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OPINIÓN

Juan Pérez de Mungía: «¿Y quien paga la factura del orgullo?»

30 Jun 2023 - 12:56 CET
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Se predica aquello de que quien contamina paga, pero en el desierto. El contribuyente paga el delirio sanchista-podemita, sumar la psicopatía propia y la ajena de sus esbirras. Un breve repaso ilustra cuantas políticas públicas paga el contribuyente, el bono cultural, el transporte convenientemente amortizado de los que todavía trabajan, los autónomos, y los empresarios con sus cuotas y el arrendador que paga los servicios al ocupa, el desahucio y la solución habitacional, sino simplemente el propio alquiler. Y ahora se financia el delirio masturbatorio, el impulso inmediato. Ha desaparecido la identidad del sujeto bajo sus máscaras, la mirada ajena de sonrisas verticales, los agujeros del cuerpo que le identifican. Sentir el orgullo gregario de la perversión LGTBQI+. No hay lugar para la disidencia del que se siente sujeto antes que cuerpo emasculado. Y se dicen ecologistas los que porfían por la desaparición de la especie humana.

Nunca se repara en un hecho flagrante en el día del orgullo, que consiste en que la sociedad trabajadora pague la orgía entusiasta de todos los masturbadores y sus derivados. ¿Quien paga la factura de los servicios médicos extra de las lesiones anorectales y de las enfermedades venéreas? Los cirujanos de urgencias huyen el día del orgullo porque saben que tendrán que extraer del recto los mas innumerables objetos, curar los desgarros, abrir para evitar la obstrución intestinal, u operar de urgencia y salvar vidas. Pesan como una losa insoportable todos los que han hecho de sus orificios su derecho a ser violentados, y la sociedad paga su destrucción. Es una nueva iglesia, con sus diáconos queer, drags, que desde el vómito saltan a la lujuria; solo quedan trozos de carne hecha jirones, carne con ojos agonizantes. No han aprendido nada de la transmisión vírica. ¿Quien viene pagando por el SIDA y las enfermedades venéreas que vuelven de los tiempos mas remotos?. Los mas variados procedimientos del delirio sadomaso, los delirios que concluyen en lesiones irreversibles en la cirugía transexual para luego reclamar techo y empleo, por cuotas. Y la nómina de fármacos para sortear los daños orgánicos y funcionales de la terapia hormonal, y la atresia vaginal.

¿Es lícito abonar el gasto incesante de quien trata de corregir con cirugía estética las llagas de su autopercepción?. ¿Ayudaremos a morir a anoréxicas y bulímicas restringiéndoles el alimento?. ¿Empujaremos tambien al vacío a los suicidas?. La señal de que el goce imaginario, el supuesto placer de los automutilados, viene prevaleciendo es la creciente proliferación de los trastornos dismórficos. Segregar a la población heterosexual para incentivar el negocio de la disforia. El nominalismo ha sustituido a la ciencia. Se odia el deseo porque se ha convertido en algo circunstancial, mero evento animalista. Negado el cuerpo, solo queda la circunstancia imaginaria de los inválidos. La gran substitución, el islamismo acecha bajo el rebuzno de la islamofobia. Yolanda Diaz con una venda en los ojos, impone el chador y el burka a sus mujeres empoderadas mientras se lapidan mujeres en el paredón de los intocables musulmanes. Sin piedad, infibuladas, solo por honor de matrimonios amañados por la justicia de la libertad de religión, la biblia prohibida frente al corán liberticida.

El género es la marca con la que tratan de destruir el sexo, pero el sexo no cambia por mas género que se le interponga. La realidad biológica se impone mas allá del delirio. Otra cosa es el precio que está dispuesto a pagar el suicida, o el drogota, o el que se extingue con sexo químico o con ceremonias de sapo bufo, y no puede esperarse otra cosa de quien se atraviesa para estimular la próstata. ¿Puede el «libre» consentimiento justificar la esclavitud, o la sumisión química?. ¿Y los costosos tratamientos crónicos que engordan la factura de las farmaceúticas, el aborto empleado como técnica anticonceptiva? Por no preocuparnos de los consumidores de sexo bovino, lanar y cánido que satisfacen sus instintos animalistas y se aparean con las bestias, como aquella que sufrió desprendimiento de útero con el pene de su mascota, y ahí están las parasitosis que se transmiten por contacto directo de saliva, heces y caspa de los animales domésticos a quienes besan. La sodomía social avanza sobre los excrementos del desarrollo. Ahi está la planaria. Desde la enloquecida Brigitte Bardot hasta las psicópatas a sueldo, que hacen de su preñez mercadería, pasando por las oenegés que viven del erario público, legitimando los trastornos mentales y conductuales. Las importadoras activas de carne humana. ¿Quien pensó que podrían hastiarse de sexo los chikatilos y pederastas como para contenerse en la frontera del respeto a otro?

¡Como si la enfermedad mental pudiera desaparecer con la propaganda contra el estigma! ¿Reclamarán ahora beneficios y pensiones quienes han experimentado daño cerebral por autoasfixia erótica, o sus herederos cuando se han puesto en riesgo y reclaman al Estado por la muerte que consintieron? ¿Pasaremos factura a quienes destruyen en su delirio sodomita la vía pública? ¿Y la ingente mierda que generan?. La derecha miserable que engorda su negocio adulterando el consentimiento, expertos de la colza mediática que obtienen pingües beneficios del caos ajeno, y que luego se reparten ganancias y oportunidades. Los Soros y Zapateros de las oportunidades que permite el caos. Bajo la superficie se encuentran las alhajas que perforan nariz, labios, lengua, ombligo, clítoris. Pasión compulsiva de ser penetrado. La carne es ese lugar prohibido del deseo que se ha convertido en un objeto deshuesado, que existe para ser masturbado. Odio visceral para convertir el ano en un sumidero de objetos para rellenar las tripas con juguetes, pilas, botellas o penes que luego reivindican como experiencias genuinas.

La única clase de protección que procura el Estado es la eutanasia. Silencio suicida ante los suicidas, primera causa de muerte, son nuestros 4057 adolescentes. Elija el modo, muerte prematura e inmediata, o muerte diferida. Padecemos ese tipo de criminales, que habitan nuestras ciudades y se engullen el presupuesto público, que ocupan el Estado, los mismos que extinguen la libertad predicando lo contrario. Quieren hablar de respeto por aquellos que no se respetan a sí mismos, menos aún a otros. ¿Quién paga la fiesta? Bajo las banderas del arcoiris se esconde el terror. Bajo el subtítulo de la diversidad solo quedan los monstruos, la gran máscara de los adefesios. Ya no hay locos, solo humanos atados a la soga del progreso tiran del carro de la farsa creyendo avanzar. La verdad es mas triste, el error de creer que la solución a la disforia es allanar el cuerpo, inyectarle silicona, hormonarle, tatuarle, amputarle, castrarle, a merced de los profetas del progreso. ¡Ay, si conociéramos como se divierten nuestros próceres!. Quizás Marrueos sepa algo. Antes existían los mundos perdidos, ahora es la propia naturaleza humana la que vaga buscando clínicas que arreglen las disfunciones mentales destruyendo el cuerpo. No hacen falta los espejos deformantes, la deformidad es ya el próximo imperio. ¡Basta de subvenciones a la muerte en todas sus formas!

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