Excmo. puto amo:
En contestación a su misiva reciente me dirijo a vuesa merced por la presente, a instancias del Ministro del ramo, para enviarle desde el fango que usted gobierna a otro lugar más pestilente.
Usted que viola la Carta Magna de forma permanente escribe ahora una nueva excrecencia en formato carta como si fuera Tirano de Bergerac pero no veo yo que sus misivas sean de amor sino más bien de miedo. Miedo a perder el poder. Misivas no para cortejar a una mujer, que usted no puede salir de sí mismo, sino para engañar a los suyos más que ayer pero menos que mañana.
Diga su excrecencia lo que quiera que diga, que yo no he perdido tiempo en leer y dígalo en su día las extrañas matemáticas de la justicia, pero los hechos ya han destruido la «presunción de decencia» y usted tendría que haber dimitido ya.
Puto amo de sus esbirros indignos y maldición evidente para toda la Nación, le va a echar la flagrante corrupción, considérese delito o no, y cuánto más tarde más dura será la caída. Aunque, a la vista está, no funcionan los controles que debieran impedir acceder al poder a personalidades como la suya, que desde trepa se veía en la lejanía y en las sandeces que decía que era partidario de su exclusiva persona e interés, y en absoluto del interés general.
Sus ochocientos asesores se retuercen hoy tirados por las estancias de Moncloa tratando de salvar este nuevo match ball, ideando maquinaciones, salvoconductos, eslóganes y enviando esbirros a las televisiones para salvarle el culo, que están aumentando el descrédito y vergüenza profesional que nunca tuvieron y que les perseguirá donde vayan cuando termine esta pesadilla nacional.
Mientras usted escribe cartas con pésima sintaxis, una facultad del alma que evidentemente no tiene, sus mastines más retorcidos, los que más tienen que callar gritan «fango y ultraderecha» mientras se apresuran a repartir fondos con una preocupante desvergüenza, dicción y vocabulario.
Pero en la consideración de una persona pública o privada, ya sea la suya o la de sus esbirros, lo fundamental es su esencia. Y sobre este particular, todos los españoles saben cual es cual y tienen pruebas más que suficientes y ya no hay que decir más.
Confío, putoamo, en que pronto su destino será la prisión o el ostracismo, dejar a los suyos tirados y devolvernos, cuando menos, la paz que nos ha quitado.
Víctor Entrialgo de Castro