un engaño, es la mayor de las mentiras modernas.
Estos monstruos deformes, estos excrementos de la sociedad, cuyo único propósito en la vida es desgarrar las entrañas de un mundo que desprecian o no comprenden, o que aborrecen desde un punto de vista ideológico, de ningún modo podrán jamás enriquecernos. Somos culpables de tender la mano y ofrecer una segunda oportunidad, que nunca merecieron, a unos desechos de alma podrida que, en muchas ocasiones, han llevado a cabo sus crímenes con verdadera satisfacción, con espeluznante regocijo, con calculada frialdad. Somos indudablemente culpables de exponer nuestra otra mejilla.
Asistimos una y otra vez, estremecidos, al espectáculo de los torcidos y repugnantes cimientos de una sociedad pretendidamente civilizada que protege con uñas y dientes al asesino; asistimos con asombro a la comedia de una justicia paródica que se ensaña deliberadamente con el dolor de las familias: nos preguntamos dónde queda ahora la reinserción del niño asesinado, dónde queda ahora la segunda oportunidad de la joven mutilada, dónde queda hoy la posibilidad de restituir al hombre tiroteado en la nuca. Nos preguntamos asimismo, mitigado ya el primer horror de la sorpresa, si es el criminal quien se beneficia exclusivamente de esta justicia garantista, y si el buen talante ayudará, como a esa asquerosa inmundicia, a que las víctimas regresen de sus tumbas.
Hoy, como broche y en virtud de una grotesca pirueta del macabro destino, nos sumergimos en la caricatura de un mundo demostrablemente absurdo. En él, los asesinos desalmados, cubiertos de sangre y vísceras, se presentan como candidatos a unas elecciones. En este mundo de chiste, hay un sistema que premia y defiende los derechos de un criminal, que ridiculiza el calvario de las víctimas y que castiga y condena al ciudadano confiado y desprotegido. Hemos advertido en numerosas ocasiones, desconcertados, los gestos de chulería y amenazante soberbia que, desde prisión, algunos asesinos exhiben, crecidos en la certeza de su impunidad, y también contemplamos a menudo el mimo y la insistencia con que algunas alevosas y utópicas ideologías —siempre al acecho de la conveniencia, siempre con el puño en alto— solicitan comprensión y clemencia para estas alimañas. La presencia hoy de estos asesinos en las listas es la lógica y abominable consecuencia de toda esta burda tragicomedia.
Sobrenadamos en el más disparatado de los mundos. En él, en este universo colorido de aguas cristalinas y mansas, de extraordinaria e inigualable belleza, los execrables monstruos sonrientes que ayer destruyeron la vida de muchas familias con una bomba, hoy se pasean alegremente, con el estómago lleno, vitoreados, por las calles de una sociedad democrática que tanto desprecian.
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