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OPINIÓN

Juan Pérez de Mungía: «Los cómplices del gran Muftí»

Juan Pérez de Mungía 23 Oct 2023 - 21:41 CET
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Después de clamar paz y concienciar sobre el holocausto nazi con la frase “Nunca más”, una parte del mundo occidental mira con incredulidad y espanto el apoyo fervoroso de los emigrados musulmanes a Hamás, pero más sorprendente aún, de muchos nacionales que justifican y amparan su violencia terrorista, indiscriminada, brutal, genocida, desde cualquier punto de vista. Una deshumanización que en el imaginario occidental se atribuye a la propia de los nazis, sin una pizca de piedad ni conmoción. ¿Qué es necesario para que ocurra este estado de cosas se preguntaba Milgram, para que esto sea posible? ¿Qué es necesario para que nacionales de países desarrollados que han experimentado la libertad, la seguridad, las oportunidades, la ausencia de hambre y una buena cama por la noche se adhieran y justifiquen un movimiento totalitario, destructivo que se asemeja enormemente al nazismo, por no decir que es lo mismo? De nuevo el pacto de Hitler-Himmler y el gran Mufti Haj Amin Al Husseini de Jerusalem.

Primero se requiere una sociedad desconectada de la realidad, entregada a unos hábitos vacíos y viciados. Cada sujeto se desliza por una pendiente de auto-corrupción donde la realidad se pervierte a conveniencia, donde hay ausencia de propósito y donde la felicidad se sustituye por el placer. Basta con examinar qué significan las aberrantes expresiones de la conducta sexual humana elevadas a categoría identitaria como distintas opciones de consumo, todas posibles y equivalentes. La insistencia en la legalización de las drogas que genere más dependientes. El sexo se trata como el objeto de un contrato y un pacto explícito. Ese es el riesgo de la pornografía, tratar a otro como mero objeto de mis deseos.

La falta de integridad y de dignidad es aceptada por doquier e incluso valorada, cuando el propio sujeto la ejerce contra sí mismo sometiéndose a otros. Todo ello se entrevera de una pseudopiedad patológica en que prevalece la falsa compasión impuesta a la fuerza y las emociones mas primitivas que idealizan y valoran la condición de víctima teniendo su epítome en la piedad para con los animales. A la par, hay una verdadera intolerancia a la frustración que carcome al individuo, sin rumbo, recompensado por humillarse, prestando atención a lo superfluo y valorado por prostituir sus sentimientos con el afán de obtener apoyo con un falso clamor. Todo es importante puesto que nada lo es. Las emociones han quedado prostituidas en un oxímoron, para dejar de ser empatía con el prójimo y ser, en su lugar, una emoción primitiva de lo ajeno, humano o no humano, hombre o animal. Esta falsa tolerancia a todo por igual, genera una fascinación por la destrucción y lo absurdo que rompe con la tediosa indiferencia.

Es la cultura del feismo y del ebionismo que representa bien el discurso peronista de Bergoglio, el perroflauta según el cual todo debe ser como parece. El parecer ha sustituido al ser como dijera Sartre. Esa misma compulsión suicida se expresa en la imperiosa propaganda de la psicología positiva de los libros de autoayuda promotores de una búsqueda compulsiva de la felicidad perpetua. Es un lugar común en el lenguaje estadounidense ordinario predicar el mantra «don’t worry, be happy», que se repite hasta la imbecilidad bajo la forma de que ningún suceso puede amenazar tu felicidad, la intolerancia absoluta a la frustración y al dolor que inevitablemente lleva al nihilismo, a la indiferencia y a la equidistancia en toda clase de conflictos.

Ya con los humanos convertidos en objetos y sólo considerados como útiles en su uso, se puede despreciar de la manera más inhumana al otro. Tras generar indiferencia y desconexión con la realidad y hacer una elevación obscena de los sentimientos como sucedáneo de ella, es fácil negarla. Y negarla no sólo significa negarla hacia uno mismo sino cuidarse de que otros también la nieguen. ¿Qué es necesario para que ocurra este estado de cosas?

Tras una extenuante sobre-exposición y sobre-actuación sólo queda el nihilismo neutral. Congruente con la lógica de este programa de la cultura occidental hacia el suicidio es la política de la indiferencia y la equidistancia frente al conflicto, por el que se practica una cultura del aislamiento y la unicidad étnica mientras se imprecan las leyes internacionales que nunca se aplicarán; bajo el pretexto de proteger la diversidad se extinguen las diferencias, y así el mejor representante del trabajador es el que trae al inmigrante que amenaza y reduce su salario; el mejor representante de la mujer es quien diluye su identidad en el holocausto del género; el mejor protector frente a la agresión es quien exonera al delincuente y la ideología del consentimiento queda como el mejor protector de la pérdida de autocontrol y de la autonomía personal. Borracha y a casa.

Una expresión de esta compulsión de equilibrios imposibles de un espectador cómplice, es la ideología política del pacifismo, que bajo el parecer de la bondad, contiene el ser de un colaboracionista. Ese que se aprovecha de la humanidad del otro para destruirle. Ese que sirve a pueblos artificiales construidos en torno a imanes y satrapías. Ese que sirve a una organización que desentierra tuberías de la conducción de agua pagada con solidaridad internacional (mucha proveniente de la UE) para convertirlas en munición.(https://twitter.com/visegrad24/status/ 1712465490160050516). ¿Qué tipo de región sería Palestina si todo ese esfuerzo, recursos y pasión por la muerte, la pusieran en la vida? Un vergel.

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